sábado, 28 de enero de 2012

La biblioteca de Augusto Pinochet Ugarte

Pinochet con uniforme


Don Augusto José Ramón Pinochet Ugarte.

 (Valparaíso, 25 de noviembre de 1915 – Santiago de Chile, 10 de diciembre de 2006) fue un militar, académico y  político  chileno que encabezó el gobierno militar entre los años 1973 y 1990.
Asumió en 1973 el cargo de comandante en jefe del Ejército de Chile. El 11 de septiembre de ese año, dirigió un golpe de Estado que derrocó al gobierno de Salvador Allende. Desde ese momento, Pinochet asumió el gobierno del país, primero bajo el cargo de presidente de la Junta Militar de Gobierno (que ocupó hasta 1981), al que se sumó el título de jefe supremo de la Nación el 27 de junio de 1974, que le confería el poder ejecutivoEl 16 de diciembre del mismo año asumió el cargo de presidente de la República, que sería ratificado al promulgarse la Constitución de 1980. Su gobierno terminaría tras la derrota en el Plebiscito  de 1988 y su  reemplazo por don Patricio Aylwin en 1990. Pinochet se mantendría como comandante en jefe del Ejército hasta el 10 de marzo de 1998, y al día siguiente asumiría el cargo de senador vitalicio. Falleció en Santiago de Chile, 10 de diciembre de 2006)
Pinochet fue uno de bibliófilos mas importante del siglo XX en Chile, teniendo una de las biblioteca privada mas importante del país. Entre los 55 mil libros que Pinochet atesoró en forma compulsiva y adquirió a punta de regateos y con fondos fiscales y privados se encuentra parte de la biblioteca privada del ex presidente José Manuel Balmaceda, una carta original de Bernardo O’Higgins y una particular edición sobre prócer don Manuel Rodríguez con un timbre de la biblioteca del Instituto Nacional. El valor monetario y patrimonial de la biblioteca de Pinochet estaba valorada US$ 2.840.000 en año  2006. 
Tasación de biblioteca.
Estantes de la biblioteca.
Unos cinco peritos bibliográficos examinaron la biblioteca privada de Pinochet, encabezados por experta doña  Berta Inés Concha Henríquez y don Hernán Gonzalo Catalán Bertoni, que se encontraba en las residencias de Los Boldos en Santo Domingo, La Dehesa y El Melocotón, además de las Bibliotecas de la Academia de Guerra del Ejército y de la Escuela Militar, a las que el general Pinochet donó cuantiosas volúmenes poco antes de retirarse de la comandancia en Jefe del Ejercito.
Augusto Pinochet
De acuerdo con el resultado de ese informe pericial, el equipo de expertos bibliográficos trabajó 194 horas en terreno y otras 200 dedicadas a pesquisas e investigaciones tendientes a determinar el valor monetario y patrimonial de los volúmenes y su mobiliario. El estudio persiguió cuantificar los montos que el general invirtió en este rubro, a partir de dineros que en su gran mayoría se suponen provenientes de fondos de gastos reservados asignados a la Presidencia de la República, a la Casa Militar y a la comandancia en jefe del Ejército.
El despacho presidencial de Pinochet
El informe establece que los libros adquiridos por el general Pinochet son cerca de 55 mil volúmenes , cuyo valor global fue estimado en US$ 2.560.000. (2006) A este monto se suman los valores del mobiliario, encuadernación y transporte de publicaciones editadas en el extranjero, todo lo cual fue tasado en US$ 52.000, US$ 75.000 y US$ 153.000, respectivamente. El estudio trasciende las consideraciones económicas.
Tras dar cuenta de la existencia de piezas únicas, primeras ediciones, antigüedades y rarezas, algunas que ni siquiera se encuentran en la Biblioteca Nacional, el informe concluye que “las bibliotecas objeto del peritaje contienen obras y colecciones de altísimo valor patrimonial”.
Timbre de Pinochet
Libros valiosos.
Entre las muchas obras antiguas que atesoró don Augusto Pinochet, se cuenta una primera edición de la Histórica Relación del Reino de Chile, fechada en 1646; dos ejemplares de La Araucana que datan de 1733 y 1776, respectivamente; un Compendio de Geografía Natural y otro de Historia Civil, impresos en 1788 y 1795; un Ensayo Cronológico para La Historia General de La Florida, de 1722; una Relación del Último Viaje de Magallanes de la Fragata S.M. Santa María de la Cabeza, de 1788; y un libro de viajes a los mares del sur y a las costas de Chile y Perú, publicado en 1788 .
Además, el general compro  una parte de la biblioteca privada de José Manuel Balmaceda, incluida una edición a las honras fúnebres del ex Presidente chileno, en cuyo interior se encuentra una tarjeta de la viuda de éste; una carta original de Bernardo O’Higgins y una particular edición sobre Manuel Rodríguez que lleva el timbre de la biblioteca del Instituto Nacional.
En términos generales, es una biblioteca cara por los volúmenes, muebles y encuadernaciones. Cara por las piezas únicas, por sus colecciones relevantes y, en algunos casos, por su valor documental”, sostiene Berta Concha, editora y librera.
-Encontramos por ejemplo una biografía de Francisco Franco que Manuel Fraga Iribarne dedicó a Pinochet. También un ejemplar dedicado al mismo por Manuel Contreras. Esos elementos le dan un innegable valor agregado.
Despacho presidencial
¿Sabía el general qué tenía exactamente y cuál era su valor monetario y patrimonial?
 ¿Contaba con asesoría profesional?
¿Consultaba o leía con cierta regularidad las piezas más preciadas de su biblioteca?
El informe pericial no responde esas preguntas. Tampoco parecen saberlo con precisión los comerciantes de libros, colaboradores y familiares de Augusto Pinochet que prestaron testimonio para esta investigación.
Al menos en público no se caracterizaba por demostrar una gran cultura, todo lo contrario. El general proyectaba ser un hombre básico, de conceptos elementales, pero hay señalar que estudio en Academia de Guerra de Chile, donde egresó como Oficial especialista de Estado Mayor. Ademas fue profesor de esa institucion educación superior, debiendo tener una elevada preparación académica. Sus propios amigos y conocidos reconocen que era profundamente desconfiado, acostumbrado a compartimentar información y guardarse opiniones y sentimientos.
Una cosa es segura. El hombre que llegó a ser dueño de una de las colecciones bibliográficas más valiosas del país, con una inversión total que se calcula en 4 millones de dólares (si se le agrega el valor de la biblioteca napoleónica con sus bustos), tenía un aprecio particular por sus libros. Ese aprecio quedó de manifiesto la mañana del martes 17 de enero, a poco de iniciarse el primer peritaje en la casa de Los Boldos.
Ex libris

Compulsivo y tacaño.

