martes, 14 de febrero de 2012

La retoria de Segasta

francia vera valdes

En este artículo presentamos una metodología de análisis retórico de la oratoria parlamentaria de Sagasta. Nuestro análisis no se detiene, como suele ocurrir muchas veces, en la simple enumeración de las "figuras retóricas" presentes en el texto; sino que intenta explicar por qué el discurso convence y persuade en un momento y ante un auditorio concreto.
 Desde una perspectiva retórica global, estudiamos los componentes "racionales", "emotivos", "éticos", "estéticos" y "escénicos" del discurso sobre la libertad de cultos de Sagasta.



Nuestro siglo XIX, el siglo de la oratoria española, como lo llama Ma Cruz Seoane1, comprendió muy bien el inmenso potencial que la palabra hecha discurso retórico tenía. Un destacado orador y político de la época, Joaquín Mª López, escribía:

"Grande es, o, por mejor decir, inmenso, el poder de la elocuencia, porque se dirige a la razón para persuadirla, al corazón para moverlo y a la imaginación para exaltarla. Cuando los antiguos galos representaban un Hércules armado de cuyas manos pendían unas cadenas de oro que iban a parar a los oídos de los que le rodeaban, querían significar por medio de este ingenioso emblema el irresistible ascendiente del talento de la palabra. Pero aún iba más allá la alegoría: las cadenas estaban flojas; y esto daba a conocer desde luego que el poder del orador no descansa en la fuerza, sino en la magia de la expresión y del pensamiento que cautiva y arrastra las almas y los corazones"2.

Y Práxedes Mateo Sagasta es, ciertamente, además de un personaje político decisivo3, un insigne representante de esta oratoria española del XIX. He aquí cómo caracteriza su oratoria un contemporáneo suyo, Francisco Cañamaque:

"No es Sagasta un orador erudito, metafísico, profundamente ilustrado; es un orador oportuno, enérgico, incisivo, de lógica contundente, de palabra bastante correcta y fácil, de giros y prontos tribunicios, de apóstrofes magníficos, de ironías mortales, de exposición clara, de verdadera elocuencia política. Su talento es más práctico que teórico; su naturaleza de lucha más que de paz. No ilustra cuando habla; pero enardece, entusiasma, agrada. Hiere el sentimiento y llama la risa, toca al corazón y produce regocijo"4.

Pues bien, en este estudio de la oratoria parlamentaria de Sagasta pretendemos analizar cuáles son las estrategias retóricas concretas que el político riojano ponía en liza para lograr la eficacia persuasiva de sus discursos y para dejar a sus contemporáneos y a nosotros mismos que ahora los leemos -aunque no los escuchemos- la impresión de estar ante una oratoria de alta cualificación retórica.

Debe quedar claro que, metodológicamente, nos situamos en la más pura tradición aristotélica, tan brillantemente recuperada en el siglo XX por Ch. Perelman5 y, entre nosotros, por la llamada Retórica General Textual6; una tradición que supera la idea peyorativa y restringida de "retórica" y establece que el acercamiento a un texto, literario o no, desde la perspectiva retórica no sólo debe atender a las figuras del lenguaje, sino también a las estrategias argumentativas lógicas, psicológicas y éticas, y a la tópica y al conjunto de ideologemas de los que se nutre dicho texto para lograr el objetivo final del docere, delectare et movere ("enseñar, agradar y persuadir") ante un receptor o auditorio determinado7.

Con otras palabras, en el discurso nos encontramos con un receptor que procesa, que descodifica un mensaje que para él tiene un origen en una persona revestida de credibilidad, bien sea por su posición social, bien sea por los conocimientos que se le suponen (éthos). Una persona que emplea, por un lado, enunciados que apelan a la capacidad de discernimiento racional de quien le escucha (lógos) y, por otro lado, palabras evocadoras de sentimientos (páthos) o de emociones estéticas (léxis) a las que el receptor del mensaje responde subjetivamente8. El orador, además, añadirá el gesto, la voz y su apariencia externa, que son los elementos que constituyen la hypókrisis de la retórica griega o la actio de la latina (términos ambos sacados del teatro); elementos que en el proceso de convencimiento o persuasión son tan importantes o más que los puramente argumentativos9. La Retórica, en suma, no tiene más finalidad que la de hacer eficaz un mensaje; es decir, prepararlo y emitirlo debidamente para hacerlo llegar en las requeridas condiciones y procurar que cause el deseado impacto en su receptor.

Como éste queremos que sea el primero de una serie de estudios dedicados al análisis retórico de la oratoria política, en general, y de Sagasta, en particular, destinaremos algunas páginas a la exposición de nuestra línea metodológica y a la definición de los distintos términos retóricos implicados. A continuación, la aplicaremos al análisis de uno de los primeros discursos de la larga carrera política de Sagasta: el que pronunció en su primera etapa como parlamentario en descargo de los diputados liberales que votaron contra la libertad de cultos.

Así pues, esa Retórica de raigambre clásica enseña que las estrategias que debe poner en práctica el orador si quiere conseguir que su discurso sea persuasivamente eficaz son de carácter "lógico", psicológico, ético, estilístico y "escénico". Veamos en qué consiste y cómo se articula cada uno de ellas.

En Lógica basta una prueba, la mejor demostración, la más simple y breve; pero en el discurso retórico puede ser de utilidad cada argumentación añadida para aumentar el grado de adhesión; pues de las argumentaciones lógicas se predica la validez, de las retóricas, la eficacia. La Retórica no aspira a la certidumbre total y a lo universal como la Lógica, sino a la probabilidad y a lo contingente. El ser humano, que es más bien un ser sugestionable que un ser lógico10, no actúa de ordinario tomando por cierto tan sólo aquello que está probado. Actúa muchas veces por impresiones y su adhesión se caracteriza por conocer una gradación de intensidad variable bien distinta del binarismo racionalista del sí o del no11. Por ello, la Retórica no argumenta con silogismos siempre ciertos y verdaderos, sino con lo que Aristóteles llamó entimemas y con ejemplos, a través de los cuales se intenta obtener no tanto la verdad inamovible cuanto una opinión razonable.

El entimema es, en efecto, un "silogismo" cuyas premisas son verosímiles (y no necesariamente verdaderas), significando lo verosímil la adhesión a un sistema de expectativas compartido habitualmente por la audiencia. Aristóteles, ciertamente, nos enseña que "ante determinados auditorios, ni aunque poseyéramos la ciencia más exacta, resultaría fácil que los persuadiéramos con ella, pues el discurso científico es cosa de instrucción, y eso es imposible en un caso como el antedicho (sc. el orador hablando a las masas), sino que es necesario montar las pruebas y los argumentos sobre los principios comúnmente admitidos"12. Las premisas de los entimemas han de buscarse, en consecuencia, entre esas opiniones generalmente aceptadas que están como depositadas en la memoria colectiva. Para hallarlas se recurre a lo que Aristóteles llamó tópoi,o lugares, que constituyen, en palabras de Perelman, "un arsenal indispensable del que, quiera o no quiera, deberá pertrecharse quien desee persuadir a otros"13. A partir de estos lugares, que a menudo permanecen implícitos en las argumentaciones, justificamos la mayoría de nuestras decisiones.

Enumerar todos los lugares posibles sería una empresa irrealizable, porque cada grupo social, cada época da preeminencia a unas u otras ideas y valores. No obstante, se puede reunir bajo títulos muy generales el conjunto de los lugares que "todos los auditorios, cualesquiera que fueren, tienden a tener en cuenta"14 y que son los agrupados bajo los nombres de lugares de la cantidad, de la cualidad, del orden, de lo existente, de la esencia y de la persona. Vamos a explicar, aunque sea someramente, cuál es la virtualidad argumentativa de cada uno de estos grupos.

Los lugares de la cantidad afirman que una cosa vale más que otra por razones cuantitativas. Esta es la premisa sobreentendida en muchas argumentaciones distintas pertenecientes a los campos más dispares. Por ejemplo, en la idea de que ha de seguirse la opinión de la mayoría, en la apelación al "sentido común" o a la "normalidad" basada en el principio estadístico, en la preferencia de un mayor número de bienes a uno menor, de lo que beneficia a un mayor número de personas, de lo que es más duradero y estable, etc.

