jueves, 25 de agosto de 2016

El cierre de blogger

anllela Camila  hormazabal  moya
Lo he estado madurando en las últimos meses y he pensado en terminar este blogger, sobre mi biblioteca personas y temas afines, actualmente me resulta muy complicado preparar nuevas entradas, por falta de tiempo y porque, en el fondo, llevo varios años publicando y los artículos se van acabando. Por otra parte, me gusta mucho la lectura y en mi biblioteca he acumulado muchos libros y estoy deseando leer en mi tiempo libre, por eso cierro esta publicaciones. 
No voy a borrar el blogger así que podéis continuar escribiendo los comentarios. El blogger tiene suficientes entradas como para existir solo. Quisiera dar las gracias a los muchos seguidores, y ya amigos, que he tenido, sin vosotros nunca hubiera continuado adelante. 
Muchas gracias a todos, y no eliminéis el blogger de vuestros favoritos. Un abrazo muy fuerte a todos.
Dedico este blogger a mi colega Angie.



anllela Camila  hormazabal  moya

RUBAIYAT  (Ruba`iyyat)



El mejor  libro de mi colección es Rubaiyat  que es el título que el poeta y traductor británico Edward Fitzgerald dio a una colección de poemas de Omar Jayam (1048-1131). La traducción de rubaiyat es «cuartetos».
Rubaiyat no es el nombre de una obra sino de una forma métrica. Tal estrofa, formada por cuatro versos con el esquema de rima A-A-B-A, era extraña a la poesía árabe clásica, y fue usada sobre todo en la persa. Se encuentran cuartetos designados con el vocablo árabe "rubaiyat" desde los comienzos de la lírica persa, en el siglo X; los vemos después atribuidos a muchísimos poetas, y aun a hombres de ciencia, como Avicena; entre los más insignes sobresalen los poetas místicos Abu Saìd de Mehne (968-1049) y su contemporáneo Baba Tahir de Hamadàn. Pero los Rubaiyat por antonomasia son los atribuidos a Omar Khayyam.
anllela  camila  hormazabal  moya
أنليلا هورمازابال مويا
Biografía del autor.

Poeta, matemático y astrónomo persa. Se educó en las ciencias en su nativa Nishapur y en Balkh. Posteriormente se instaló en Samarcanda, donde completó un importante tratado de álgebra. Bajo los auspicios del sultán de Seljuq, Malik-Shah, realizó observaciones astronómicas para la reforma del calendario, además de dirigir la construcción del observatorio de la ciudad de Isfahán. De nuevo en Nishapur, tras peregrinar a la Meca, se dedicó a la enseñanza y a la astrología. La fama de Khayyam en Occidente se debe fundamentalmente a una colección de cuartetos, los Rubaiyat, cuya autoría se le atribuye y que fueron versionados en 1859 por el poeta británico Edward Fitzgerald.
Si en Occidente Omar Khayyam tan sólo es conocido como poeta, Oriente, en cambio, lo conoció casi exclusivamente durante toda la Edad Media como astrónomo, matemático y filósofo; en el ámbito de las matemáticas estudió las ecuaciones cúbicas proporcionando una solución geométrica para algunas de ellas, e intentó clasificar ecuaciones de diversos grados según el número de términos que aquéllas contuvieran. Sólo a partir de mediados del siglo XIX, desde que la traducción de Edward Fitzgerald de los Rubaiyat dio celebridad a su nombre en Europa y en América, empezó también a ser estudiado y admirado como poeta por el Oriente persa y árabe.

Pocos hechos de su vida se encuentran atestiguados históricamente. Nació en Nishapur en año impreciso, alrededor de 1050. El nombre entero que se da en su Álgebra es Omar ibn Ibrahim al-Khayyami, de la que fue extraída la forma que él mismo usa en sus cuartetos como nombre poético: Khayyam (en árabe "fabricante de tiendas"). La noticia de su amistad de adolescente con el futuro ministro seleúcida Nizam al-Mulk y con el futuro jefe de los asesinos Hasan ibn as-Sabbah suscita serias dificultades de cronología. Pero es indudable que, en 1047, el todavía joven científico fue invitado por el sultán Malik-Shah, juntamente con otros dos eruditos, a preparar una reforma del calendario persa, que terminó con la fijación de una nueva era, la era Gialali, denominación que procede del sobrenombre del sultán.

En 1112, el compilador Nizami Arudi Samarquandi recuerda haber encontrado al maestro en Balkh y haber oído de él una profecía sobre su propia tumba, que él vio después cumplida en Nishapur, donde el sepulcro de Omar Khayyam, como el mismo poeta había predicho, estaba cubierto de pétalos de flores y a la sombra de un peral y de un melocotonero. Un pasaje recientemente descubierto del ilustre az-Zamakhshari (literato y teólogo fallecido en 1143) atestigua una relación suya con Omar Khayyam, de la que se desprende la doctrina y la modestia del científico y poeta persa (otros en cambio lo habían descrito como intratable y soberbio) y su conocimiento del que puede considerarse en algunos aspectos como su precursor árabe, Abu al-Ala al-Maarri.

Algunos investigadores sostienen que Khayyam nunca hizo poesía y que los Rubaiyat se le han atribuido por su fama y erudición. Ciertamente, el número de poemas atribuidos a Omar Khayyam es excesivo (entre quinientos y un millar), y es probable que tan sólo alrededor de unos doscientos sean suyos. Estas breves composiciones tienen sus origen en la literatura persa preislámica, y suelen condensar en sus versos una descripción ambiental y un pensamiento. En los poemas de Khayyam, escritos con un magistral poder de síntesis, el poeta canta aparentemente a los goces del vino y el amor como refugio a la transitoriedad de la vida, mas bajo ello subyace una profunda y a menudo pesimista reflexión sobre la naturaleza del universo, el paso inexorable del tiempo y la relación del hombre con Dios.