Dos años y medio antes de ser objeto del primer peritaje bibliográfico, don Augusto Pinochet apareció sorpresivamente por una antigua galería comercial de calle San Diego, en el centro de Santiago. Sin previo aviso, acompañado de su escolta, llegó a visitar a su más fiel y entrañable librero.
En ese entonces Juan Saadé tenía tantos años como Pinochet, que iba para los 90, y aún estaba al frente de la librería de viejos que había fundado en 1941 con el nombre de La Oportunidad. Decía conocer a su cliente predilecto desde que éste era subteniente y solía comprarle libros de historia y geografía de Chile con cheques a plazo. Una vez que quedó instalado en el gobierno, el general de Ejército comenzó a pagar con cheques al día a nombre de la Presidencia de la República. La afición a los libros fue creciente y antecede a la toma del poder.
En su declaración jurada de bienes, realizada el 21 de septiembre de 1973, declaró poseer una biblioteca particular por un valor de 750 mil escudos, correspondientes a poco más de 6 millones de pesos de la actualidad (US$12.000). De esa época se conservan antiguos ejemplares que llevan el timbre del teniente o ayudante mayor Augusto Pinochet Ugarte. También esas primeras ediciones rústicas de Geopolítica (1968) y Campaña de Tarapacá (1972), dos libros de su autoría que tuvieron una cierta repercusión en el mundo militar.
Desde joven fue aficionado a los libros, en particular a los de historia, guerra y geografía. De eso no parece haber dudas. Pero lo que resulta irrebatible, porque las cifras son demoledoras, es que a contar del Golpe de Estado, su biblioteca personal experimentó un sorprendente y sostenido incremento, producto no sólo de regalos propios del cargo.
Luis Rivano es vecino de la librería de Juan Saadé y aún guarda cientos de fotocopias con portadas de libros usados que ofrecía con sostenida regularidad al general Pinochet. En su mayoría son textos de ciencias sociales, muchos de ellos de marxismo y política de las décadas de los ‘60 y ‘70, que se salvaron de la hoguera en los días posteriores al Golpe de Estado.
Cuando el general se interesaba por algún título, cosa bastante frecuente, marcaba con un visto bueno la fotocopia de la portada para que Rivano se lo hiciera llegar a través de algún oficial encargado especialmente del tema. De esta forma llegaron a sus manos títulos como Si Yo Fuera Presidente, de Tancredo Pinochet; El Movimiento contra la Tortura Sebastián Acevedo, de Hernán Vidal; El Gran Culpable, de José Suárez Núñez; El Guerrillero, de Chelén Rojas; Teoría Secreta de la Democracia Invisible, de José Rodríguez Elizondo; y El Mercurio y su Lucha contra el Marxismo, de René Silva Espejo.
El procedimiento fue el mismo con otros libreros de viejos de las Torres de Tajamar, en Providencia. Uno de ellos, que pide guardar reserva de su nombre, recuerda que el general era un comprador compulsivo y de gustos muy definidos. Pedía todo lo que hubiese de Napoleón Bonaparte. Absolutamente todo. Era su gran obsesión. Casi tanto como Ortega y Gasset.
También los libros de línea, como enciclopedias, diccionarios y atlas. Los libreros de las Torres de Tajamar sabían qué ofrecerle y esperar de él: aunque era un cliente leal, que compraba de manera sistemática, a veces desenfrenada si estaban de por medio sus preferidos, solía adjudicarse rebajas unilaterales.
Era ratón para pagar”, refrenda Octavio, hijo de Luis Rivano, que trabaja en Providencia y tuvo la osadía de devolver a La Moneda un cheque por $80.000 que el general había cancelado a cambio de un ejemplar de La Independencia de Chile, editado por Santos Tornero. “Yo sabía que el libro era bueno y que a él le servía, entonces por una cuestión de prestigio de librero insistí en que me pagara lo que valía”.
Al poco tiempo Octavio Rivano recibió un sobre con el mismo cheque por $80.000 y un adicional en dinero en efectivo. No se habló más del asunto.
Soldaditos de plomo.

La colección de Pinochet.