En los lugares de la cualidad, que se oponen a los anteriores, se basan quienes combaten la opinión de la mayoría, al afirmar que la cantidad va en perjuicio de la calidad, exaltando lo único como incomparable. Lo que es único no tiene precio y su valor aumenta por el mero hecho de ser inapreciable. Hoy es aceptado, por ejemplo, que todo lo que está amenazado de desaparecer adquiere un valor que conmueve de inmediato. O piénsese en la fuerza argumentativa de un hecho calificado de irreparable porque no puede repetirse. Incluso la mayoría aprecia lo que sobresale, lo que es raro y difícil de realizar.

Los lugares del orden afirman la superioridad de lo anterior sobre lo posterior, de los principios sobre las aplicaciones concretas, de las leyes sobre los hechos, de las causas sobre los efectos, etc.; pues lo que es causa es razón de ser de los efectos y, por consiguiente, es superior. Un ejemplo podría ser la idea de primacía: ser el primero en entender algo, en hacer un descubrimiento, en superar un límite; incluso la noción de precedencia como señal de respeto está fundada sobre los lugares del orden.

Los lugares de lo existente confirman la preeminencia de lo que existe, de lo que es actual, de lo real sobre lo posible, lo eventual o lo virtual. Van de la popularidad del refrán "más vale pájaro en mano que ciento volando" a la razonable preferencia por un resultado observable antes que por un proyecto que no está en marcha.

Por los lugares de la esencia se concede un valor superior al individuo o individuos que encarnan mejor las características atribuidas a una determinada "esencia" o "tipo". Se trata de una comparación entre sujetos concretos. Tersites como ejemplo de fealdad, Ulises como prototipo de la astucia; una estrella de cine como encarnación de la mujer fatal, o como sex-symbol, etc. El fenómeno de la moda se explica, como es sabido, por el deseo de acercarse a quienes "marcan la tónica".

Los lugares de la persona se apoyan en los valores de la dignidad, el mérito y la autosuficiencia. Por ellos concedemos más valor a lo que se hace con esmero, a lo que requiere más esfuerzo y a quien "se ha hecho a sí mismo".

No hay que olvidar que a cada lugar se le puede oponer un lugar contrario: a la superioridad de lo duradero, que es un lugar clásico, se le podría oponer la de lo efímero, que es un lugar romántico. "De ahí la posibilidad de caracterizar las sociedades no sólo por los valores particulares que obtienen su preferencia, sino también por la intensidad de la adhesión que le conceden a tal o cual miembro de una pareja de lugares antitéticos"15.

Mientras que el entimema es un razonamiento deductivo, la argumentación por el ejemplo16 procede de forma inductiva: recurre a un hecho concreto, real o ficticio (pero verosímil), que puede generalizarse. Así, cuando invocamos un precedente significa tratarlo como un ejemplo que funda una regla. En los tipos de discurso científico, en la oratoria religiosa y política, por ejemplo, y, en general, en todo tipo de propaganda, incluida la publicidad comercial, el paso de la fundamentación de una norma a su ilustración es, casi siempre, insensible y ambas funciones pueden estar subordinadas al propósito de proporcionar modelos de comportamiento17. Las colecciones clásicas de hechos memorables en forma de relato de un episodio que puede citarse como confirmación constituyen un filón de ejemplos que han sido aprovechados por la oratoria de todas las épocas.

El llamado argumento de autoridad también se inscribe dentro de este tipo de razonamiento que se apoya en los hechos o afirmaciones considerados como "ejemplares". Por medio de él se confiere valor probatorio a la opinión de un experto, de un maestro, de un personaje ilustre o, incluso, de la sabiduría popular. La cita es el instrumento del argumento de autoridad cuando el usuario la aduce como garante de la propia opinión. En la utilización retórica de este argumento, puede invocarse la autoridad de una persona sobre una materia para divulgar su opinión favorable sobre cualquier otra cosa.

Lo mismo que sucedía con el entimema y los lugares, también al ejemplo se le puede oponer un contra-ejemplo. Así, a un refrán como "la prudencia es madre de la ciencia", se le contrapone otro como "el que no se arriesga no pasa la mar". Además, cuando se aduce un ejemplo se sobreentiende que uno mismo se esfuerza igualmente por acercarse a él. Esto permite salidas cómicas como la siguiente: a un padre que le dice a su hijo mal estudiante recurriendo a un ejemplo: "A tu edad, Napoleón era el primero de la clase", le replica el muchacho: "A la tuya, era emperador".

Es, evidentemente, utilísimo desentrañar los componentes "lógicos" de cualquier discurso retórico. Pues entimemas y ejemplos nos dan una información preciosa del tipo de "verdades comúnmente admitidas" por el grupo de personas a quien, en nuestro caso concreto, se dirige Sagasta para lograr la persuasión mediante este procedimiento racional.

Pero el ser humano, además de razón, también es corazón; es sensibilidad y entendimiento. Y cuando desea persuadir -más si cree que posee una verdad- no se detiene en ponderar el rigor formal del método, sino que pone, consciente o inconscientemente, al servicio de esa actuación todos los dispositivos que posee. Por ello, junto a las argumentaciones lógicas o razonables el orador procura poner en juego toda suerte de móviles psicológicos incitadores o intimidatorios que incidan en los sentimientos, emociones y creencias del público. Así, en el discurso persuasivo hay múltiples elementos que se dirigen al inconsciente, a la pura emoción. El orador debe conseguir regular o rellenar la brecha, que teóricamente se abre entre él y su auditorio, acudiendo a la exaltación de valores comunes, al halago, a la alusión a un enemigo real o imaginario, al temor que inspira ese mismo enemigo, o creando un sentimiento de culpa, lástima o conmoción en los que escuchan18.

Lo cierto es que en muy dispares circunstancias históricas un discurso político basado esencialmente en estos resortes psicológicos, sin más aditamentos, y puesto en los labios del hombre adecuado ("el conductor del pueblo" o demagogo) ha movilizado a grandes masas acríticas y faltas de cultura. Es un vivo ejemplo la apelación de algunos políticos al mito del "pueblo"19, convocado en torno a un líder carismático, intérprete de sus deseos y garante de su cumplimiento20. El orador "populista" se sirve de un conjunto de imágenes "cálidamente coloreadas" capaz de crear un estado de ánimo épico, e impulsar a la acción en contra del "antipueblo". De ningún modo toleraría dudas sobre su fuerza o su honradez y abusa permanentemente de sentimientos persecutorios. La imagen, por ejemplo, de un enemigo amenazante, de una conspiración contra el "pueblo", está siempre presente en su discurso y toma diferentes nombres según el sujeto de la apelación: "pobres y ricos", "explotados y explotadores", "descamisados y oligarcas", "nacionales y extranjeros", "nosotros y ellos"...

También en el discurso de los movimientos nacionalistas puede observarse un elevado componente emocional21. En ellos desempeña un importantísimo papel la "presunta recuperación del pasado nacional"; de ahí que el mensaje aparezca plagado de símbolos y valores tradicionales que provocan el "recuerdo" mitificado de antiguos reinos, imperios o formas políticas autóctonas que generan el anhelo de una perdida Edad de Oro22.

Queda patente, pues, lo peligroso, por lo efectivo, que puede llegar a ser este componente psicológico en el discurso político. Por ello Quintiliano dio especial relevancia en su formación del orador al componente ético. Porque, frente al carácter impersonal y abstracto de la demostración lógica, la justificación retórica está ligada a la personalidad del que argumenta. Este es el sentido de la definición que Quintiliano recoge del orador como vir bonus dicendi peritus. No se trata de que haya que ser "bueno" para ser buen orador, sino que la honradez, la probidad, conceden un crédito al que las posee, y por lo tanto su fuerza persuasiva es mayor. Por el contrario, un orador de poco prestigio moral, cuyas intenciones sean sospechosas, perderá toda confianza y fiabilidad ante el auditorio. Por esto el discurso retórico, para que sea eficaz, debe ser coherente con lo que se espera de la conducta de quien lo pronuncia. El concejal de urbanismo que diserta con el objetivo de potenciar el uso del transporte colectivo y luego se le ve en coche paseando por la ciudad ha fracasado totalmente en sus propósitos persuasivos.