La fisonomía del poeta que estos versos traslucen es inequívoca, orientada hacia un amable goce de las efímeras alegrías de la vida y hacia un íntimo y amargo escepticismo sobre las posibilidades del hombre para alcanzar las verdades supremas, estado de ánimo que continúa toda una tradición de poesía escéptica oriental que se remonta ya a Avicena (se sabe que Khayyam fue un apasionado estudioso de Avicena) y que es presentado con excepcional fuerza epigramática, no sin una acentuada nota de intelectualismo. Junto a la hondura con que se tratan temas metafísicos como la relación del hombre con Dios, la eternidad y la incertidumbre de la existencia humana, a través de concisas y tajantes sentencias, Khayyam realza la belleza y sensualidad del mundo material, la alegría de vivir, la naturaleza y los placeres. Sus versos son simbólicos y transmiten la sabiduría antigua con sencillez y voluptuosidad, a menudo con un irresistible hechizo o entre una aureola de misterio, y son estimados como uno de los más brillantes tributos del genio persa a la literatura universal.

viernes, 12 de agosto de 2016

Umberto eco; conservar la ironía, un desafío


De visita en México para dar una charla magistral, la traductora Helena Lozano Miralles rememora a Umberto Eco (1932-2016)


Umberto Eco (1932-2016) nunca salía a la calle sin su sombrero Borsalino. Con frecuencia caminaba de prisa y lo mismo se reunía con sus alumnos para comer pizza que con políticos e intelectuales en restaurantes de renombre. No se consideraba un hombre elitista. Sin embargo, uno de sus mayores placeres lo encontraba en las conversaciones brillantes que estaban condimentadas con chistes y juegos de palabras.
Otras veces optaba por el silencio de su biblioteca, ese laberinto donde también atesoraba su colección de libros antiguos, e indagaba todo lo que le causaba curiosidad. A menudo una búsqueda lo llevaba a otra y otra más, y tenía la capacidad de seguir esos hilos que alimentaban su erudición para explicar cualquier fenómeno cultural. Y cuando tenía tiempo, se escapaba a las librerías de ocasión en busca de más libros antiguos, cómics o de lo inesperado.
Así recuerda Helena Lozano Miralles al autor de Kant y el ornitorrinco y Baudolino, cuyos libros tradujo para el sello Lumen, y hoy está en México para dictar una conferencia magistral, abierta al público, el próximo 4 de mayo a las 19:00 horas, en el Instituto Italiano de Cultura, donde hablará sobre su trabajo, los problemas que ha enfrentado en su oficio y un breve acercamiento a Eco, su maestro.

¿Cómo describiría su estilo de traducción? Como decía Italo Calvino, el traductor es el mejor lector de una obra. El problema es que cada lectura de una obra es una interpretación y una lectura diferente. Cada traductor selecciona los aspectos de la obra que le parecen más importantes, sin olvidar el respeto que se le debe al texto. En mis traducciones intento conciliar un respeto absoluto por el original, lo que significa, en el caso de las novelas, desentrañar su mecanismo, es decir, conservar el juego textual que plantea el autor.
¿Necesitaba conservar la ironía de Eco? La ironía y la posibilidad de mantener la ambigüedad para que pueda surgir más de una lectura. Eso siempre es un desafío. Eco siempre combinaba elementos de cultura alta y popular, y mezclaba cómics con series de televisión, poesía barroca, hermética y contemporánea y sus lecturas teóricas. Él siempre guiñaba un ojo a todas las posibilidades culturales y eso evidentemente requiere un trabajo de documentación muy serio; muchas veces tenemos que ver cómo esos materiales culturales han sido recibidos en lengua española”.

¿No exigía una traducción literal? Habría que discutir lo que es exactamente la literalidad… Pero más que literal, yo digo que es un respeto absoluto por el texto. Hay que intentar que nuestras elecciones al traducir sean las más respetuosas, conservando la intención del texto.
¿A menudo usted vuelve a sus traducciones? Para un traductor responsable, no existe una versión definitiva. Así que ya no vuelvo a leer esos libros con la intención de traducirlos, porque seguiría cambiando cosas.
¿Realizará futuras traducciones? Queda muy poco por traducir, pero eso depende de las casas editoriales. Lo que resta son ensayos sobre la Edad Media, pero no tengo idea si esto se hará.

Para Helena Lozano, profesora en la Universidad de Trieste, ganadora del Premio Nazionale per la Traduzione de la República Italiana y quien también ha traducido Segundo diario mínimo, La misteriosa llama de la reina Loana, Decir casi lo mismo, El cementerio de Praga y Número cero, Umberto Eco era un genio que tenía una visión peculiar sobre el mundo y sus fenómenos culturales y políticos.

“No es una casualidad que fuera un semiólogo. Era una voz intelectual importantísima en este mundo. Imagine que él al teorizar la semiótica, decía que ésta debe analizar todo aquello que sirva para mentir. Y ahora que estamos en medio de las fake news, de la falsificación de la realidad desde las noticias, nos encantaría saber su opinión.

“Fue una persona con una lucidez y una capacidad de comunicar esa lectura suya que muy pocos intelectuales han tenido, con observaciones sobre los mecanismos profundos de cualquier comunicación. Para eso tuvo un papel absolutamente fundamental en su tarea como intelectual. Además, lo recuerdo como un profesor siempre volcado en sus clases y en la enseñanza, un hombre respetuoso de las ideas y propuestas de sus alumnos. Fue un gran maestro.”

¿Es acertado imaginar al autor de El nombre de la rosa aislado en una torre, leyendo un montón de libros a gran velocidad y en varios idiomas? Sí y no. Para él la biblioteca era un laberinto del cual había que salir, porque consideraba que la biblioteca debía usarse para leer el mundo. Él tenía esa capacidad de entrar y salir de la biblioteca a través de formas comunicativas, como el ensayo creado con rigor y mediante la narrativa con sus novelas.
¿A Eco le preocupaba la estrechez del lenguaje que priva en nuestros días? No puedo responder eso. Lo que sí puedo decir es que él tenía una actitud totalmente abierta hacia todo fenómeno comunicativo. Para él todo fenómeno comunicativo era bueno si servía a su propósito. El problema es cuál es el propósito del fenómeno comunicativo. Eso habría opinado.

Y añade: “Por ejemplo, él tiene una serie de columnas sobre el teléfono celular. Pero no en contra del objeto, sino del uso que se le da. Para él no era un problema la simplificación del lenguaje, sino la simplificación del pensamiento tras el lenguaje, es decir, que las carencias de lenguaje impliquen falta de ideas, de visión, de aprehensión, de cómo se capta el mundo”.

lunes, 1 de agosto de 2016

Historia de la belleza de Umberto Eco

las bellezas: la hembra y el libro.