La última vez que Francisco Javier Cuadra se reunió con Pinochet fue hacia comienzos de 2006. Cuadra le contó que había conocido a la familia de Fernando Vega, un ex ministro de Fujimori que posee la colección más importante de textos antiguos sobre Chile. Pinochet le contó que hace no mucho había muerto Juan Saadé, su librero de toda la vida, y le pidió que le recomendara el suyo. Cuadra y Pinochet, a decir del primero, hablaban este tipo de cosas, incluso cuando ambos ocupaban oficinas en La Moneda y las urgencias eran otras.
El ex vocero de gobierno sostiene que en esa época, mediados de los ‘80, el general permanecía atento al proceso político soviético por medio de libros de actualidad sobre el tema que leía en francés. “Estaba al tanto de las últimas publicaciones sobre marxismo, si salía un libro nuevo, él tenía que tenerlo”. Dice Cuadra que para estas y otras materias modernas, se abastecía a través de editoriales y librerías que solían enviarle catálogos con novedades. Dice también que compraba bastante en librerías especializadas del extranjero.
A este respecto, la investigación judicial por las cuentas del Riggs ha indagado en las compras de libros y otros objetos de uso personal que llevaron a cabo los agregados militares por encargo de Pinochet y a costa de los fondos públicos. En la resolución que el juez Cerda dictó en octubre último, se lee: “Algunos de los pedidos eran ejecutados por los oficiales del Ejército de Chile que oficiaban como agregados en las misiones de Washington y Madrid o en las diversas agregadurías”.
Como se va viendo, las fuentes de abastecimientos fueron múltiples.
Hubo muchos regalos, por cierto. Algunos de importancia patrimonial, como el Compendio de Historia Civil del Abate Molina que el almirante Merino compró a Luis Rivano con motivo de un cumpleaños del general. Ese ejemplar de 1795 permanece en la casa de La Dehesa, sujeto a embargo judicial, y fue tasado en US$ 1.500. En una categoría similar está el Epistolario de Diego Portales obsequiado por Cuadra.
Hubo ese tipo de gestos y también compras directas y de montos considerables que el general realizó a costa de dineros públicos.
Un gerente editorial de la época, que aún sigue ligado al negocio y pide reserva de su nombre, fue citado hasta los mismos salones de La Moneda para que expusiera colecciones y textos de línea, en especial sobre historia. Como era un proveedor nuevo, hubo que dejarle en claro que al general no le interesaba en lo más mínimo la ficción. Para qué decir la poesía. El único texto propiamente literario que conservó en la biblioteca de Los Boldos se titula El Rigor de la Corneta y es un clásico de la literatura militar chilena.
busto de napoleón
Cuando el librero llegó a la casa de gobierno, fue instruido para que dispusiera los textos en una sala contigua al despacho presidencial y se mantuviera en silencio en una esquina, dispuesto a responder las preguntas que pudiera formularle el general. Así lo hizo, pero cuando éste apareció, acompañado de un pequeño séquito, no le dirigió la palabra, siquiera una mirada. Revisó los textos -entre los que se contaban un libro de música con tapa de madera, varias enciclopedias y una historia taurina y otra de castillos españoles- y se limitó a hojearlos y a dictarle a un asistente sus preferencias.
La ceremonia no duró más que unos pocos minutos. El librero se retiró en silencio con sus cosas y al día siguiente, siguiendo instrucciones, regresó a La Moneda para dejar la factura y cobrar un cheque girado a nombre de la Presidencia de la República.
Mediante este conjunto de prácticas, Pinochet llegó a acumular una cantidad impresionante de libros de todo tipo. Incluido el manuscrito original del Diario Militar de José Miguel Carrera que hace un par de años fue devuelto al Museo Militar. Pero todo eso, a entender de la perito Berta Concha, no hace necesariamente una buena biblioteca.
Aunque tiene muy buenas cosas, y se nota que tuvo una asesoría detrás, es una biblioteca muy poco organizada, sin un gran orden, con un afán por atesorar por atesorar. Hay una cantidad de obras de referencia, enciclopedias casi escolares, que develan un escaso conocimiento y una escenografía del poder. Después de leer al personaje a través de su biblioteca, mi conclusión es que este señor miraba con mucha fascinación, temor y avidez el conocimiento ajeno a través de los libros. Quien mandó a quemar libros forma la biblioteca más completa del país. Eso es interesante. De alguna forma conoce la dinámica y el poder de los libros”.
De cualquier modo, el de Pinochet fue un proyecto en grande, megalómano, al borde del delirio, que no se fijó límites en gastos y procedimientos.
De acuerdo con el informe pericial, “no menos de un 5 por ciento (2.750 ejemplares) han sido especialmente encuadernados en piel”, lo que supone una inversión de $ 41.250.000 pesos. Lo que no precisa ese informe es que el trabajo realizado a piezas de todo tipo, desde valiosas colecciones completas de Benjamín Vicuña Mackenna a vulgares ediciones rústicas o simples revistas, fueron realizadas por Abraham Contreras, el más prestigioso encuadernador que ha tenido el país.
Como los grandes coleccionistas, el capitán general también tuvo la ocurrencia de marcar varios de sus ejemplares con un ex libris o sello de propiedad que mandó a fabricar a la Casa de Moneda de Chile. El sello tiene el diseño de una mujer alada que levanta una llama de la libertad al tiempo que sostiene un escudo con las iniciales de Augusto Pinochet Ugarte. La idea surgió casi a la par con el proyecto de ampliación de la biblioteca de El Melocotón, en el Cajón del Maipo, que en los ‘80 movilizó recursos y personal de CEMA Chile. La modesta casa de piedra, que originalmente estaba destinada a los escoltas, quedó convertida en un lujoso espacio de 80 metros cuadrados al que muy pocos tuvieron acceso. Rodrigo García Pinochet fue uno de ellos.
El nieto del general recuerda que la biblioteca de El Melocotón era “como un lugar sagrado, un verdadero santo santorum” al que se introducía un poco a escondidas de su abuelo cuando lo acompañaba los fines de semana. “Era muy receloso de sus libros, siempre los ordenaba personalmente y llevaba una férrea contabilidad de los mismos”.
Tan cómodo y a sus anchas se sentía el general en El Melocotón, que según su nieto, pensaba pasar ahí sus últimos días.
Todo cambió a partir de esa tarde de domingo 7 de septiembre de 1986, cuando regresaba a Santiago en compañía de su nieto. Tras salvar milagrosamente de una emboscada de aniquilamiento, en un hecho que dejó cinco escoltas muertos, nueve heridos y un libro llamado Operación Siglo XX (de Patricia Verdugo) que llegó a la biblioteca del general, la casa de El Melocotón comenzó a ser objeto de un progresivo abandono.
busto de napoleon


La dispersión de Biblioteca.