Mas la eficacia persuasiva brota también de los recursos estilísticos que ayudan a hacer el mensaje atractivo y, especialmente, si resultan acordes con la sensibilidad, la imaginación, el gusto y la formación literaria de los oyentes. Sin la adecuada "elocución" todo lo demás—escribe Quintiliano—"es muy semejante a una espada encerrada en su vaina"23. Como resultado, sin embargo, de la tendencia de ciertas retóricas a limitarse a los problemas de estilo y expresión, los recursos expresivos o figuras fueron considerados cada vez más como simples ornatos, que sólo contribuían a crear un estilo artificial y florido. La exuberancia verbal, vacía de contenido, a la que las circunstancias sociales y políticas empujaron la Retórica, la terminó convirtiendo en sólo un catálogo de tropos y figuras, es decir, en un arte de adornar el estilo, en lugar de lo que había sido por varios siglos: la facultad de hallar y organizar temas y argumentos, y expresarlos luego de manera atractiva con el propósito de enseñar, agradar y persuadir.

Pero esas llamadas figuras retóricas no se habían ideado para servir sólo de simple adorno, sino por su efecto persuasivo y por su valor argumentativo añadido24. "El ornato del discurso - dice Quintiliano- no es de poca utilidad al asunto. Porque quien escucha a gusto, presta mayor atención y se siente más inclinado a dejarse convencer. A veces su gusto le tiene preso, a veces le arrastra su admiración"25. El modo de expresión, en general, y las figuras, en particular, deben ser útiles y convenientes a la intención del discurso, porque, -afirma el rétor calagurritano- "¿de qué sirve que haya palabras significativas, elegantes y trabajadas con figuras y según una buena armonía, si ninguna conexión tienen con aquellas cosas hacia las que queremos inclinar y persuadir al juez?"26. Pues no siempre las muchas y floridas palabras captan la atención más que las menos.

Sentado lo anterior, citaremos, a modo de ejemplo, algunas de las figuras retóricas más efectivas en el discurso político27. Para que exista una figura debe darse un uso que se aleje de la forma normal de expresarse y que, por ello, atraiga la atención. Porque, en palabras de Aristóteles, "lo que se aparta de los usos ordinarios consigue, desde luego, que parezca más solemne; pues, lo mismo que les acontece a los hombres con los extranjeros y con sus conciudadanos, eso mismo les ocurre también con la expresión. Y por ello conviene hacer algo extraño el lenguaje corriente, dado que se admira lo que viene de lejos, y todo lo que causa admiración, causa asimismo placer"28.

Las recurrencias o repetición de sonidos y sentidos que se emplean en el eslogan publicitario ("Al pan, pamplonica"), en las aclamaciones entusiastas ("Juan Pablo II, te quiere todo el mundo") o incluso en la poesía mística ("Vivo sin vivir en mí/ y tan alta vida espero/ que muero porque no muero"), se pueden transformar en boca de un buen orador político en auténtico resorte argumentativo. Su fuerza está en la insistencia fónica en un mismo pensamiento para que tenga más penetrante eficacia y van desde la simple recurrencia de los sonidos con calculada variación ("Ni Flick ni Flock"), hasta la más ingeniosa combinación que echa mano de la técnica de los sinónimos, que acude a las mismas palabras con significados distintos o a la machacona reiteración de frases enteras en las que se cambia lo imprescindible para que el resultado sea sorprendente. Como esos utilísimos juegos de palabras del tipo "No tenemos miedo a negociar, pero no negociaremos por miedo".

También son de gran efecto toda la serie de figuras que consisten en la sustitución de la palabra o de la idea propias por otra u otras cuya significación está con aquella en una relación real (sinonimia, perífrasis), de analogía (metáfora, alegoría), de causalidad (metonimia) o de contraste (ironía). Su poder eufemístico, explicativo o embellecedor hace que gocen de prestigio y popularidad entre los buenos oradores, más aún porque les es inherente cierta indeterminación que provoca la atención y exige la colaboración interpretativa del oyente. No decir las cosas expresamente tiene muchas ventajas: suaviza la reacción del oponente y hasta le puede colocar en un mal lugar, toda vez que el primer orador puede negar, con algún viso de realidad, lo que su rival ha creído entender. Si uno observa las palabras clave utilizadas en los discursos políticos de la llamada "transición española", por ejemplo, se da perfecta cuenta de cómo términos que pudieran suscitar reacciones al proceso de reforma están prácticamente proscritos: "consenso" aparece como la palabra talismán, el "comunismo" evita el estigma suavizándose con un prefijo de referencia a Europa y convirtiéndose en "eurocomunismo"; el "socialismo" se hace "socialdemocracia"; la derecha recibe apelativos como "civilizada" o "razonable" y se constitucionalizan términos como "nacionalidad" y "autogobierno" en lugar y como atenuante de los reivindicados "nación" y "autodeterminación"29.

Pero quizá sea la ironía, y sus múltiples variantes y conexiones30, la que mejor se preste a la argumentación y a la contra-argumentación, por ser la figura, en palabras de Cicerón, "que de manera muy especial se infiltra en la inteligencia de los hombres"31. Con una frase como "¡Yo soy el responsable de todo, sí señor, hasta de la caída de Roma!", el orador quiere dar a entender lo contrario de lo que está diciendo. La ironía atrae, entonces, la atención del oyente. Gracias al juego irónico, se siente más interesado, pues le acucia la curiosidad y el deseo de saber adónde quiere ir a parar el orador, que o sabe más de lo que dice, o lo que sabe se aparta de cuanto está expresando. Es pe-dagógica32, porque, al oír a Demóstenes exclamar irónicamente: "¡Bonito favor ha recibido hoy en compensación el pueblo de Oreos por haberse puesto en manos de los amigos de Filipo! ¡Bonito también el de los de Eretria por haber rechazado a vuestros embajadores y haberse entregado a Clitarco! Son esclavos a golpe de látigo y a punta de cuchillo"33, al oír esto -decimos- los atenienses pueden elegir todavía, aunque los oreí-tas y los de Eretria ya no puedan hacer nada. La ironía, en fin, es necesaria, dice Laín Entralgo34, y es necesaria en la política, y es necesaria en el Parlamento, y uno de los defectos de la vida española en tantas y tantas ocasiones es que los políticos no han actuado ni han hablado con humor, no han hablado con la ironía debida..."35.

Reconocida la eficacia de esos recursos estilísticos, el propio orador, para evitar los excesos, debe, según Quintiliano36, distinguir qué es lo útil y conveniente, qué elementos del lenguaje se adaptan al proyecto total del discurso, incluido el ámbito social, político e histórico que se trasluce en él.

Pero el discurso, además de apoyarse en la fuerza de la lógica, de la pasión y de la coherencia ética y estética, recibe, por último, el apoyo retórico de los sentidos cuando se pronuncia, cuando se hace acto; pues un orador no sólo tiene oyentes, sino también espectadores. "Es tan grande" -escribe Joaquín Mª López, en sus Lecciones le Elocuencia37- "la diferencia que resulta de oír un discurso bien pronunciado a leerlo después que puede decirse con verdad que la imprenta, aunque copie con fidelidad la palabra, no nos transmite más que su sombra. Conocer por tanto a un orador por sus discursos escritos es no conocerlo. La acción es un lenguaje que viene en auxilio de otro lenguaje; el tono, las modulaciones de la voz, el gesto y la expresión de la fisonomía, auxiliares todos tan poderosos, no se transmiten al papel, en que sólo puede trazarse una copia muerta al lado del cuadro vivo y animado [...]. La acción, con todos sus otros auxiliares, es la que da vida a una palabra. Ella hace de un sonido un dardo, de un acento una conmoción y de una voz una tempestad."

El tono, la mirada, el gesto son, en efecto, la expresión más clara del sentimiento y operan de manera directa sobre el ánimo del auditorio; son el lenguaje de la naturaleza que todos entendemos, mientras que las palabras son signos convencionales que sólo reciben su significación completa por el modo de ser pronunciadas. Consciente o inconscientemente, estamos transmitiendo continuamente información con nuestro cuerpo. Y así, en el discurso, como en el género dramático, lo estrictamente literario es sólo una parte; cuenta tanto o más la "representación".

Pero, como siempre, hay que evitar esos excesos a los que hace referencia un privilegiado observador de la oratoria española: "Muchos representantes del país" -critica Fernández Flórez38- "no han traído al Congreso más que unos sanos pulmones, y procuran ganar con ellos la popularidad. Congestionados, aporreando las cabeceras de los bancos, en lucha con los otros pulmones, vociferan injurias, acusaciones triviales. Y es que el cerebro posee una voz y los riñones otra. Pero en la labor que ahora está encomendada a la Cámara son los cerebros los únicos que debieran hablar."