La belleza a través de los ojos de Umberto Eco Por Juan Antonio González Fuentes, domingo, 06 de febrero de 2005 Debió suceder ahora hará unos diez años. Paseaba una mañana por Santander con mi amigo Dámaso López García, estupendo traductor de autores como Lytton Strachey o Virginia Wolf y hoy vicedecano de la Facultad de Filología de la Complutense madrileña, y no recuerdo bien por qué precisa razón surgió durante la charla el tema de los “intelectuales letraheridos”, pero vinculándolo a las distintas tradiciones culturales y lingüísticas de occidente.
En opinión de Dámaso López, una opinión fundada y trabajada como pocas de las que yo he conocido hasta la fecha, los franceses seguían generando los trabajos más arriesgados, avanzados e iluminadores, situándose por delante de otras tradiciones tan sólidas como la anglosajona o la germana. Pero al cabo de un momento, fruto sin duda de una meditación poco menos que instantánea, apostilló: “claro que siempre hay que tener en cuenta a los italianos; no es que sean legión, es cierto, pero los que han sobresalido en el panorama europeo del último medio siglo siempre han hecho gala de dos características muy interesantes y definidoras: su multidisciplinareidad humanística y la asombrosa sutileza incisiva y natural de sus análisis”. E inmediatamente puso sobre la mesa algunos ejemplos de este tipo de intelectuales italianos a los que podríamos calificar como “letraheridos”, para diferenciarlos así de los intelectuales que desarrollan su labor en ámbitos relativos a las ciencias naturales y experimentales. La lista de ejemplos incluía a Mario Praz, Claudio Magris, Norberto Bobbio, Italo Calvino, Massimo Cacciari o Umberto Eco…

La verdad es que esta importante nómina de intelectuales italianos presenta contundentemente los rasgos que les adjudicaba hace diez años mi amigo Dámaso López. Todos han publicado trabajos fundamentales en sus respectivas disciplinas, todos hacen gala de una solidez argumental que se plasma en el papel con singular naturalidad, y casi todos suman a su labor de ensayistas de prestigio internacional otras condiciones en las que también han destacado al menos en su país de origen. Así algunos han ejercido como profesores universitarios, políticos, periodistas, novelistas…, e incluso alguno ha desempañado más de dos de estos oficios a la vez. El intelectual italiano de esta altura parece disfrazarse con los ropajes del diletante como si considerase de pésimo gusto hacer académicos alardes de conocimiento. El intelectual italiano cuando reflexiona parece hacerlo no desde la cátedra ampulosa o el púlpito consagrado, sino con la voz distendida y mesurada de quien pela una naranja, se toma un café, juega una partida de cartas o contempla con la mirada acostumbrada los deslumbrantes frescos de un maestro del Renacimiento. 


El concepto “belleza” que se maneja en esta obra está aplicado en un amplio recorrido histórico casi exclusivamente en dos grandes direcciones: su plasmación plástica a través de pinturas, construcciones y objetos, y finalmente su proyección en la figura humana y su representación artística

Perteneciente a esta clase italiana de finos intelectuales es el autor del libro que aquí comentamos, Umberto Eco. Nacido en el Piamonte hace 72 años, en la actualidad es profesor de semiótica y presidente de la Escuela Superior de Estudios Humanísticos en la prestigiosa Universidad de Bolonia. Entre sus ensayos pueden destacarse los libros Obra abierta, Tratado de semiótica general, La búsqueda de la lengua perfecta, Kant y el ornitorrinco, Sobre literatura…, y las novelas El nombre de la rosa (un bestseller a escala planetaria que fue incluso llevada al cine con enorme éxito por el director francés Jean Jacques Annaud), El péndulo de Foucault, La isla del día antes, Baudolino y en breve aparecerá en las librerías españolas su última obra de ficción, La misteriosa llama de la reina Loana. 

El último libro del profesor Eco publicado en España lleva por título Historia de la belleza. Y quizá lo primero que haya que decir del tomo es que en sí mismo es una belleza. Desconozco si el escritor italiano ha pedido a las editoriales que, dada la naturaleza del trabajo, cuiden con especial ahínco su edición. En todo caso a la publicación española sólo cabe adjuntarle el calificativo de espléndida, tanto por la calidad de las reproducciones y el muy cuidado diseño de la páginas, como por el tamaño y manejabilidad de la obra. En suma, nos encontramos con una maravillosa y no muy costosa edición realizada por Lumen que se encuentra en las antípodas de las por general no muy afortunadas ediciones con las que en España suelen lanzarse al mercado los ensayos. 

Pero una vez que hemos hablado del continente, y la ocasión desde luego lo requiere, pasemos al contenido. El mayor y quizá único gran pero que tiene este esfuerzo de Umberto Eco nace precisamente del título (Storia della belleza dice el original italiano), un título que conduce a la confusión y que a fin de cuentas no ofrece lo que su ambiciosa construcción promete.

Hay que comenzar señalando que en modo alguno estamos de verdad ante una historia de la belleza, propósito que de llevarse rigurosamente a cabo sería imposible no realizarlo mediante un amplísimo equipo de colaboradores y cuya realización implicaría decenas y decenas de volúmenes. Otras dos precisiones necesarias acotan sobremanera las expectativas que podría despertar el título de la obra: por un lado el trabajo de Eco sólo trata la “belleza” desde un punto de vista o concepción occidental, y por otro, el concepto “belleza” que se maneja en esta obra está aplicado en un amplio recorrido histórico casi exclusivamente en dos grandes direcciones: su plasmación plástica a través de pinturas, construcciones y objetos, y finalmente su proyección en la figura humana y su representación artística. Este planteamiento deja además de soslayo la aplicación del término “belleza” a otras manifestaciones tanto del mundo físico o natural como del creado por la mano del hombre, y me refiero en este punto a la música, la literatura, etc…


Umberto Eco repasa con singular concisión y claridad asuntos tales como la belleza de los monstruos, la luz y el color en la Edad Media, la razón y la belleza, la religión de la belleza, lo sublime, la belleza romántica...

Quizá quien haya llegado hasta aquí en este juicio crítico tenga ahora mismo la impresión de que la historia de la belleza de Umberto Eco no tiene mayor interés, y si pensara tal cosa se estaría equivocando de medio a medio y yo habría hecho muy mal mi trabajo. No, el libro de Eco es muy valioso en lo que sí ofrece, lo criticable es que, y espero no estar siendo en exceso reiterativo, no ofrece lo que anuncia. Pero el logro principal de Umberto Eco es haber conseguido escribir una pequeña y utilísima enciclopedia de urgencia sobre muchos de los asuntos clave que desde los griegos hasta nuestros días han girado en occidente en torno a la idea de belleza.

Eco estructura el libro atendiendo a dos cauces paralelos: la cronología y los asuntos clave de cada momento histórico relacionados con la plasmación, fijación, representación, difusión y evolución del concepto belleza. Así, viajando en el tiempo desde el ideal estético en la antigua Grecia hasta las formas abstractas de la belleza o la belleza en los mass media en nuestros días, Umberto Eco repasa con singular concisión y claridad asuntos tales como la belleza de los monstruos, la luz y el color en la Edad Media, la razón y la belleza, la religión de la belleza, lo sublime, la belleza romántica, la belleza de las máquinas, damas y héroes..., ayudándose para hacer comprender mejor su exposición o discurso de decenas de ilustraciones y de textos alusivos firmados por “colaboradores” como Platón, Petrarca, Boccaccio, Dante, Heine, Cervantes, Hume, Kant, Goethe, Hegel, Delacroix, Gautier, Oscar Wilde, Baudelaire, Kafka, Marinetti, Barthes, y un largo, largo, etcétera.