En septiembre de 1989, ya resignado a dejar el gobierno y atrincherarse en la comandancia en jefe del Ejercito, Augusto Pinochet Ugarte inauguró la biblioteca de la Academia de Guerra del Ejército que lleva su nombre y reúne cerca de 60 mil títulos, la mitad de los cuales fueron donados por él.
biblioteca
Ahí están varios de los textos de ciencias sociales que durante años le vendieron libreros Juan Saadé y Luis Rivano. También varias de las enciclopedias y libros de línea y divulgación que el general adquirió de manera frenética. 
napoleón a caballo
Hay piezas valiosísimas en términos patrimoniales, algunas como el Ensayo Cronológico para la Historia General de La Florida (1722), de Gabriel Cárdenas, tasado en más de tres mil dólares y que ni siquiera se encuentra en la Biblioteca Nacional. 
conflicto después victoria
Hay cosas extrañas, como una horripilante versión de Martín Fierro forrada en cuero de vaca y dedicada por Raúl Matas hijo al “estimado Presidente”. 
Entandes de biblioteca.
Hay cosas dignas de atención, como una reproducción del despacho que el general ocupó en La Moneda. Cosas históricas como una firma de Manuel Contreras en el libro de visitas ilustres. Y también una de las más completas colecciones de libros que analizan el régimen militar.
Manuscrito de O hggins
El fondo bibliográfico aportado por Pinochet a la mayor biblioteca del Ejército se calcula en cerca de 29.729 títulos, poco más de la mitad de lo que aún se mantiene en poder de la familia entre las residencias de Los Boldos y Los Flamencos. En El Melocotón no quedan más que 200 libros sin mayor valor.
libro
Una importante colección relativa a Napoleon Bonaparte, , además de once esculturas en miniatura del mismo personaje, permanecen en la bóveda del museo de la Escuela Militar, a la espera de que el juez Cerda levante su embargo o determine otra cosa. Suman 887 volúmenes y fueron donados en septiembre de 1992 por su entonces comandante en jefe. Hay además, 633 títulos de diferentes temáticas que fueron a parar a la Fundación Pinochet y 37 que se encuentran en la biblioteca central de la Universidad Bernardo O”Higgins.
En el penúltimo caso, que no ha sido objeto de la investigación del juez Cerda, varios de los libros recibidos son relativamente recientes, en apariencia sencillos, sin mayor valor agregado. No hay grandes colecciones, rarezas ni antigüedades. Sin embargo, por razones diversas, tuvieron una significación especial para el hombre que los donó pensando en “la juventud chilena”, a poco de su retorno de Londres.
libro
Entre esos 633 libros, hay una autobiografía de Erich Bauer, almirante de la marina del Tercer Reich, que aparece subrayada en la definición que entrega el autor sobre el vicealmirante Von Ingenohl: “Resultaba difícil adivinar su pensamiento íntimo, pues no descubría jamás sus planes a los ojos de los demás de manera abierta”.
Libro del siglo XVIII
Hay también marcas del lector en El Libro Negro del Comunismo. Crímenes, Terror y Represión, donde se subraya que las víctimas de los regímenes de la órbita soviética “ya se acercan a la cifra de cien millones de muertos”, y una dedicatoria que el autor de Estrategia y Poder Militar, Fernando Milia, capitán de la marina argentina, escribe en noviembre de 1976 “al señor general Augusto Pinochet, reconocido geopolítico ayer y pilar antimarxista hoy, con todo mi respeto intelectual”.
busto de napoleón
Análisis de biblioteca de Pinochet.

La biblioteca privada de Pinochet, tiene la mejor colección de marxismo en república de Chile, con una gran colección de libros sobre el tema.
Su libro preferido  era "El arte de la guerra" de Sun Tzu", un texto sobre estrategia, Pinochet siguió al pie de la letra los consejos del estratega y filósofo de los Reinos Combatientes en China.
Entre el año 1979 y el 1981, comienza ya a comprar una cantidad enorme de libros, de manera sistemática, compulsiva, tanto a nivel de distribuidores extranjeros, agregados culturales y los libreros chilenos más insospechados: los libreros de San Diego, los libreros de las Torres de Tajamar, los libreros que no tienen librería, le vendieron libros a Pinochet, directa, o indirectamente.
Incluso libreros de izquierda, que no son pocos, le vendieron libros a Pinochet, como Ricardo Bravo, que estuvo con pinochet en su oficina vendiéndole y hablando de libros.

Biblioteca personal.

Tengo el libro sobre la biblioteca de Pinochet, en mi colección.

viernes, 27 de enero de 2012

La biblioteca privada de don Pablo Neruda.

Pablo Neruda
Bibliográfica.


Pablo Neruda, de nacimiento Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto (Parral, 12 de julio de 1904 – Santiago, 23 de septiembre de 1973), fue un poeta chileno, considerado entre los mejores y más influyentes artistas de su siglo; «el más grande poeta del siglo XX en cualquier idioma», según Gabriel García Márquez.  También fue un destacado activista político, senador, miembro del Comité Central del Partido Comunista, precandidato a la presidencia de su país y embajador en Francia.
 Entre sus múltiples reconocimientos destacan el Premio Nobel de Literatura en 1971 y un Doctorado Honoris Causa por la Universidad de Oxford. «Ningún poeta del hemisferio occidental de nuestro siglo admite comparación con él», ha escrito el crítico literario Harold Bloom, quien lo considera uno de los veintiséis autores centrales del canon de la literatura occidental de todos los tiempos.

Biblioteca.


biblioteca que Neruda donó a la Universidad de Chile, cuenta con libros raros, tal vez únicos, con ediciones autógrafas y manuscritos que pertenecen al patrimonio de la cultura universal. Pero además estas piezas tienen el valor inapreciable de haber formado la biblioteca privada de uno de los más grandes poetas de la lengua castellana. Sus libros hablan de la cultura, de los gustos literarios, las aficiones, intereses y hasta de las pasiones de bibliófilo de Neruda.

El 20 de junio de 1954, la Universidad de Chile recibía la biblioteca y las caracolas que el poeta Pablo Neruda reunió en sus peregrinaciones por el mundo.
En enero de ese mismo año, el rector Juan Gómez Millas comunicaba a Pablo Neruda que el Consejo Universitario, en sesión del 30 de diciembre de 1953, había tomado conocimiento de la donación.
"El Consejo -agregaba el Rector- prestó toda su aprobación a estas iniciativas y me confió el honroso encargo de expresar a usted su más vivo reconocimiento por lo que calificó como un aporte de excepcional calidad e importancia para los estudios literarios que se hacen en la Universidad de Chile, y que sólo la cultura de usted y su amor por ella pudo dar tan acabada forma".
Asimismo, el Consejo autorizó al Rector para invertir las sumas que se necesitaren para la mantención y cuidado de la biblioteca, y para instalarla dignamente.
El día 20 de junio, ya señalado, en la casa del poeta, ubicada en Avenida Lynch 164, Los Guindos, se hizo entrega material de la donación en un hermoso acto académico.
Inicialmente libros y caracolas permanecieron en aquella casa, ya que la intención era constituir allí un centro para el estudio de la poesía, dirigido por el mismo Neruda. Posteriormente, en marzo de 1955 y con el acuerdo del poeta, la donación pasó a incorporarse a la Biblioteca Central, como una colección especial. Allí se habilitó un piso entero del torreón suroriente de la casa central de la Universidad para la instalación definitiva de la donación. El local fue alhajado por el arquitecto Fernando de la Cruz y se abrió a los usuarios en abril de 1956.

Descripción de la biblioteca y sus anexos.