Por eso Quintiliano, en su detalladísimo tratamiento del asunto en el libro XI, insiste en la adecuación que debe haber entre la actuación del orador con voz y gestos y cada uno de los componentes del discurso. "La moderación" -afirma- "es la que sobre todo debe llevarse la atención primera. Porque no es mi objeto formar un comediante, sino un orador". Además, se ha de tener en cuenta al destinatario y su contexto. Pues no en todos los lugares una determinada entonación o un gesto son igual de oportunos o tienen el mismo significado.

La palabra y todos los elementos que conforman la acción retórica deben constituir siempre una unidad a la hora de expresar cualquier mensaje. Si el lenguaje del cuerpo y el hablado no concuerdan o, incluso, se contradicen, el público se mostrará inseguro e intranquilo, pues no acabará de captar el mensaje, inclinándose siempre por el lenguaje del cuerpo en caso de duda. El orador que saluda a sus oyentes con las palabras "Me alegro de poder estar esta noche con ustedes" y lo hace con un tono lánguido y mirando hacia el suelo no debe asombrarse si no se le cree la alegría de que habla. Es el conjunto de las palabras y del cuerpo lo que forma el mensaje que se quiere transmitir de la manera más verosímil posible.

En resumen, para que un orador consiga la adhesión del auditorio y tenga la virtud de reorientar, en el género oratorio que nos va a ocupar, la situación socio-política preexistente por medio de un discurso retórico eficaz, debe valerse de la manera más ajustada y conveniente posible de ideas verdaderas o verosímiles dispuestas de tal forma que encuentre la aceptación del oyente por la fuerza lógica de la argumentación; de procedimientos psicológicos generadores de la benevolencia y la conmoción por incidir en sentimientos, emociones y creencias del público; y de recursos estilísticos que hagan atractivo el mensaje por resultar adecuados a la sensibilidad de los oyentes. La "representación" del orador, su actio, como decían los retóricos latinos, ha de revelar su propia fuerza convincente en la pronunciación del discurso. La total coherencia entre lo dicho y lo pensado, entre lo recomendado y lo practicado por el orador harán el resto.

Establecida, así pues, las bases metodológicas y definidos los términos implicados, pasamos a estudiar los resortes de persuasión de uno de los más significativos discursos de Sagasta: el que pronunció sobre la conveniencia de la libertad de cultos el 28 de febrero de 1855 ante los diputados que formaban parte de las Cortes Constituyentes elegidas en 185439.

Se discutía sobre la base segunda de la Constitución que versaba sobre la tan traída y llevada libertad religiosa. Muchos progresistas, en contra de lo que se esperaba40, apoyan el mantenimiento explícito en la Constitución de la unidad religiosa del Estado y se dan por satisfechos con la mención a la tolerancia de cultos. El encargado de argumentar a favor de semejante muestra de contradicción programática fue el ministro de Gracia y Justicia, Joaquín Aguirre, y contra él sonaron en la tribuna las voces de los progresistas más radicales que reclamaban la total libertad de cultos.

En este punto se produce la intervención de Sagasta. Su discurso comienza con un exordio que contiene lo que, según la Retórica clásica41, interesa considerar al principio con el objetivo de preparar y predisponer positivamente al auditorio hacia la argumentación del orador; a saber: motivos que le inducen a tomar la palabra, el asunto y la autoridad del que habla.

Y, en efecto, Sagasta inicia su discurso con la captatio benevolentiae propia del exordio, con términos clave como importante, grave, difícil para el asunto y, en contraposición, la "debilidad" y "poca autoridad" de un orador que debe presentarse con humildad. Opera aquí el tópos de la afectación de modestia, considerado eficaz psicológicamente en la oratoria, "ya que" -afirma Quintiliano42- "hay una inclinación natural de la simpatía hacia el que se encuentra en dificultades". Dice Sagasta:

"Señores, la materia de este debate es la más importante, es la más grave de cuantas se han presentado y pueden presentarse a la consideración de las Cortes Constituyentes; y desconfiando yo de mis débiles fuerzas para entrar en materia tan delicada, seguramente hubiera abandonado esta difícil tarea a labios más autorizados que los míos..." (Diario de Sesiones de las Cortes (DSC), sesión de 28/2/1855, n° 98, p. 2.501).

Y también hace explícitos los motivos que le llevan a hablar:

"Me creo en el deber de contestar a los cargos que se han dirigido aquí, ya implícita, ya explícitamente, a algunos Diputados que, siendo altamente liberales, han votado contra la libertad de cultos" (DSC, íd., p. 2.501).

Para ello Sagasta se dispone a desarrollar en la parte central del discurso43 dos líneas argumentales. Una primera pretende mostrar que los diputados que han votado en contra de la total libertad de cultos y a favor de la tolerancia religiosa han sido coherentes con sus creencias y con su ideología. Y, en la segunda, que dicho voto ha estado motivado por el sentido que esos diputados tienen de lo conveniente para la sociedad española del momento.

Veamos cómo se fundamenta cada una de esas líneas argumentales. La primera, obviamente, se ha de basar en el éthos, en la caracterización de la persona, en el talante del autor del hecho en cuestión44. La Retórica clásica enseña, en efecto, que el carácter, los modos de comportarse el orador, en el género de oratoria deliberativa que nos ocupa, tanto en su profesión como en la vida, confieren credibilidad y, por lo tanto, poder persuasivo45.

Y es que, para exculpar a los diputados que han votado a favor de la unidad religiosa, el propio Sagasta, en esta apelación al talante de la persona, se ofrece como ejemplo de coherencia ideológica, porque su talante liberal queda fuera de toda duda; y de coherencia política, en el sentido de que el diputado debe responder a las expectativas de sus electores. Dice Sagasta:

"Yo ni debo ni puedo ser sospechoso a nadie en esta cuestión, porque a nadie cedo en amor a la libertad, a nadie cedo en patriotismo, a nadie cedo en buenas disposiciones a sacrificar, no mi vida, que mi vida vale poco, mi honra, por conservar ahora la libertad, por recuperarla, después si por desgracia llegáramos a perderla. Pero el Diputado, señores, tiene sagrados derechos que cumplir, tiene altas misiones que cumplir, tiene altas misiones que desempeñar, tiene, por último, que satisfacer los deseos, las necesidades, las exigencias de sus comitentes" (DSC, íd., p. 2.502).

Sagasta ha sido elegido diputado por Zamora y, como político coherente que es y quiere seguir siendo, debe actuar de acuerdo con los deseos y exigencias de sus electores, que -dice- le habían encargado que no permitiera más religión que la religión católica, apostólica y romana. Son las premisas sobre las que se desarrolla el entimema fundamental con el que se justifica su actuación, y por analogía, la de aquellos políticos liberales a quienes Sagasta pretende defender.

Su segunda línea argumental, introducida con exquisito estilo oratorio en preguntas retóricas, aparece fundamentada en el también clásico principio de lo conveniente. Dice Sagasta:

"¿Es conveniente establecer la libertad de cultos en nuestro país? ¿Puede la Nación admitir como una mejora reforma tan radical? ¿Sería prudente, sería político en las circunstancias actuales que nos rodean, el establecimiento de semejante medida?"(DSC, íd., p. 2.502).

Ciertamente, una vez establecida la credibilidad por la coherencia de quien habla, Sagasta y los diputados que han votado en contra de la libertad de cultos no han traicionado sus principios ideológicos, sino que, en parte, los han sacrificado en aras de la conveniencia pública. Aquí el argumento basa su fuerza persuasiva en la apelación al páthos sobre la base de provocar el sentimiento intimidatorio del miedo. Sagasta había repetido en las primeras líneas de su discurso hasta siete veces la palabra, emotivamente marcada, "temor", para dejar claro cuál no es el objeto de ese temor. Dice Sagasta:

"No temo yo, Sres. Diputados, la realización de algunas de las ideas emitidas en el curso de este largo debate; no temo la intolerancia de cultos; no temo su libertad tan amplia como la desean algunos Sres. Diputados, tan absoluta como es posible que sea, porque otra cosa sería hacer una ofensa, sería dudar de la religión católica apostólica romana, que es la que yo profeso, que es la que profesamos todos los que nos sentamos en estos escaños, que es la que profesa toda la Nación española. Mal podría yo abrigar este temor. Sres. Diputados, teniendo tanta fe como yo tengo en mis creencias; yo no la temo, porque la comparación perfecciona el juicio, y el juicio nos hace escoger siempre lo mejor [...].