En este sentido, puedo abrir el libro dejándome guiar por el azar y tropezar, por ejemplo, con una concisa definición en apenas dos páginas de “la dialéctica de la belleza en el siglo XVIII”, mientras a la vez contemplo una magnífica reproducción de una pintura de 1770 de Fragonard y leo unas líneas de Rousseau. Y si vuelvo a recurrir al azar me topo con unos párrafos sobre el Art Nouveau y el Art Déco ilustrados por un dibujo de Philippe Wolfers y un texto de Dolf Sternberger acerca del Jugendstil.


Vuelvo a insistir para terminar. En modo alguno nos ha dejado Umberto Eco una historia de la belleza en el sentido ajustado de la frase. Pero sí ha creado una herramienta hermosa y eficaz para acercarnos con sentido y oportunidad a un conjunto de variados aspectos relacionados con la idea occidental de belleza a través de los siglos. Si este logro es valioso o no dependerá del juicio personal de cada cual, a mi me parece un acierto al alcance sólo de uno de los grandes.

El hobbit

(título original en inglés: The Hobbit, or There and Back Again, usualmente abreviado como The Hobbit) es una novela fantástica del filólogo y escritor británico J. R. R. Tolkien. Fue escrita por partes desde finales de los años 1920 hasta principios de los años 1930 y, en un principio, tan sólo tenía el objetivo de divertir a los hijos pequeños de Tolkien.
 No obstante, el manuscrito de la obra aún sin acabar fue prestado por el escritor a varias personas y finalmente acabó en manos de la editorial George Allen & Unwin. Dispuestos a publicarla, los editores pidieron a Tolkien que finalizara la obra y El hobbit fue publicada el 21 de septiembre de 1937 en el Reino Unido.

Es la primera obra que explora el universo mitológico creado por Tolkien y que más tarde se encargarían de definir El Señor de los Anillos y El Silmarillion. Dentro de dicha ficción, el argumento de El hobbit se sitúa en el año 2941 de la Tercera Edad del Sol, y narra la historia del hobbit Bilbo Bolsón, que junto con el mago Gandalf y un grupo de enanos, vive una aventura en busca del tesoro custodiado por el dragón Smaug en la Montaña Solitaria.
Debido al éxito que tuvo y a las buenas críticas que recibió, los editores pidieron a Tolkien una continuación. Bautizada como El Señor de los Anillos, su cambio a un tono alejado del infantil provocó que El hobbit tuviera que ser modificado ligeramente para que ambas historias coincidieran mejor.

Contexto

El reino enano de Erebor, también conocido como la Montaña Solitaria, fue fundado en el año 1999 de la Tercera Edad del Sol,2 por el rey Thráin I, quien acababa de huir con parte de su pueblo de Khazad-dûm tras la aparición de un balrog. Siete siglos después, el dragón Smaug llegó a Erebor y, tras expulsar a los enanos, se apoderó del tesoro que éstos habían acumulado.
En 2463 T. E. algunos hobbits de la rama de los Fuertes vivían en los Campos Gladios, donde milenios atrás el rey Isildur de Arnor y Gondor fue asesinado por los orcos y el Anillo Único del Señor Oscuro Sauron se hundió en el río Anduin. Sméagol y su primo Déagol se encontraban pescando en el río cuando éste último encontró el Anillo. Su poder despertó la codicia de Sméagol, que asesinó a su primo para arrebatárselo y, al ser desterrado por su pueblo, vagó hasta llegar a las Montañas Nubladas. Allí el poder del Anillo le corrompió, alargando su vida más allá de lo natural y convirtiéndole en una criatura que pasó a ser conocida como Gollum.

Cien años antes de los hechos narrados en la novela, el por entonces rey de los enanos, Thráin II, decidió regresar a Erebor. No obstante, fue apresado durante el viaje por los siervos de Sauron y le llevaron a la fortaleza de Dol Guldur, donde le arrebataron el último de los siete Anillos de los Enanos. Pocos años después el mago Gandalf entró en Dol Guldur y descubrió que Sauron había recuperado sus fuerzas de nuevo y que estaba reuniendo todos los Anillos de Poder. 
Encontró también allí a Thráin y éste le dio la llave de Erebor antes de morir. Gandalf se reunió entonces con el Concilio Blanco e intentó convencer a los miembros para que atacaran Dol Guldur, pero Saruman, líder del concilio, se opuso y comenzó a buscar por su cuenta el Anillo Único en los Campos Gladios.

Temas

El desarrollo y la maduración del protagonista, Bilbo Bolsón, es el tema principal de la historia. Matthew Grenby, autor de Children's Literature, señala en este libro que El hobbit es una novela de desarrollo personal y la considera un bildungsroman (novela de aprendizaje o formación) en lugar de la tradicional aventura fantástica, pues el protagonista adquiere un sentido más fuerte de su identidad y una mayor confianza en el mundo exterior gracias al viaje que realiza.
 En su ensayo The Psychological Journey of Bilbo Baggins, recogido en la obra A Tolkien Compass de Jared Lobdell, Dorothy Matthews señala que en varios capítulos se ve reflejado el concepto jungiano de individuación y describe el viaje de Bilbo como una búsqueda de madurez y como una metáfora de este proceso de individuación. La analogía del «inframundo» y del héroe que regresa de él con un premio (como el anillo o las espadas élficas) que lo beneficia, encaja con los arquetipos míticos relativos a la iniciación y madurez masculina tal como los describe el mitólogo Joseph Campbell. Por otro lado, Jane Chance compara en Tolkien's Art el desarrollo y el crecimiento de Bilbo, en contraste con otros personajes, con los conceptos de mera realeza versus realeza derivados del Ancrene Wisse y de una interpretación cristiana de Beowulf.


Matthew Grenby también señala en Children's Literature que la superación de la codicia y el egoísmo es el centro moral de la historia. Además, otro tema de El hobbit que ha sido tratado por varios autores es el animismo, un concepto importante en la antropología y en el desarrollo infantil basado en la idea de que todas las cosas, incluyendo objetos inanimados, fenómenos naturales, animales y plantas, poseen una inteligencia humana. En La historia de El hobbit, John D. Rateliff lo llama el «tema del doctor Dolittle» y cita la multitud de animales que hablan como indicativo para confirmar dicho tema, por ejemplo el dragón Smaug, los trasgos o el cuervo Roäc. Patrick Curry señala en Defending Middle-Earth que el animismo se encuentra activo durante toda la novela y que también aparece en otras obras de Tolkien; menciona las «raíces de las montañas» y los «pies de los árboles» como cambio de nivel desde lo inanimado a lo animado.

viernes, 29 de julio de 2016

Imprenta Elzevir o Elzeviro



Luis Bustamante Robin

Los Elzevir o Elzeviro son una familia holandesa de editores que duró 132 años y gozó de gran prestigio durante el siglo xvii. Sus libros fueron famosos por su pequeño formato, su precio económico y su objetivo de entretener. Fueron en la época el génesis de lo que hoy conocemos por libro de bolsillo.