La biblioteca comprende cerca de 3.500 obras. La Universidad contrató, como conservador de la colección, a un representante de Neruda, el erudito Jorge Sanhueza, quien junto al personal de la Biblioteca procedió a la clasificación y catalogación de los libros con técnica bibliotecaria.
La colección está organizada en dos secciones fundamentales: los libros que pertenecieron al poeta y la "Serie Nerudiana", compuesta por las ediciones de sus obras en distintos idiomas, y por estudios acerca de la misma. Como había poco material en esta última sección, la Universidad fue adquiriendo estas ediciones, con la ayuda y consejos del poeta.
Mucho más tarde, en el año 1991, el Banco del Estado de Chile adquirió una valiosa biblioteca nerudiana, reunida por un coleccionista particular, para depositarla en la Universidad de Chile, en una sala anexa a la que ocupa la biblioteca del poeta. Esta colección, que recibió el nombre de Banco del Estado. Comprende obras originales y primeras ediciones de Neruda; otras ediciones del poeta; obras completas y antologías; traducciones; obras dispersas y ediciones musicales; revistas con crónicas acerca de Neruda y su obra, y publicaciones hechas en su honor; obras de bibliografía nerudiana; libros sobre Neruda y su obra, y manuscritos y documentos.

Secciones de la Biblioteca de Neruda.



Por otra parte, el bibliófilo José Zamudio propuso una clasificación, diseñada especialmente para la biblioteca del poeta.
Siendo Neruda ante todo un escritor - anotaba Zamudio - el material literario es, indudablemente el principal, no sólo por la cantidad sino también por el valor de las obras mismas.
En segundo lugar -proseguía- está la sección de obras sobre ciencias naturales y, dentro de éstas, las que representan las aficiones coleccionistas de Neruda, que fueron los libros sobre los pájaros, peces, conchas y plantas.
Seguían otros temas como la geografía, libros de viaje, de historia y artes entre los cuales también se encuentra material valioso.
Como lo señala Zamudio, la sección literaria es la más extensa, especialmente por el material relacionado con las letras de España, Hispanoamérica, Francia, Inglaterra y los Estados Unidos.

Algunos libros de especial valor.



Se encuentran, en esta biblioteca, por ejemplo, los Triunfos y Canciones de Petrarca, incunable impreso en Italia en 1484, es decir 8 años antes del descubrimiento de América.
Hay también ediciones príncipe de Quevedo, Góngora, Calderón, Lope, Cervantes, San Juan de la Cruz, el Conde de Villamediana, Santa Teresa de Jesús, Garcilaso, Boscán, y muchos otros clásicos. También hay libros autografiados, con dedicatorias a Neruda de otros grandes poetas que fueron sus amigos: García Lorca, Miguel Hernández, Rafael Alberti, pertenecientes a la fecunda corriente literaria que florece durante la República Española.
Rica también es la serie de literatura hispanoamericana, especialmente en lírica. Se encuentran, por ejemplo, varias ediciones antiguas de La Araucana y otras obras de nuestros escritores coloniales: Alonso Ovalle, Lacunza, Molina, el Inca Garcilaso de la Vega, Rosales y Olivares. También están los trabajos literarios que abrieron el camino de la Independencia.
En materia de poesía americana, la colección de Neruda cuenta con primeras ediciones del célebre Azul, de Rubén Darío, publicado en Valparaíso, en 1888. Se conservan además, interesantes ediciones de nuestros poetas, Guillermo Matta, Guillermo Blest Gana y Vicente Huidobro, entre otros, y los borradores de los Sonetos de la Muerte, de Gabriela Mistral.
En la serie Nerudiana se encuentra uno de los pocos ejemplares que lograron salvarse de la primera edición de "España en el Corazón". El mismo poeta cuenta en "Confieso que he vivido" que su colega Manuel Altolaguirre instaló una improvisada imprenta en pleno frente de Este, en un viejo monasterio cerca de Gerona. Allí se imprimió este libro. - "Los soldados del frente aprendieron a parar los tipos de imprenta - recuerda Neruda. - Pero entonces faltó el papel. Encontraron un viejo molino y allí decidieron fabricarlo. Extraña mezcla la que se elaboró, entre las bombas que caían en medio de la batalla. De todo le echaban al molino, desde una bandera del enemigo hasta la túnica ensangrentada de un soldado moro. A pesar de los insólitos materiales y de la total inexperiencia de los fabricantes, el papel quedó muy hermoso".
La derrota militar de las fuerzas republicanas sobrevino poco despues que el libro terminó de ser impreso y encuadernado. Los sobrevivientes del ejército del este, entre ello Altolaguirre marcharon a exiliarse en Francia. En este viaje las columnas fueron bombardeadas varias veces y con ella los libros que viajaban en las mochilas y los sacos de los soldados. - "Más allá de la frontera trataron brutalmente a los españoles que llegaban al exilio - anota Neruda. - En una hoguera fueron inmolados los últimos ejemplares de aquel libro ardiente que nació y murió en plena batalla".

Procedencia de los libros.