Bajo este punto de vista, pues, no temo la libertad de cultos; yo no la puedo temer" (DSC, íd., p. 2.501-2.

El temor que se inspira es, obviamente, a la involución, a la guerra civil:

"¿No podría suceder, señores, que por querer avanzar demasiado sin tener en cuenta las circunstancias que nos rodean, viniésemos a parar en un retroceso?" (DSC,íd.,p. 2.502).

Y, como se espera para la eficacia de este tipo de argumentos emotivos, la conclusión suele ir seguida de una admonición:

"Reflexionen bien los Sres. Diputados que los enemigos de la libertad nos acechan por todas partes, que conspiran sin descanso, que tratan de explotar el descontento público, que tratarían de explotar esta medida como un arma terrible de que quizá se aprovechasen con éxito" (DSC, íd., p. 2.502).

La coherencia como principio ético y lo conveniente como principio práctico son, pues, los fundamentos de la argumentación de Sagasta en la justificación "racional" de su postura. Y, como apoyatura emotiva para la mayor eficacia persuasiva, la apelación al temor al enfrentamiento civil y al retroceso social.

El cuerpo central del discurso, termina, como también aconseja la Retórica clásica, con la refutación de las acusaciones de la parte contraria. Según la ordenación clásica, tras la probatio, que es positiva y sostiene la credibilidad del discurso, viene la refutatio, que es negativa por apuntar a la insostenibilidad de la opinión contraria.

Contra los diputados que han afirmado que "el cristianismo es un obstáculo para la libertad", se esgrime un argumento basado en el lugar común del orden (vid. supra):

"¡Que el cristianismo es el enemigo de la libertad! ¿Quién fue el primero que proclamó y practicó el principio en que se funda el partido liberal? ¿Quién fue el primero que proclamó y practicó las bases en que descansan las ideas democráticas? ¿Quién? El representante del cristianismo, Jesucristo" (DSC, íd., p. 2.502).

Contra quienes han dicho que la intolerancia religiosa conduce al "indiferentismo" religioso y aducen como argumento probatorio los pocos edificios que se construyen hoy para el culto, frente a los grandes y suntuosos del pasado, Sagasta despliega un habilísimo argumento por analogía basado en el carácter "religioso" (con definición interesada, retórica, del término) de las obras civiles que ahora se edifican.

Este punto de la refutación se inicia con una fórmula del tipo "y ahora recuerdo que" de probada eficacia oratoria porque -afirma Quintiliano- "generalmente son más placenteras las cosas que producen la impresión de que han sido improvisadas y de que no han sido preparadas en casa, sino que han nacido a medida que avanzaba el discurso; por eso son bien recibidas expresiones como 'he estado a punto de pasar por alto', 'se me había ocurrido' y 'justamente esto me recuerda'"46. La conclusión del argumento es la siguiente:

"Comparad, pues, lo que hacemos ahora con lo que hacían los pueblos antiguos, y decidme en seguida si cumplimos con las obras de misericordia, tan recomendadas por nuestra santa religión, mejor y más fielmente que lo hacían nuestros antepasados dedicándose única y exclusivamente a la construcción de ermitas, capillas, iglesias, conventos, catedrales y basílicas" (DSC, íd., p. 2.503).

Y, por último, la confutación directa del cargo dirigido a los Diputados que, altamente liberales, han votado contra la libertad de cultos y que ha estado motivada -alega Sagasta- porque se hace depender la libertad política de la religiosa, porque una cuestión política se convierte en una cuestión religiosa. El orador desarrolla aquí, a partir de la autoridad de la máxima "Mi reino no es de este mundo", un magnífico argumento basado en el ejemplo histórico con la apoyatura emotiva, de nuevo, de la apelación al miedo. El argumento finaliza con la siguiente admonición a contrario, repleta de ironía, exquisita muestra -en mi opinión- del saber retórico de Sagasta:

"¿Queréis, pues, que volvamos a aquellos calamitosos tiempos? Pues haced depender la libertad política de la libertad religiosa, envolved a la Iglesia con el Estado, confundid la religión con la política; haced de la cuestión religiosa una cuestión política, y no lo dudéis, ese tiempo llegará; pero porque yo no quiero esos tiempos, porque yo los temo, no quiero hacer depender la libertad política de la libertad religiosa, no quiero confundir la religión con la política, no quiero hacer de la cuestión religiosa una cuestión política" (DSC, íd., p. 2.503).

Tras una amplificación sobre las consecuencias de la "gran revolución del siglo XVI contra la Iglesia", con la que Sagasta exhibe sus conocimientos de historia, el discurso concluye de una manera brusca con un ruego seco, tan sólo suavizado por el adverbio "encarecidamente". Es, a nuestro juicio, lo menos conseguido del discurso; pues, contra lo recomendado por la teoría retórica, ni hay recapitulación (que permite recordar esquemáticamente los argumentos expuestos), ni hay movimiento de afectos final (última oportunidad del orador para influir emotivamente en el auditorio mediante la indignatio o la commiseratio)47.

Si el discurso funciona argumentativamente en el lógos,en el éthos y en el páthos,no lo hace menos en la léxis, en los recursos verbales puestos al servicio de la persuasión. En general, por el tipo de elocución que Sagasta realiza, cabe situarlo en aquella oratoria parlamentaria poco grandilocuente, "sencilla y natural" que Salustiano de Olózaga, su contemporáneo y uno de los grandes estudiosos de la oratoria española, tanto admiraba48.

Destaca, obviamente, la serie de figuras encuadradas en la amplia rúbrica de la "repetición", las figuras de más larga tradición retórica y poética. El efecto argumentativo más evidente de estas figuras consiste en la fijación, mediante la insistencia, de una idea ya formulada, acentuando, si es el caso, la solemnidad y la sugestión evocativa.

Ya se ha citado el párrafo en el que Sagasta repite hasta siete veces el término, emotivamente marcado, "temor". Vale la pena recogerlo de nuevo aquí, porque constituye una espléndida muestra del estilo elocutivo de nuestro autor:

"No temo yo, Sres. Diputados, la realización de algunas de las ideas emitidas en el curso de este largo debate; no temo la intolerancia de cultos; no temo su libertad tan amplia como la desean algunos Sres. Diputados, tan absoluta como es posible que sea, porque otra cosa sería hacer una ofensa, sería dudar de la religión católica apostólica romana, que es la que yo profeso, que es la que profesamos todos los que nos sentamos en estos escaños, que es la que profesa toda la Nación española. Mal podría yo abrigar este temor. Sres. Diputados, teniendo tanta fe como yo tengo en mis creencias; yo no la temo, porque la comparación perfecciona el juicio,y el juicio nos hace escoger siempre lo mejor. No es la opresión, no es la intolerancia, no es, en fin, la Inquisición la que en los pueblos ha despertado la fe; el pueblo libre, por poco ilustrado que esté, con su instinto natural aceptará lo bueno y desechará lo malo, y puestas ante su vista las diferentes religiones, él las observaría, él las compararía, y por último, no lo dudéis, vendría admirado a inclinarse ante la cruz del Salvador.

Desde entonces ya no creería por costumbre, ya no creería por el recuerdo de lo que allá en su niñez oyó a manera de cuento fantástico; creería por convicción, creería porque habría llegado a persuadirse que la religión católica apostólica romana es la digna, es la verdadera y la única; creería, en fin, no por reminiscencia, sino porque tendría grabados los hechos en su corazón" (DSC, íd., p. 2.501-2).

Se observa la preeminencia de la anáfora (repetición de la misma expresión al comienzo de diversos segmentos textuales) y de la anadiplosis (repetición del mismo término al final de un segmento textual y al principio del siguiente), ayudadas en su efecto intensificador por el paralelismo sintáctico bimembre o trimembre, el clímax ("que es la que yo profeso, que es la que profesamos todos los que nos sentamos en estos escaños, que es la que profesa toda la Nación española"; "es la digna, es la verdadera y la única'"),el poliptoton ("la comparación perfecciona el juicio,y el juicio nos hace escoger siempre lo mejor"), la figura etimológica ("no temo...temor"),etc.