Historia

Fue fundada por Luis (Lodewijk) Elzevir, natural de Lovaina, hijo de un maquinista de Plantino, que fue otra imprenta de la época que gozaba de gran esplendor debido a la exclusiva con la Iglesia para imprimir textos religiosos, trabajó en esta durante su juventud. Por motivos religiosos emigró al Norte de Holanda, a Leyden, donde fue librero, editor y bedel de la Universidad, que fue fundada en 1575 por el Príncipe de Orange y que tuvo un rápido crecimiento y una gran influencia. Tuvo 9 hijos y, a su muerte en 1617 estos continuaron con el negocio editorial, abriendo librerías en La Haya, Utrech y Ámsterdam. Durante el S. xvii el taller entró en decadencia, liquidando en 1712.
Fueron más comerciantes que editores, ya que no se preocuparon tanto de las calidades del texto ni de corregir pruebas, como del negocio de la venta, del cual tenían gran conocimiento, influidos por los primeros años de trabajo de Luis Elzevir en la imprenta Plantino. También se vieron beneficiados por las circunstancias de la época en Holanda, donde existía una mayor libertad de prensa con respecto a los demás países de Europa y donde el libro estaba experimentando un auge como bien de consumo.

Logros

En 1620 obtuvieron el título de impresores de la Universidad, estando entre 1622 y 1652 en su mejor momento. La calidad y el número de impresiones fue lo que les hizo destacar durante toda su existencia. Publicaron más de 2000 obras, la mayor parte de ciencias clásicas, como religión y teología, aunque también destacaron las obras de derecho y de política.

Publicaciones

Obras de estudio
Gramáticas de francés, hebreo, árabe, español, persa y griego.
Obras en francés: teatro de Paul Scarron, Corneille y Molière.
Obras de teatro español traducidas al holandés de Lope de Vega y Ruiz de Alarcón.
Colección de clásicos latinos de Horacio y Ovidio.
Colección de "Las Repúblicas": de 35 volúmenes, trataban de países de la época y de la antigüedad.
Obras contemporáneas: Thomas Hobbes, Pascal, Descartes y John Milton.

Críticas

Disfrutaron de un enorme éxito y de una gran difusión, sin embargo, recibieron críticas por tener un comportamiento poco ético:

Cambiaron portadas a los libros que no se vendían por la de libros diferentes, para, de este modo, venderlos como novedades.
Falsificaron pies de imprenta modificando el nombre de Leyden por el de Lyon y evitando el nombre de editor, para así burlar la censura.

Publicaron obras sin tener los derechos de autor.

Nota
Luis Bustamante Robin


En un conocido relato bibliófilo cuenta Charles Nodier que cierto Teodoro, su protagonista, llevaba siempre un artilugio diseñado para medir con extrema precisión la longitud de las ediciones elzevirianas. La explicación de tan gran exactitud se encuentra en las peculiares características de muchas de las series editoriales impresas por la oficina que fundó en 1587 Lodewijk Elzevir en Leiden y continuaron sus numerosos descendientes, particularmente en las impresas por Bonaventura y Abraham entre 1626 y 1652, por Jean y Eva, su viuda, hasta 1681, y por Daniel y Lodewijk II en Amsterdam, con el mismo término. Después, el último de los impresores Elzevir de Leiden, Abraham, hijo de Jean, acabó llevando la empresa a la ruina. Durante casi cien años la saga familiar publicó libros de todo tipo y formato pero se hizo célebre principalmente por sus pequeñas ediciones en dozavo o dieciseisavo de los clásicos grecolatinos, siempre en buen papel, siempre precedidas de una portada grabada en calcografía, siempre impresas utilizando tipos tan menudos, tan precisos y tan definidos que cada una de sus páginas parece a veces una obra de orfebrería. Otras lineas editoriales, como la literatura francesa o la colección de tratados políticos conocidos como les petites republiques, adoptaron la misma fórmula. 

Una edición elzeviriana en comparación con otras dos ediciones del siglo XVII, bien conservadas, de medidas similares

Algunos volúmenes de les petites republiques en su encuadernación original subastados como lote en Christie´s hace años.
Su imitación por no pocos impresores de Holanda, Flandes, Francia o Italia, fraudulenta en ocasiones, fue la primera prueba de su éxito. La segunda, tan imprevisible como previsible había sido la primera, fue que en fecha ya temprana aquellas pequeñas ediciones acabaron convirtiéndose en objeto preciado de colección. La referencia más antigua que conozco procede de un conjunto de ensayos sobre bibliofilia del escritor Andrew Lang donde se extracta un diálogo de un libro francés de 1699 (Entretiens sur les contes de fées et sur quelques autres ouvrages du temps. Pour servir de préservatif contre le mauvais goût, pp. 263-264), en el que sus protagonistas comentan el tradicional prestigio, ajeno a su contenido, del que gozaban ya entonces las ediciones elzevirianas, tan notorio que había incluso quien se privaba de lo más necesario para reunir cuantos ejemplares pudiera encontrar. El coleccionismo de estos pequeños impresos siguió creciendo hasta el siglo XIX, cuando alcanzó su apogeo. Los bibliófilos escrutaban las librerías de toda Europa en su búsqueda, los clasificaban por la pulcritud de la edición, valoraban sus dimensiones con la precisión desmedida del buen Teodoro, pues no en vano se llegaron a comparar los milímetros de sus páginas con los quilates de los diamantes. Con frecuencia los hacían revestir de hermosas encuadernaciones en los mejores talleres de París. Sobre el lomo hacían constar en letras doradas que el ejemplar era un Elzevir, a veces con mayor interés del que ponían en consignar su autor o título. La encuadernación tenía que ser digna de su belleza.

Luis Bustamante Robin
Luis Bustamante Robin

Las Obras de Ausonio, encuadernadas hacia 1820 para Charles Stuart de Rothesay, con sus armas, en el taller de René Simier. No es una edición impresa por los Elzevir, pero sí siguiendo su modelo y como tal asimilada a las colecciones elzevirianas, como se puede ver en el lomo. 
Esta imagen y las siguientes proceden del mercado del libro antiguo, en estos días.