En su discurso del día de la donación, Neruda contaba: "Recogí estos libros en todas partes. Han viajado tanto como yo pero muchos tienen cuatro o cinco siglos más que mis actuales cincuenta años. Algunos me los regalaron en China otros los compré en México. En París encontré centenares. De la Unión Soviética traigo algunos de los más valiosos. Todos ellos forman parte de mi vida, de mi geografía personal".
En efecto, de China trajo obras de varios autores importantes, algunas en su alfabeto original y otras transliteradas. Entre estas últimas están las del gran poeta Chu-Yuan, y las de Li-Siao y Han Yu, además de hermosos álbumes de pintura.
De su estada en México, entre 1940 y 1943, en que ejerció como cónsul general de Chile y participó activamente en la vida intelectual de aquel país, Neruda trajo también libros valiosos, como las Lusiadas, de Camoens, impreso en Madrid en 1639, y que recibió en obsequio del poeta José Vasconcelos, y el Atlas Histórique, de M.C. y M. Gueudeville, editado en Amsterdam en 1713, en 7 tomos de gran formato.
En el discurso ya referido, Neruda relata: "Una noche en París me festejaban mis amigos. Llegó el gran poeta de Francia, Paul Eluard, al festejo trayendo un puñado de tesoros. Era una edición clandestina de Víctor Hugo, perseguido en su tiempo por un pequeño tirano. Me trajo otras cosas, tal vez lo más preciado de todo lo que tengo". Se refería Neruda a las dos cartas en que Isabelle Rimbaud, desde el Hospital de Marsella, cuenta a su madre la agonía de su hermano Arthur. Esas dos cartas originales, fueron publicadas, con algunas variantes por Isabelle, en su libro Réliques y reproducidas con errores en el Apéndice, apartado IV, de las obras completas de Rimbaud publicadas por la Bibliotheque de la Pleiade.
También trajo de Francia un ejemplar de Une saison en enfer, de Rimbaud, en la edición de 1873, hecha por la Alliance Typographique, de Bruselas, por orden del mismo autor quien nunca pagó el costo de la impresión. Esta tirada se había dado por perdida hasta que en 1914 un abogado y bibliófilo belga, localizó unos pocos volúmenes. El que se conserva en la Biblioteca Central debe ser el único que existe en América.
Hay otras valiosas piezas de literatura francesa en la biblioteca de Neruda, como las pruebas de imprenta de la primera edición de Los trabajadores del mar, de Víctor Hugo, corregidas a mano por el autor, y libros y manuscritos de Lautremont, Verlaine, Petrus Borel, Leconte de L'isle, Marcel Proust y Gustavo Flaubert.
Por último, de la Unión Soviética trajo Neruda algunos libros únicos tal vez en América, como las magníficas ediciones procedentes de todo el mundo, de libros de historia natural.
Neruda fue un apasionado bibliófilo. "Me interné -recordaba en sus Reflexiones desde la Isla Negra- en la selva de las librerías, por los vericuetos suburbiales de las de segunda mano o por las naves catedralicias de las grandiosas librerías de Francia e Inglaterra. Las manos me salían polvorientas, pero de cuando en cuando obtuve algún tesoro o, por lo menos, la alegría de presumirlo".
"Mi biblioteca -apunta el poeta- pasó a ser considerable. Los antiguos libros de poesía relampagueaban en ella y mi inclinación a la historia natural la llenaron de grandiosos libros de botánica, iluminados a todo color, de pájaros, de insectos, de peces. Encontré por el mundo milagrosos libros de viaje, Quijotes increíbles, impresos por Ibarra, infolios de Dante con la maravillosa tipografía bodoniana".

jueves, 26 de enero de 2012

La bibliofilia

Un ratón de biblioteca
Introducción. 



bibliofilia

De biblio- y -filia.
1. f. Afición a coleccionar libros, y especialmente los raros y curiosos.

libros
La bibliofilia es el amor por los libros; un bibliófilo es un amante o aficionado a las ediciones originales y más correctas de los libros. La bibliofilia, en el sentido específico que hoy se atribuye a la palabra, de amor al libro como objeto de colección, surge propiamente con el Renacimiento, en los siglos XIV y XV, época en que los humanistas, reyes, príncipes y grandes señores se dedicaron directamente o por medio de agentes especiales, a recorrer países de Europa en busca de manuscritos, cartas, autógrafos, incunables, y otros tipos de libros raros.
El bibliófilo clásico, ejemplificado por Samuel Pepys, es un individuo que ama la lectura, así como el admirar y coleccionar libros, que frecuentemente crea una gran y especializada colección. Sabe, además, distinguirlas e identificarlas ya sea por la pureza de su texto, su tipografía, la calidad del papel y la encuadernación. 
Los bibliófilos no necesariamente buscan el poseer el libro que aman; como alternativa tienen el admirarlos en antiguas bibliotecas.
Sin embargo el bibliófilo es frecuentemente un ávido coleccionista de libros, algunas veces buscando erudición académica sobre la colección, y otras veces poniendo la forma por sobre el contenido con un énfasis en libros caros, antiguos o raros, primeras ediciones, libros con encuadernación inusual o especial, ilustres procedencias y copias autografíadas.
Los bibliófilos se agrupan con frecuencia en Sociedades como la prestigiosa "Association Internationale de Bibliophilie", auténtica Academia Internacional en la que anualmente se reúnen los más sabios investigadores y los más acaudalados coleccionistas, y otras de carácter más local como la Sociedad de Bibliófilos Chilenos fundada en 1945. 
Existen bibliófilos que han tenido un papel relevante en la cultura de sus países como Antonio Cánovas del Castillo, político e historiador español de la segunda mitad del siglo XIX o José Toribio Medina y Barros Arana que amaron y coleccionaron  grandes  cantidades de  libros valiosos y fueron muy importante en la cultura Chilena. Estas colecciones son base historia de Chile.
Por otra parte, en nuestros días el coleccionismo de libros antiguos, como en el caso del arte y de otras antigüedades, es un instrumento alternativo de inversión con un mercado internacional que, a pesar de su discreción, ocupa el tercer puesto en la cifra de negocio de las grandes casas de subastas internacionales tras la pintura y la escultura.

El instinto de posesión de libros.