Estas figuras de la repetición son, ciertamente, las causantes del efecto de fluidez, de deslizamiento, de fraseo lento y ligado en vez de sincopado. Un efecto tan apreciado por los oradores, como denostado por quienes se acercan a la oratoria desde la mentalidad de lectores. La oralidad demanda medios de persuasión elocutiva distintos de la "escrituralidad"49. Es obvio que tanta repetición se hace pesada y, en ocasiones, irritante cuando ahora leemos el discurso transcrito en el Diario de Sesiones del Parlamento; pero estamos seguros de que no sucedería lo mismo si el discurso se escuchara. Hay que contar con algo primordial en Retórica; algo que muchas veces se olvida cuando se enjuicia el estilo de la oratoria, en general, y de esta oratoria decimonónica española, en particular. Se trata de eso que hemos dado en llamar el "componente escénico", la actio o pronuntiatio de la Retórica clásica, que es el correspondiente al momento culminante de la ejecución de un discurso; cuando a las palabras se suman la voz, el gesto y la postura50.

Es claro que cada repetición iría acompañada de una entonación, de una gesticulación y de un movimiento corporal distinto. Esas palabras repetidas no se pronunciaban con un solo tono y con una única modulación de voz. Es precisamente por medio de la observación de estas figuras como podemos llegar a apreciar ese componente escénico, tan importante para lograr el éxito del discurso.

La variación tonal en la pronunciación, la presencia de vertiginosos y sorpresivos cambios de tono (aseverativo, interrogativo, admirativo) llaman la atención de los oyentes y captan su interés a lo largo de la pronunciación del discurso. Las figuras retóricas de la repetición que hemos señalado y otras como la hipófora (presentación de una objeción que a sí mismo se plantea el orador -aunque simulando que es la objeción formulada por un interlocutor innominado- para rebatirla de inmediato), la pregunta retórica (conversión de lo que podía ser un aserto en una interrogación)51 o laparémbole (inserción de una breve frase parentética que, generalmente, subraya lo afirmado)52 ofrecen al orador la posibilidad de alterar la entonación normal, confieren al discurso riqueza expresiva y un alto grado de agilidad dramática, aguzan, en fin, la receptividad del oyente, que de esta forma se dispone a escuchar con interés y acogimiento el contenido del discurso. Y Sagasta es sabedor de los efectos de estas figuras, de su utilidad no sólo para llamar la atención sobre el contenido, sino también para dar variedad tonal en la pronunciación del discurso.

Obsérvese cuanto llevamos dicho en el siguiente párrafo:

"El cristianismo, se ha dicho aquí por algunos señores Diputados, es un obstáculo para la libertad, es el enemigo de la libertad. Y yo, señores, liberal por carácter, liberal por convicción, liberal de corazón, francamente, no comprendo ese argumento. ¡Que el cristianismo es el enemigo de la libertad! ¿Quién fue el primero que proclamó y practicó el principio en que se funda el partido liberal? ¿Quién fue el primero que proclamó y practicó las bases en que descansan las ideas democráticas? ¿Quién? El representante del cristianismo, Jesucristo. Libertad, igualdad y fraternidad; he aquí la doctrina de Jesucristo. Jesucristo fue el primer demócrata del mundo, y vosotros, demócratas, todo lo que sois, todo lo que valéis, lo debéis al cristianismo. Buen cuidado tenéis de decirnos esto muy a menudo, y hacéis bien, porque por esto vuestras doctrinas son santas, si bien son inaplicables, y tanto más inaplicables cuanto más se acerquen a las doctrinas de Jesucristo. ¿Y sabéis por qué? Porque entre el que las proclamó y nosotros que hemos de practicarlas hay una distancia inconmensurable, hay un abismo; porque el que las proclamó era todo bondad, todo era mansedumbre, y nosotros que hemos de practicarlas somos todo soberbia, todo maldad y entiéndase, señores, que empleo la palabra maldad, relativamente hablando, puesto que estoy haciendo una comparación (si en esto cabe comparación) entre Jesucristo que proclamó esas ideas y nosotros hombres que hemos de practicarlas" (DSC, íd., p. 2.502-3).

Constituye este párrafo un exquisito ejemplo del estilo elocutivo de Sagasta, de esa fuerza oratoria que Cañamaque tanto alababa en el político riojano53:la hipófora del comienzo, los cambios de tono, de ritmo, que traslucen las abundantes figuras retóricas de la repetición (anáforas, anadiplosis, climax, sinonimias, etc.), el entremezclamiento de fórmulas de apóstrofe con preguntas y respuestas, la irrupción en el discurso de exclamaciones, de interrogaciones pasionales, de epémboles; recursos retóricos todos ellos que no sólo conceden valencia estética, literaria, sino que también están al servicio de la pronunciación misma del discurso, que de este modo gana en intensidad oratoria y en poder de persuasión. Se ha de observar, finalmente, que la concentración de figuras retóricas es mayor en el discurso de Sagasta cuanto más fuerte es el argumento que está esgrimiendo. Por eso nosotros hemos repetido casi los mismos párrafos para ilustrar su argumentación y su estilo elocutivo. Es, pues, este discurso de Sagasta un ejemplo de buena retórica, aquella en que el estilo -la elocutio- está al servicio de la idea.

En definitiva, la Retórica de raigambre clásica, no la "retórica" restringida y desprestigiada de la manía clasificatoria, había estudiado y codificado, para su mejor aprendizaje y uso por todos los ciudadanos interesados, los recursos que favorecían el éxito del discurso. Mediante las recomendaciones y directrices de esta técnica para "hablar en público" (significado propio de téchne rhetoriké) el orador descubría los recursos de índole racional, psicológica y estética que, de acuerdo con las circunstancias, eran adecuados y convenientes para persuadir al oyente. Una vez hallados, ordenados y verbalizados adecuadamente, el orador se aplicaba -no debemos olvidarlo- a una exposición oral, donde se ponían en liza esos otros elementos "paraverbales" (voces, gestos, posturas) que apoyaban en gran medida la eficacia persuasiva del discurso.

Pues bien, desde esa Retórica nosotros podemos proceder al análisis de los discursos para estudiar y descubrir sus resortes persuasivos. Un análisis que no debe detenerse en la simple enumeración de las "figuras retóricas" presentes en el texto, sino que debe explicar por qué ese discurso convence y persuade en un momento y a un auditorio concreto, atendiendo a sus componentes "racionales", "emotivos", "éticos", "estéticos" y "escénicos".

Salen así a relucir aquellas "verdades comúnmente admitidas" (en palabras aristotélicas) que constituyen las premisas en las que se fundamentan los entimemas o razonamientos deductivos retóricos; los ejemplos o modelos que constituyen "autoridad" y en que se basan los argumentos inductivos; los sentimientos y aspiraciones que conmueven y motivan; los principios que dan coherencia ética y credibilidad al que habla; los gustos estilísticos, en fin, que provocan el placer estético y apoyan el valor probatorio de los argumentos del orador. Todo un arsenal de datos que, sin duda, pueden servir de gran ayuda al estudioso de la historia en general y, en el caso que nos ocupa, a la mejor comprensión de la brillante trayectoria política de Sagasta54.



NOTAS

1. Seoane, M. C., Oratoria y periodismo en la España del siglo XIX, Fundación Juan March/Editorial Castalia, Madrid, 1977. Cf. pp. 303-304: "¿Qué aire nuevo aporta a la oratoria esta que llamaremos latu sensu generación de 1854? Los años en que esta generación está en pleno vigor con su centro en el sexenio revolucionario han sido indudablemente considerados como la época de oro de la oratoria española. Los mismos protagonistas y su público—porque cada vez más de un público que asiste entusiasmado a la representación de una obra artística se trata—tenían conciencia de ello. No creo que nunca la sociedad española haya estado tan orgullosa de cualquiera de sus manifestaciones artísticas como en esa época lo estuvo de la oratoria. No sólo creían que nunca había brillado a tal altura en España, sino que estaban convencidos de que ninguna extranjera podía comparársele y ponían muy en duda que la griega o la latina la hubieran superado. No podían creer que Demóstenes o Cicerón hubiesen sido mejores oradores que Castelar, porque una palabra más hermosa, más ardiente, más brillante que la de Castelar era sencillamente inconcebible".

2. López, J. Mª, Lecciones de elocuencia en general. Madrid, 1849-1850, p. 23.

3. Sobre la personalidad política de Sagasta tenemos ahora el excelente estudio, con abundante bibliografía, de Ollero Vallés, J. L., El progresismo como proyecto político en el reinado de Isabel II: Práxedes Mateo-Sagasta, 1854-1868, Instituto de Estudios Riojanos, Logroño, 1999.