Luis Bustamante Robin


Luis Bustamante Robin


Luis Bustamante Robin


Las Obras de César, editadas en la oficina elzeviriana de Leiden, encuadernadas por Hippolyte Duru hacia 1850.


Las Obras de Virgilio bellamente encuadernadas, con el exlibris del bibliófilo Henry Huth.


Los grandes coleccionistas fueron los primeros bibliógrafos. En 1822 se publica el Essai bibliographique de Berard sobre las ediciones más valiosas y más buscadas, en 1829 la Théorie complète des éditions elzeviriennes en los Melanges de Nodier, en 1847 el estudio de Charles Motteley sobre les erreurs de la bibliographie spéciale des Elzevir (entre varios catálogos descriptivos de venta de su propia colección, de varios miles de ejemplares), en 1851 los Annales de l’imprimerie elsevirienne de Pieters, en 1864 los catálogos elzevirianos de la Biblioteca de San Petersburgo y de la colección particular de Emil Steiner. En paralelo a todos ellos, las distintas ediciones del Manual de Brunet, que les dedica un espacio propio. En 1880, finalmente, Les Elzevier de Alphonse Willems, que acaba siendo el estudio de referencia del que pronto partirían otras publicaciones -como el Catalogue d'une collection unique de volumes imprimés par les Elzevier (1896) o las monografías de Berghman (1885) o Goldsmid (1888)- que amplían y perfeccionan los resultados de Willlems. Recorre todo el siglo XIX una secuencia de bibliografías elzevirianas. Van formando el canon al que acuden los coleccionistas preocupados de saber si el libro que acaban de encontrar es un auténtico Elzevir o no, si tiene los milímetros correctos, si han acertado con la edición adecuada de Tito Livio, de Horacio, de Tácito, el canon que repasan con cuidado para acabar preguntándose si les será dado tener frente a sus ojos alguna vez un ejemplar de Le pastissier françois, ese manual de pastelería que pasa por ser el más raro, el más buscado y el más valioso de toda la colección elzeviriana. Willems la circunscribió a 1608 ediciones impresas en Leyden, Amsterdam y Utrecht, y añadió también dos grupos de ediciones holandesas (1609-1960) y belgas (1961-2115) realizadas por otros impresores imitando el concepto y la calidad de aquellas, que los bibliófilos del siglo XIX venían añadiéndo a sus colecciones. Contabilizó también las mediocres ediciones contrahechas falsamente atribuidas a los Elzevir, sesenta y tres, numeradas entre el 2116 y el 2179. El latín y el francés eran, por este orden, las lenguas principales. En menor medida, el neerlandés y el italiano. No publicaron en español, quizás porque ese espacio en el mercado editorial lo ocupaban desde hacía décadas con buen oficio los impresores de Amberes y Bruselas. No obstante, sí aparecen en su catálogo algunas obras de materia hispánica e incluso un puñado de libros españoles que, por ser pocos, se pueden enumerar: El embajador de Juan de Vera, traducido al francés, De duplici viventium terra dissertatio paradoxica de Jose Antonio González de Salas, el editor de la poesía de Quevedo, el Tribunal medicum de Gaspar Caldera de Heredia, más de una decena de ediciones en latín de los comentarios del jurista riojano Antonio Pérez a las Institutiones de Justiniano o al Digesto, la versión española de los Diálogos de Philippe Garnier realizada por Marcos Fernández, autor de la rara Olla podrida a la española, el Memorial de fray Juan de San Diego en defensa del obispo de Paraguay en traducción francesa, las Epístolas de Pedro Mártir de Anglería con las Letras y los Claros Varones de Castilla de Hernando del Pulgar a partir de la edición latina complutense de Miguel de Eguía de 1530, la Vida del rey Almanzor de Miguel de Luna traducida del español al francés y varias obras de Juan Eusebio Nieremberg, también en traducción francesa. 
  El coleccionismo de ediciones elzevirianas acabó siendo un lugar común en la cultura decimonónica occidental, pero a finales de siglo comenzó a declinar. Todavía en 1895 se podía leer en los entretenidos Amores de un bibliómano de Eugene Field que su protagonista, después de perder un Elzevir en una subasta de libros, se vio atacado por la melancolía hasta tal punto que tuvo que meterse en la cama, pues un Elzevir era para él una de las cosas más hermosas que podían ser contempladas por los ojos humanos. Quienes pensaban así fueron desapareciendo. 
Hace mucho tiempo ya que las ediciones elzevirianas pasaron de moda y en la actualidad no tienen ni de lejos el valor relativo que tenían entonces en el siempre voluble mercado del libro antiguo. Poco queda ahora de aquel coleccionismo ancestral, pero sí gracias a él numerosos ejemplares supervivientes de aquellos talleres, muchos en magnífico estado de conservación y no pocos firmados por los mejores maestros del arte de la encuadernación en el siglo XIX. 
Y aunque pocos perseguirán ya el anhelado Pastissier françois o perderán el sentido, como Teodoro, por una diferencia de un tercio de linea y casi nadie entenderá el elzeviriómetro como una parodia verosímil, todavía podemos intuir aquel coleccionismo leyendo los muchos testimonios que nos quedan de él, como los citados de Lang, Field o Nodier (cuya traducción se puede descargar gratuitamente en ebook). 
Ilustración de Maurice Leloir para El bibliómano, de Charles Nodier, París, 1893 (Gallica).

 Quizás en este desinterés del inapelable mercado tenga no poco que ver el desprecio social de los estudios clásicos, que ha vuelto incomprensible para el lector común (ya de por sí escaso) la mayor parte de la colección elzeviriana. Como no podemos sino pertenecer a nuestro tiempo y mi nivel de latín es manifiestamente mejorable, yo sólo tengo esta hermosa edición de las seis Comedias de Terencio, pulcramente encuadernada hacia 1830 en el taller parisino de Koehler. Uno de los propósitos que hice para el nuevo año era mejorar mi latín. Espero que aparezca alguna otra edición elzeviriana por estas páginas. Querrá decir que lo he cumplido.
Terencio Africano, Publio, Pub.Terentii Comoediae sex. Ex recensione Heinsiana, Amstelodami, Ex officina elzeviriana, Aº 1661.  En dozavo (129 x 72 mms.), [48], 304, [8] páginas incluyendo portada calcográfica grabada por Cornelis Claeszoon Duysend, encuadernado en marroquín rojo dorado en cejas y cortes, con indicación de autor y editor en lomo nervado, signado "Koehler" en las guardas.