-Enfrentarse a querer escribir sobre las bibliotecas privadas es tener que enfrentarse a un brutal instinto de posesión ó dominio que abarca todos los ámbitos: desde un territorio personal para uso y disfrute, a una hacienda de pertenencias intocables por terceros. En todos ellos es donde campa a su aire el amante de los libros, él cual es capaz de todo por éstos.
-Se dice que cada biblioteca privada es la autobiografía de su dueño. Enfrentarse a querer escribir sobre las bibliotecas privadas es tener que enfrentarse a un brutal instinto de posesión ó dominio que tiene los dueños de estas bibliotecas, que abarca todos los ámbitos personales: desde un territorio personal para uso y disfrute, a una hacienda de pertenencias intocables por terceros. En todos ellos es donde campa a su aire el amante de los libros, él cual es capaz de todo por éstos. Se dice que cada biblioteca privada es la autobiografía de su dueño. 
-Nuestra biblioteca privada se convierte en un espacio que es capaz de contar toda nuestra vida. Nuestra vivencia personal  está encerrado en cada uno de los libros que hemos leído y que no, guardados en los estantes de nuestra biblioteca particular. Sabe el amante de los libros que cuando uno se acerca a la biblioteca y coge al azar un libro, rápidamente, visualiza el momento en que lo leyó, hasta incluso recupera las sensaciones y el estado de ánimo que tuvo entonces, en aquella época.     
-Alguien al observar la biblioteca de otro se puede hacer a la idea de qué tipo de persona es, con la que está tratando. Quién; amante de los libros, al entrar en una vivienda no ha buscado libros por algún lugar y al no encontrarlos ha sentido lástima por su dueño. Y quién, amante de los libros, no le ha ocurrido que al entrar en una casa y encontrarse con una gran biblioteca le ha despertado ese instinto tan bajo que es la envidia.      
 -Uno crea su propia biblioteca en edad temprana cuando comprende que quiere poseer las lecturas, que necesita estar cerca de sus libros, lo cual le da una tranquilidad enorme. Es en ese instante cuando nace el instinto de posesión extremo y ansioso en que se convierte fundar e ir ampliando una biblioteca propia. Al final uno es lo que lee.     
-Leer un libro es establecer una relación con él, tal vez por eso, sea tan difícil cortar la relación, romper el vínculo y no verlo más. Es más sereno saber que lo tenemos al lado y a mano. Para entablar de nuevo y cuando uno quiera una conversación muda con él, en la que intervienen todos los sentidos.     
-No hay ninguna felicidad mayor para los amantes de los libros que abrir una caja llena de ellos (“…su cara refleja la misma ilusión de cuando está a punto de abrir una caja de libros que todavía no ha acariciado. La misma ilusión, el mismo entusiasmo, la misma felicidad…”), acariciarlos, recorrerlos con la vista, observar la ilustración de la portada, contemplar el tipo de letra, leer las primeras líneas de la primera página y colocarlos en la balda adecuada de nuestra biblioteca privada.
 Se sabe de siempre, es conocido por todos los amantes de los libros, que cuando se presta un libro nunca lo volvemos a ver. Nunca nos es devuelto. Y lo que es peor, es que el título y el color de libro toda la vida lo recordamos con claridad, no desaparece de la mente, así como recordamos a quién lo prestamos, cuándo fue la última vez que estuvo en nuestras manos y cuándo lo leímos. Por ello todos los amantes de los libros son reacios al préstamo.       
-Además nuestros libros tienen huellas que no son otras que las que nosotros dejamos: una frase subrayada, una anotación en el margen, una mancha de carmín, una página con la punta doblada…, también somos capaces de añadirles una huella más. Una de notable e intemporal: un ex libris. Con nuestros apellidos, por ejemplo, para que en el año 2.365 todos sepan que una vez nos perteneció. 
-Otro capricho del amante de libros es querer adquirir todos los formatos en que aparece un título: en cartoné, en rústica, en ilustraciones, de bolsillo…, o querer tener un ejemplar firmado, o una edición príncipe. Nuestro tesoro es nuestra biblioteca y dormimos tranquilos si sabemos que cada libro está en su sitio, en su lugar, en su anaquel. Poseer libros es como poseer infinidad de mundos, infinidad de historias, infinidad de vidas que se volvieron reales en el momento en que fueron leídas por nosotros y forman parte de la nuestra persona.      
-Sin duda es éste, el único motivo, por el cual atesoramos libros para que no nos sea robada parte de nuestra vida, para que si olvidamos, ellos estén para recordarnos olores, emociones… ¿Quién es capaz conscientemente de desprenderse de parte de su vida? La vida tiene que ser arrebatada en un sólo momento por otro que no sea uno mismo. Nosotros no podemos desprendernos de nuestros libros que son órganos vitales y adicionales a los de nuestro cuerpo.      
-Ser amante de los libros aboca a tener una biblioteca privada por la que uno vive, siente, padece y es capaz de realizar extrañas cosas, cómo de reconocernos en este mismo texto. Quien se considere amante de los libros y esté libre de culpa que tire la primera piedra.
-Ser amante de los libros aboca a tener una biblioteca privada por la que uno vive, siente, padece y es capaz de realizar extrañas cosas, cómo de reconocernos en este mismo texto.Quien se considere amante de los libros y esté libre de culpa que tire la primera piedra. 
Bibliotecas en Chile.

-A lo largo de los siglos la creación de bibliotecas ha sido, muchas veces, obra de personajes ilustres. Ese hecho lo recogió ya en el siglo XVIII la Real Academia Española en su admirable Diccionario de  Autoridades, joya de la lengua castellana, al observar en la voz biblioteca que “más comúnmente se toma por la Librería que junta algún hombre grande y erudito”
Pero el hombre ilustre que “junta” libros puede hacerlo desde su cargo, como lo han hecho monarcas y estadistas creadores de bibliotecas públicas (o profesores o eruditos forjadores de bibliotecas universitarias o eclesiásticas), o desde la vida privada, reuniendo a su costa libros en una biblioteca privada.
El fraile español Diego de Arce, en su viejo y curioso tratado De las librerías, hoy conocido gracias a su bello facsímil de Marcial Pons, se explayaba en la distinción entre bibliotecas públicas y privadas, y decía, resumiendo, que “o son comunes las librerías, obra pía de Príncipes, ò particulares para el provecho particular de el que las junta” .
Bibliotecas privadas considerables las hubo ya en la Antigüedad clásica. En Atenas, como observa Svend Dahl, se menciona ya el comercio de libros desde el siglo V a. de C. y, aunque se sepa poco de las bibliotecas particulares griegas, parece fuera de duda que Aristóteles tuvo una notable. En Roma, según el mismo autor, paulatinamente se fue también estableciendo un “comercio de libros”, modesto todavía durante la República y muy desarrollado ya en el Imperio, época en la que las librerías se encontraban en las vías de mayor tráfico y eran con frecuencia punto de reunión de poetas y sabios; así, “el número de los coleccionistas privados romanos fue progresivamente en aumento durante los últimos años de la República y en los del Imperio, y poco a poco se extendió la boga de la bibliofilia; de modo que era de rigor que la casa de un romano distinguido poseyese una importante biblioteca, preferentemente en una magnífica instalación, para aumentar el prestigio del propietario"
De la España medieval nos quedan testimonios de bibliotecas particulares, aparte de las formadas por reyes bibliófilos u obispos eruditos. Con referencia concretamente a Asturias, el bibliógrafo Ramón Rodríguez Álvarez recoge la noticia de la existencia de dos bibliotecas particulares en el siglo XVIII: la del arcediano Iohan y la del obispo Miguel; ambas, por cierto, contenían obras de Derecho civil junto a volúmenes litúrgicos y de Derecho canónico.
En la Baja Edad Media asturiana, los únicos poseedores de bibliotecas en la práctica fueron clérigos y juristas, mientras que ya en el Renacimiento fueron los abogados quienes en el Principado de Asturias dispusieron de las bibliotecas más nutridas.
En la Europa renacentista se multiplicarían las bibliotecas particulares al impulso de la preocupación, que se ha calificado de casi fanática, por coleccionar las obras de los autores clásicos: Petrarca, que ha sido llamado “el padre de la bibliofilia moderna”, compraba cuantos manuscritos encontraba en el curso de sus viajes y recibió otros muchos de sus amigos; también los cardenales romanos tuvieron fama de bibliófilos. 
Famosa fue también la biblioteca de Fernando Colón. Un rudo golpe a las bibliotecas privadas asestaría más tarde en Francia la Revolución, que en 1789 confiscó las bibliotecas de iglesias y monasterios, y en 1792 las de los emigrados
Ya en el siglo XIX, las bibliotecas particulares fueron numerosas e iban alcanzando cifras cada vez más altas de volúmenes, aunque en general inferiores a las del siglo XX.
Por lo que a la América española se refiere, parece que escasearon las bibliotecas privadas grandes. El historiador argentino José Torre Revello observa que fueron muy pocas las que existieron, fuera de los conventos y centros universitarios, a lo que contribuía la legislación restrictiva sobre el traslado de libros a las Indias, si bien eran no pocos los que, incluso prohibidos, llegaban a los puertos americanos y se vendían en Buenos Aires y otras ciudades del continente. por ejemplo en el territorio del Río de la Plata en particular, durante la época española, no faltaron bibliotecas particulares: la del Dr. Maziel, por ejemplo, alcanzó más de un millar de volúmenes, cifra considerable para su tiempo; la del Dr. Francisco Pombo de Otero, abogado ante la Real Audiencia de la Plata, contenía -según el inventario de 1803, exhumado por el profesor Levaggi- 433 volúmenes, en su mayoría de carácter jurídico.
Obispo Alday y Aspée 