4. Cañamaque, F., Los oradores de 1869, Madrid, 1879, p. 276.

5. Perelman, Ch. y Olbrechts-Tyteca, L., La Nouvelle Rhétorique. Traité de l'argumentation, Paris, 1958 (citaremos a partir de la traducción española: Tratado de la argumentación. La nueva retórica, Ed. Gredos, Madrid, 1989).

6. García Berrio, A., "Il ruolo della retorica nell' analisi/interpretazione dei testi literari", Versus 35-36 (1983), pp. 99-154; "Retórica como ciencia de la expresividad (presupuestos para una Retórica General)", Estudios de Lingüística 2 (1984) 7-59; Teoría de la Literatura (La construcción del significado poético), Cátedra , Madrid, 1989, 140 ss. J. M. Pozuelo Yvancos, Del Formalismo a la Neorretórica, Taurus, Madrid, 1988, 206 ss.

7. La "nueva retórica" protesta del hecho de que esta disciplina se entienda no como arte o tratado de persuasión, que es lo que en su origen fue, sino como mero manual del estilo o el conjunto de las normas y recomendaciones contenidas en uno solo de los libros -el III- de la Retórica aristotélica o, peor aún, como el estudio de una larga lista de figuras para lograr un estilo florido y vacío, carente de contenido filosófico alguno. Una concepción que fue arrastrándose desde la época postciceroniana y fue retomada y tenida por incontrovertible en el espacio cronológico comprendido entre los siglos XVII y XIX.

8. Cf. López Eire, A. y Santiago Guervós, J. de, Retórica y comunicación política, Cátedra, Madrid, 2000, p. 98.

9. Cf. Lo Cascio, V., Gramática de la argumentación, Alianza Universidad, Madrid, 1998 (=1991), p. 87.

10. Cf. Perelman, Ch. y Olbrechts-Tyteca, L., "Nouvelle Rhétorique: Logique et Rhétorique". En A. Lempereur, L'homme et la Rhétorique, Paris, 1990, pp. 117-151; p. 120.

11. Garrido Gallardo, M. A., La Musa de la Retórica. Problemas y métodos de la ciencia de la literatura, C.S.I.C., Madrid, 1994, p. 187.

12. Retórica, 1355 a 24. Cf. también Cicerón, Particiones Oratorias, 90: "Y puesto que el discurso debe acomodarse no sólo a la verdad, sino también a las opiniones de los que escuchan, entendamos este principio en primer lugar: que el género humano se divide en dos especies, la una desprovista de instrucción y de maneras, hasta el punto de que en todo momento pone por delante la utilidad a la moralidad, y la otra imbuida de humanidad y cultura, de forma que antepone la dignidad a toda cosa".

13. Perelman, Ch. y Olbrechts-Tyteca, L., Tratado de la Argumentación. La nueva Retórica, Ed. Gredos, Madrid, 1989, p. 146.

15. Perelman, Ch. y Olbrechts-Tyteca, L., Tratado de la Argumentación. La nueva Retórica, Ed. Gredos, Madrid, 1989, p. 147.

16. Perelman y Olbrechts-Tyteca tratan el ejemplo como uno de los tres tipos de argumentos basados en el "caso particular"; los otros dos son la ilustración y el modelo. Cf. Tratado de la Argumentación. La nueva Retórica, Ed. Gredos, Madrid, 1989, p. 536 y ss.

17. Mortara Garavelli, B., Manual de Retórica, Ed. Cátedra, Madrid, 1988, p. 87.

18. Vid a este respecto el trabajo de Rodríguez de las Heras, A., "Las regulaciones del conflicto", Norba 2 (1981), Cáceres, pp. 273-280, que propone un análisis del discurso político a partir de siete "regulaciones" o estrategias emotivas que adopta el orador en relación triangular con el auditorio y el conflicto: expulsión, favor, miedo, desviación, culpabilidad, represión y sublimación. Según esta metodología, se pueden generalizar los comportamientos de todos los oradores políticos con una serie de criterios básicos relacionados con el empleo de unas "regulaciones" más que de otras. Su discípulo M. P. Díaz Barrado (Análisis del discurso político. Una aplicación metodológica, Editora Regional de Extremadura, Mérida, 1989) aplica esta metodología al estudio de los discursos del socialismo español.

19. Cf. Incisa, L., s.v. "Populismo", en Diccionario de política, N. Bobbio y N. Mateucci (comps.), Ed. Siglo XXI, Madrid., 1983, p. 1287: "La apelación a la fuerza regenerante del mito—y el mito del pueblo es el más fascinante y el más oscuro, al mismo tiempo el más inmotivado y el más funcional en la lucha por el poder político—está latente aun en la sociedad más articulada y compleja, más allá del orden pluralista, listo para materializarse repentinamente en los momentos de crisis".

20. Definió Max Weber la autoridad carismática como la "devoción afectiva a la persona del señor y a sus dotes sobrenaturales (carisma) y, en particular: facultades mágicas, revelaciones o heroísmo, poder intelectual u oratorio. Lo siempre nuevo, lo extracotidiano, lo nunca visto y la entrega emotiva que provocan constituyen aquí la fuente de la devoción personal. Sus tipos más puros son el dominio del profeta, del héroe guerrero y del gran demagogo" (Economía y Sociedad, FCE, México, 1944, p. 47).

21. Cf. Torres Ballesteros, S., "El populismo: un concepto escurridizo", en Álvarez Junco, J. (comp.), Populismo, caudillaje y discurso demagógico, Centro de Investigaciones Sociológicas-Siglo XXI Ed., Madrid, 1987, pp. 159-180.

22. Cf. Aranzadi, J.,Milenarismo vasco, Taurus, Madrid, 1981, p. 226: "En todos los movimientos nacionalistas de las dos últimas olas de construcciones nacionales [...] desempeña un importantísimo papel ideológico la presunta 'recuperación del pasado nacional'; en la génesis de este anhelo común influye ciertamente el 'recuerdo' mitificado de antiguos reinos, imperios o formas políticas autóctonas, pero el sustrato básico que lo alimenta sobre el que tal 'recuerdo' se superpone—'nacionalizándolo' y politizándolo—lo constituyen siempre diversos mitos cristianos o paganos que giran en torno a una perdida Edad de Oro y el anhelo del Retorno al Paraíso".

23. Institución Oratoria, VIII, Proemio, 15.

24. Perelman defiende este uso argumentativo de las figuras, que clasifica por los efectos que producen de elección (imponen o sugieren una elección), presencia (aumentan la presencia del mensaje) y comunión (realizan la comunión con el auditorio). Cf. Perelman, Ch. y Olbrechts-Tyteca, L., Tratado de la Argumentación.

La nueva Retórica, Ed. Gredos, Madrid, 1989, pp. 268-285.

25. Institución Oratoria, VIII, 85.

26. Institución Oratoria, XI,1,2.

27. Vid. en Ortega Carmona, A., El discurso político: retórica, parlamento, dialéctica, Fundación Cánovas del Castillo, Madrid, 1994, pp. 107-124, una selección de las figuras de palabra y de sentido de mayor aplicación y empleo, según el autor, en el discurso político.

28. Retórica, 1404 b.

29. Cf. Santiago Guervós, J. de, El léxico político de la transición española, Ed. Universidad de Salamanca, Salamanca, 1992, p. 15.

30. Cf. el buen estudio de conjunto de Mizzau, M., L'ironia. La contradizzione consentita, Feltrinelli, Milán, 1984.

31. Sobre el orador, III, 53, 203

32. Cf. Perelman, Ch. y Olbrechts-Tyteca, L., Tratado de la Argumentación. La nueva Retórica, Ed. Gredos, Madrid, 1989, p. 325.

33. Contra Filipo III, 65-66.

34. Laín Entralgo, P., "Parlamento y lenguaje", Revista de las Cortes Generales, núm. 1, enero-abril, 1984, p. 79.

35. Cf Cazorla, J. Ma, La oratoria parlamentaria, Espasa Calpe, Madrid, 1985, p. 162: "Termómetro indicativo de la salud que goce la oratoria parlamentaria es el mayor o menor grado de ironía que nutre los discursos. La ironía es un arma a la que se recurre en nuestras Cámaras, pero debe recurrirse más todavía; recuérdese que constituye expediente que atribuye al debate lozanía, flexibilidad, imaginación y que, debidamente utilizado, amplía el ámbito al que debe ceñirse el orador, pues bordea la cortesía parlamentaria sin infringirla".