Luis Bustamante Robin

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Gastronomia de Juego de tronos

Luis Bustamante Robin

Hace ya tiempo que Juego de Tronos se ha consolidado como un fenómeno mundial gracias al creciente éxito de la serie de televisión, que atraviesa ahora mismo el ecuador de su quinta temporada. ¿Qué tienen tanto la saga literaria como la versión televisiva para atrapar a tanta gente? Nuestros compañeros de ¡Vaya Tele! podrán responder mejor, pero lo que está claro es que sus creadores han dado forma a un universo fascinante, en el que no puede faltar la comida. Yo os invito a uniros a nosotros en un apetitoso viaje gastronómico por Juego de Tronos para descubrir lo que comen los habitantes de Poniente.

La comida está muy presente a lo largo de la saga literaria y es algo que también se ha trasladado a la pequeña pantalla. El autor de las novelas, George R. R. Martin, disfruta de la buena comida y no escatima en detalles para citar y describir todo tipo de platos y alimentos con los que sus personajes se encuentran en sus aventuras. El libro Festín de Hielo y Fuego y el blog que lo vio nacer es un reflejo de ese detallismo gastronómico, ya parte fundamental de su universo, que nos ayuda a comprender a los personajes y el mundo en el que se mueven, inspirado en tiempos medievales.

Desembarco del Rey
Luis Bustamante Robin
Situada en la costa este de Poniente, Desembarco del Rey es la ciudad más importante por ser capital de los Siete Reinos, sede del Trono de Hierro y centro neurálgico del poder y la política. Destaca además por su tamaño y por su papel comercial, al ser uno de los principales puertos. En Desembarco del Rey convive la alta sociedad ligada a la Corona con una gran masa de población muy humilde donde se entremezclan numerosas culturas. Esta situación se ve reflejada en la gastronomía de la zona.
Por un lado tenemos las ricas cocinas de Palacio y de los grandes señores, que ni siquiera en tiempos de crisis escatiman en gastos cuando se trata de organizar banquetes para la alta sociedad. En los libros y en la serie asistimos a más de una boda en la que se detallan banquetes pantagruélicos con decenas de platos. En las estancias reales se pueden constantemente fuentes llenas de frutas exóticas de ricos colores, y nunca faltan los dulces y pasteles. Otro elemento imprescindible es el vino, servido en delicadas copas.
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Un desayuno habitual para la familia real, con el que Cersei suele comenzar su jornada, consiste en porridge o gachas de avena con miel, frutas y leche, huevos cocidos y pescado frito crujiente, pudiendo incluir frutos secos variados. El gobierno del reino requiere empezar el día con buenas energías. El pescado frito se suele servir a otras otras del día, y podría parecerse a nuestro pescaíto frito andaluz.

Sopas y cremas de aire medieval, como la sopa de calabaza, de cebada, de setas y caracoles o de castañas no suelen faltar en comidas y cenas. También son habituales las ensaladas como la que degusta Sansa en alguna ocasión, a base de espinacas con hierbas frescas, flores, ciruelas y frutos secos. Las tartas saladas son otro plato habitual de Desembarco, tanto las vegetales como las rellenas con pescado, quesos o carne de ave.

Las comidas más copiosas llegan a su apogeo con grandes piezas de carne. En los banquetes de ceremonias especiales, como las bodas, son las aves las protagonistas, a veces servidas de formas extravagantes, como el pavo real servido entero con su plumaje. Los reyes son aficionados también a la caza y por eso son también habituales platos de jabalí, ciervo, conejo o perdices, asados o guisados con especias.
Luis Bustamante Robin
Los panes y dulces no pueden faltar en una corte opulenta, y parece que los hornos de Desembarco del Rey están encendidos constantemente. El pan de avena cargado de frutas y nueces es uno de los favoritos, así como panecillos y bollos de todo tipo, galletas, y pasteles, preferiblemente en formatos pequeños. Son célebres los pastelitos de limón, que no faltan a la hora de la merienda y que son la perdición de Sansa. Como ya se ha comentado, las frutas tienen una presencia importante en la Fortaleza Roja, también cocinadas. No faltan las manzanas asadas, los melocotones con miel y diversas compotas y mermeladas.
El pueblo llano de Desembarco del Rey nunca podrá ni probar muchas de estas delicias. Las comidas habituales de la población más humilde consisten en panes toscos y duros que acompañan cuencos de estofados donde se suele introducir cualquier ingrediente disponible. Las ollas parecen estar burbujeando de forma permanente en ciertas calles del Lecho de las Pulgas, con restos de carnes variadas, verduras y algún cereal, si hay suerte. Palomas y ratas son buenas fuentes de proteínas cuando el hambre aprieta.

Las tierras del Norte
Luis Bustamante Robin
Las frías tierras al sur del Muro se conocen como el Norte, el más grande de los Siete Reinos, cuya capital se sitúa en Invernalia, el asentamiento de los Stark. Es una región muy amplia pero con grandes zonas deshabitadas, muchos pueblos y aldeas desperdigados, y unos modos de vida algo difíciles por el clima tan frío que cubre de nieve la tierra incluso en verano. La comida en estas tierras aprovecha sobre todo lo que da la tierra, con platos contundentes, energéticos y reconstituyentes, muy humildes en su origen.

Las comidas que George R.R. Martin suele citar al describir la vida norteña son esencialmente lo que imaginamos como medieval, con muchos productos de despensa pensados para aguantar largas temporadas de inviernos fríos y yermos. Panes rústicos y densos, avena, quesos, conservas de frutas, mieles, frutos secos y embutidos son habituales en un menú norteño.
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Cuando la temporada de caza lo permite, en Invernalia se preparan consistentes guisos de venado con cebada, empanadas de ave o carne asada con salsas aromáticas de miel y especias. El pescado tiene, lógicamente, una menor presencia, aunque en ocasiones especiales se pueden preparar pasteles de bacalao, que permite una larga conservación gracias al salazón.

El cultivo de vegetales y hortalizas resistentes al frío es esencial para la supervivencia en las tierras del Norte. Platos habituales en sus mesas, desde el desayuno hasta la cena, incluyen estofados de zanahorias y nabos, remolacha a la mantequilla, cebollas en salsa o asados con puerros. La manzana es la fruta más abundante, que tras la cosecha estival se conserva en las despensas durante meses.