Durante el período colonial había en Chile numerosas bibliotecas particulares, tanto en los colegios y conventos como en casas de vecinos amantes de las letras, clericos o letrados. A fines del siglo XVIII contaban con bibliotecas privadas: Vicente de la Cruz y Bahamonde; abogado Manuel de Salas Corbalán ( Santiago19 de junio de 1754 -  28 de noviembre de 1841 ; abogado Juan Egaña Risco (Lima31 de octubre de1769 - Santiago20 de abril de 1836)  ; abogado José Teodoro Sánchez (¿-1812) ;José Antonio de Rojas (Santiago de Chile1732 -Valparaíso1816), criollo y patriota chileno. ; la del obispo de Santiago, don Santiago Manuel de Alday y Aspée (Concepción,14 de enero de 1712 – † Santiago19 de febrero de 1789), heredada de su tío abuelo Francisco Ruiz de Berecedo que contaba de 2058 libros,que se conserva en el Museo del Carmen de Maipú; y la de rector de universidad de San Felipe, don  José Valeriano de Ahumada y Ramírez de Carvajal, de 1419 volúmenes.


escudo de armas
Esas bibliotecas contaban con volúmenes valiosos, obras de los mejores autores, antiguos y modernos.

Siglo XIX

 Durante el primer siglo de la república fueron celebre la Biblioteca privada del bibliófilo, investigador, coleccionista e impresor don  José  Toribio Medina, quien la lego en testamento a la  Biblioteca Nacional de Chile, el gobierno como reconocimiento, la coloco en una sala especial del edificio central que hoy se denomina en su honor Biblioteca Americana José Toribio Medina. 
La Biblioteca Americana fue donada en el año 1925, reúne una valiosa y abundante documentación inédita que el bibliófilo e investigador recopiló en sus largas estancias en los archivos y bibliotecas de muchos países de América y Europa. Entre las materias que concentró sus principales esfuerzos se encuentran: fuentes referidas a la imprenta; al Tribunal del Santo Oficio; viajes de descubrimiento; expediciones de conquista; historiografía colonial americana, historia literaria y cartografía, entre muchas otras. Por esto, la colección de la Biblioteca Americana, resulta ser un material de consulta indispensable para cualquier estudioso o persona interesada en el período colonial americano.
Con aproximadamente 32.000 títulos, y reúne una gran cantidad de impresos coloniales americanos -en particular relativos a Perú y México-, así como las obras más importantes relativas a América editadas a partir del siglo XVI.
Entre ellas destacan antiguas ediciones de los primeros cronistas de América y Chile tales como Bartolomé de las Casas, Cieza de León, Bernal Díaz del Castillo, Antonio de Herrera y Tordesillas,José de Acosta, Alonso de Ercilla, Alonso de Ovalle e Ignacio Molina y de navegantes o viajeros como Francis Drake, La Pérouse, Louis Antoine de Bouganville, Alexander von Humboldt, y Robert Fitz-Roy, las que contienen una deslumbrante iconografía.
La Biblioteca Americana José Toribio Medina reúne también más de 400 volúmenes de manuscritos que Medina copió en distintos archivos españoles relativos a la historia colonial de Chile. Asimismo, se encuentran todas las grandes recopilaciones de documentos y de cronistas relativos al período colonial y la Independencia, que fueron publicados por el eruditos  en la Colección de historiadores y de documentos relativos a la historia nacional , la Colección de historiadores i de documentos relativos a la independencia de Chile  y la Colección de documentos inéditos para la historia de Chile (1888-1902), entre otras.
Anécdota: Cuenta historia que don José Toribio Medina compro muchos libros peruanos a los militares chilenos se llevaron como trofeo de guerra, después de la guerra del pacifico.


José Toribio Medina

Otra biblioteca famosa fue la Biblioteca Americana de don Diego Barros Arana. Esta colección se compone de un selecto conjunto de volúmenes relativos a América y Chile, que abarcan desde el siglo XVI al XIX y que constituyeron un significativo apoyo en la elaboración de su obra historiográfica, fue donada a Biblioteca Nacional. La donación fue efectuada en año 1929  por los herederos del historiador, contiene una importante colección de obras relativas a la América colonial y republicana, así como más de 12.000 manuscritos distribuidos en 118 volúmenes, empleados por Barros Arana para elaborar los dieciséis tomos de su Historia General de Chile. 
Entre estos, destacan cartas y documentos de  Bernardo O´Higgins, José Miguel Carrera, José de San Martín, Thomas Cochrane y Camilo Henríquez.

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