El Muro
Luis Bustamante Robin
Un poco más al norte de la región del mismo nombre se sitúa el Muro, hogar de la poco valorada Guardia de la Noche. La falta de recursos y las duras condiciones climatológicas no hacen que sea una vida fácil, y eso se refleja en la humilde y escasa comida que tiene que sustentar a los que visten el negro. Una bebida que caracteriza su día a día, además de la cerveza espesa, es el vino caliente, dulzón y lleno de especias.
En el Castillo Negro se sigue una dieta muy similar a la del Norte, pero más escasa y sencilla, sin lujos. Lo importante es conseguir calentar el cuerpo y obtener la energía necesaria para sobrevivir al duro trabajo bajo las gélidas temperaturas. Además, las despensas no suelen estar precisamente llenas, hay que ahorrar y pensar en el invierno, por lo que no hay lujos que valgan.
Luis Bustamante Robin
Un desayuno en un buen día en el Muro suele consistir en huevos de gallina o pato, pan rústico fresco o frito, frutas secas y un surtido de embutidos. Salchichas, bacon, jamón y black pudding -una especie de morcilla- son los más frecuentes, acompañados de cerveza negra. Si la despensa lo permite, el cocinero puede preparar pequeños panecillos y pasteles con manzanas y frutos secos, muy energéticos. Estos bocados no suelen ser frecuentes y conviene devorarlos pronto, como Jon Nieve sabe muy bien.
Como era de esperar, la comida principal suele consisten en cuencos de sopas, guisos y estofados, con carne grasa si hay suerte. En el Muro se cocina con cerveza de tipo ale y no faltan las cebollas, que pueden acompañar a piezas de cordero, oveja, cerdo o, en su defecto, alubias con bacon. La carne y el pescado en salazón son la comida principal de los exploradores, todo regado con cerveza.

Dorne
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Esta temporada la serie viaja por primera vez a Dorne, una tierra sureña cuyas localizaciones se han buscado en diversos lugares de nuestra Andalucía. Es una tierra muy cálida, la región más calurosa de los Siete Reinos, con un paisaje árido y seco en el que el agua es uno de los bienes más preciados. Está claramente inspirada en culturas árabes mediterráneas, algo que también se percibe en su gastronomía.

En Dorne hay menos presencia de guisos contundentes y mucho más protagonismo de comidas frescas, con muchas especias picantes, frutas y frutos secos, como almendras y dátiles. Productos típicos de la región, como la granada, las aceitunas, la miel y la uva están presentes en comidas dulces y saladas, y las carnes de caza son escasas. Los dornienses prefieren cordero o pato y quesos locales.

Un almuerzo habitual en Dorne puede consistir en un pan plano acompañado de pasta de garbanzos, aceitunas negras, queso y hojas de parra rellenas de frutos secos y verduras. Una especialidad local es la serpiente, que se suele servir crujiente, con salsa picante, mostaza y miel. Para refrescar la garganta son populares las bebidas a base de limón y los vinos afrutados y fuertes.

Otras regiones de Poniente
Luis Bustamante Robin
El continente de Poniente alberga otras muchas regiones, pueblos y ciudades destacadas donde algunos de los personajes principales se ven envueltos en diversas tramas. Aunque sólo estén de paso, siempre hay que comer, y George R. R. Martin aprovecha para citar y describir distintos refrigerios que merece la pena destacar.

Sobresale la región de El Dominio, dominada por Altojardín, una de las más fértiles de todos los Siete Reinos. Su producción de frutas, verduras y cereales abastece a gran parte del resto de territorios, y son muy apreciados sus vinos. En sus mesas abundan platos coloridos, con muchos vegetales frescos, toques florales y preparaciones de carnes menos toscas que en el Norte.

En las Islas del Hierro, en cambio, los banquetes son menos lujosos. La vida en estas tierras frías y áridas están dominadas por el mar, por lo que pescados y mariscos son los productos principales de su alimentación. En las novelas se nombran platos como la sopa de algas y almejas o el estofado de pescado con mejillones y cangrejo. Las malas tierras no permiten una próspera ganadería, pero a veces se preparan caldos con carne de oveja o cordero.
Luis Bustamante Robin
Moverse por Poniente implica largas jornadas a caballo o a pie entre unos territorios y otros. Cuando no se puede repostar en una posada, los improvisados campamentos suelen apostar por cocinar a la brasa o en estofado la carne de caza que se encuentran por el camino. Durante el invierno conviene llevar encima carne o pescado en salazón, salchichas y panes y galletas que puedan aguantar varias semanas.

En asentamientos importantes de señores y otros personajes destacados nunca faltan los caprichos dulces para sus pobladores. En Harrenhal por ejemplo no puede faltar el pan recién hecho ni dulces como las tartaletas de frutos secos y queso o las tartas de manzana. Los pastelitos de arándanos, las frutas en almíbar y caprichos como los gansos de merengue y nata son habituales en las mesas más pudientes.

Más allá del Mar Angosto
Luis Bustamante Robin
El universo de Juego de Tronos no termina con los Siete Reinos. El Mar Angosto separa el continente de Poniente con Essos, las tierras del este donde se localizan las llamadas Ciudades Libres y los territorios de los Dothraki. En este continente conviven culturas muy diferentes y ofrecen particularidades que las hacen únicas respecto a las costumbres de Poniente. En general son tierras muy cálidas, húmedas, y la mayoría de capitales se sitúan en la costa.

Capitales como Braavos o Pentos, con una intensa actividad portuaria, disfrutan de productos importados por el comercio, por lo que la comida puede recordar a la de otros lugares de Poniente. Sin embargo, destaca la presencia de todo tipo de pescados y mariscos, destacando las más humildes sardinas, y una menor importancia de carnes, sobre todo de caza.

Una jornada en Braavos puede empezar con un plato de sardinas frescas fritas o a la brasa, servidas con aceite o salsa picante, un pedazo de pan con aceitunas y vino aguado. La sociedad más pudiente de Pentos tiene gustos muy similares a los de Desembarco del Rey, disfrutando de platos como el capón asado con vegetales caramelizados, frutas y todo tipo de dulces.

Otras poblaciones ofrecen exquisiteces locales como los insectos, especialmente grillos y saltamontes, que se pueden cocinar con mantequilla y servir con todo tipo de frutos secos y miel. También se pueden encontrar salchichas de perro, típicas en un desayuno de Meeren, mientras que en Volantis están orgullosos de su sopa fría de remolachas, cultivo abundante local. Por su parte, los Dothraki preparan comidas menos sofisticadas, reflejo de su propia cultura y modos de vida. Abundan los platos de carne, destacando la cabra asada y los pasteles de sangre.
Luis Bustamante Robin
La importancia que tiene la comida tanto en los libros de Canción de Hielo y Fuego como en la serie de Juego de Tronos no es sólo un reflejo de la afición de su creador por la buena mesa. Aunque a veces se critique el excesivo detallismo de sus descripciones, lo cierto es que nos ayuda a dibujar mejor ese rico y complejo mundo, a sumergirnos en su historia y en su cultura, y a conocer mejor a sus personajes. Y ciertamente también nos despierta el apetito en más de una ocasión.