36. Institución Oratoria, XI, 1. En esta misma línea se expresó Cicerón (Sobre el orador, III, 210): "Aunque esto queda ciertamente en claro, que no a todo proceso, ni oyente, ni persona, ni situación le conviene el mismo modo de expresión".

37. López, J. Ma., Lecciones de elocuencia en general. Madrid, 1849-1850, p. 78.

38. Fernández Flórez, W., Acotaciones de un oyente, vol. 1, Editorial Prensa Española, Madrid, 1962, p. 50.

39. Sobre el significado de este discurso en el marco de la ideología de Sagasta vid. el citado estudio de Ollero Vallés, J. L., El progresismo como proyecto político en el reinado de Isabel II: Práxedes Mateo-Sagasta, 1854-1868, Instituto de Estudios Riojanos, Logroño, 1999, pp. 134-140.

40. Sobre el tratamiento de la cuestión religiosa en el Bienio vid. Fernández García, A., "La cuestión religiosa en la Constitución del Bienio Progresista", Perspectivas de la España Contemporánea. Estudios en homenaje al profesor V. Palacio Atard, Madrid, 1986, pp. 109-141.

41. Cf. Aristóteles, Retórica 1415a. Retórica a Herenio I, 4. Quintiliano, Institución Oratoria, IV, 1, 1.

42. Quintiliano, Institución Oratoria, IV, 1, 8.

43. Recordemos que la retórica clásica establece una tripartición para el discurso, con un principio o exordio, un cuerpo central (integrado por la exposición y la demostración) y un final o conclusión. Tal ordenación se ha demostrado como la más efectiva, pues el orador dispone su discurso como algo cerrado y da al auditorio sensación de seguridad y de dominio del asunto.

44. Es la argumentación a partir del quis, el primero de los llamados lugares (tópoi, loci) retóricos que aparecen formulados en el clásico quis, quid, cur, ubi, quando, quemadmodum, quibus adminiculis? ("¿quién, qué, por qué, dónde, cuándo, cómo, con qué medios?"), una utilísima red de referencias aplicables al contenido expositivo y argumentativo del discurso. Tales lugares sintetizan las preguntas básicas que debe hacerse un orador para determinar las ideas y los argumentos de su discurso. Cf. Cicerón, La invención retórica I, 24, 34 ss.. Quintiliano, Institución Oratoria V, 10, 23 ss.

45. Cf. Aristóteles, Retórica 1377b: "puesto que la retórica tiene por objeto formar un juicio [...], resulta necesario atender no sólo a que el discurso sea probatorio y convincente, sino también a presentarse uno mismo de una determinada manera y a inclinar a su favor al que juzga. Porque es muy importante para la persuasión [...] el modo como se presente el orador".

46. Quintiliano, Institución Oratoria, IV, 5, 4.

47. Cf. el pormenorizado tratamiento de la cuestión ofrecido por Cicerón en La invención retórica I, 53,100 ss.

48. El discurso de Salustiano de Olózaga De la elocuencia, leído en la sesión inaugural del curso de la Academia de Jurisprudencia de Madrid el 10 de diciembre de 1863, es una importante fuente para conocer el origen y desarrollo de la oratoria parlamentaria española.

49. Cf. Kibédi Varga, A., "Universalité et limites de la rhétorique", Rhetorica 18 (2000), pp. 1-28; p. 2.

50. Cf. Cicerón, Sobre el orador. III, 56 "La acción (actio) domina, ella sola, en la oratoria; sin ella el más excelso orador no puede ocupar ningún puesto en la lista, mientras que uno mediocre formado en ella puede con frecuencia sobrepujar a los más excelentes".

51. Cf. Ps. Longino, Sobre lo sublime, XVIII: "mediante preguntas lo dicho gana en intensidad y se vuelve más activo, eficaz e impresionante".

52. Sobre el efecto "vigoroso y animado" que esta figura retórica confiere al discurso vid. Hermógenes, Sobre las especies de estilo, 276.

53. Vid. las siguientes palabras que le dedica F. Cañamaque (Los oradores de 1869, Madrid, 1879, pp. 2645): "Se me dirá que carece de las formas de Castelar, de la corrección de Martos, de la abundancia de Cánovas. Pero tiene fuego, electricidad, mucha electricidad en su palabra y en su persona. Tiene, sobre todo, algo que cautiva, que retiene, que agrada, que regocija interiormente como pocos oradores, quizá como ninguno. Enérgico y apasionado, joven su espíritu aunque canosa su barba, da a todo lo que dice tal expresión, tal arte, tal intención política, que uno no puede menos de exclamar: ¡Bien, muy bien por D. Práxedes!, y nadie quisiera encontrarse en el pellejo de sus adversarios".

54. Esperamos poder ofrecer pronto el estudio global de la oratoria política de Sagasta que nos permita valorar su evolución ideológica y estilística por medio del análisis del tipo de argumentos y de recursos retóricos que utiliza en las sucesivas etapas históricas y en los distintos contextos.

domingo, 12 de febrero de 2012

Las grandes coleccionistas y bibliofilos;

Grandes coleccionistas:

fotografía

1).-Sir Thomas Phillipps, 1º Baronet 

(2 de julio de 1792 — 6 de febrero de 1872), fue un coleccionista de libros y anticuario británico. Se hizo famoso por reunir la mayor colección de material manuscrito en el siglo XIX, debido a su severa condición de bibliómano. 
Acumuló cerca de 40.000 ejemplares de libros y 60.000 manuscritos que llenaron su mansión. Llegó al extremo de adquirir grandes lotes de papeles oficiales de una notaría pública que estaban a punto de desecharse.
Hizo que su primera esposa e hijos le ayudaran a clasificar cada uno de los ejemplares, muchos de ellos adquiridos por kilo. "Quiero tener todos los libros del mundo", le escribió a un amigo. El único lugar que no estuvo ocupado fue un rincon donde su esposa guardaba sus vestidos.
Esta manía lo llevó a perder su fortuna, y causó el desgaste físico y emocional de sus esposas durante los dos matrimonios que tuvo. Gran parte de su colección quedó sin clasificar, y tuvieron que pasar más de 50 años para que buena parte de ella terminara en distintas bibliotecas de Europa e Inglaterra.
Él era un hijo ilegítimo de un fabricante de textiles y que heredó una fortuna importante, que enajeno en comprar libros y pergaminos , y, cuando enajeno fortuna, se endeudó fuertemente para comprar manuscritos, poniendo a su familia profundamente en deuda. Gasto entre docientos mil y un cuarto de millón de libras para tener colección.
Philipps comenzó su recolección cuando aún estaba en la Rugby School y continuó en universidad de Oxford. Su éxito como un coleccionista debía por la dispersión de las bibliotecas monásticas posteriores a la Revolución Francesa y precio barato de una gran cantidad de material de pergamino, en particular los documentos legales ingleses, muchos de que deben su supervivencia a este coleccionista Phillipps. 
Era un asiduo catalogador  no sólo para registrar sus fondos bibliográficos, sino también a publicar sus conclusiones en topografía y  genealogía inglesa .
A su muerte la colección se disperso, ya fue vendida a la Biblioteca Real de Berlin, la Biblioteca Real de Belgica y el Archivo provincial de Utrecht, así como a las Bibliotecas de J. Pierpont Morgan y Henry E. Huntington .
En 1946, lo que se conoce como el "residuo"  de la colección se vendió a los libreros Phillip y Robinson Lionel por 100.000 libras, aunque esta parte de la colección fue sin catalogar y sin examinar. La parte final de la colección fue vendida por tienda Christie 's , el 7 de junio de 2006.
Una historia de cinco volúmenes de la colección y su dispersión, Estudios Phillipps , por ANL Munby se publicó entre 1951 y 1960.

Nota.


A pesar de que habitaba una mansión pronto se quedó sin paredes donde almacenar sus preciados ejemplares. Las nuevas adquisiciones que llegaban a diario, se amontonaban formando temblorosas pilas, murallas y pirámides en cada una de las habitaciones de la casa. Su esposa y sus hijas tuvieron que exiliarse en un ambiente pequeño y acostumbrarse a caminar esquivando las cajas con libros que su marido no tenía tiempo de abrir.
Phillipps estaba convencido de que era un benefactor, que con sus compras compulsivas salvaba de la destrucción a miles de importantes obras. 

Los años y su locura acaparadora lo convirtieron en un hombre intratable. Su familia y personas cercanas a el lo describían como apático, intolerante, egoísta, terco, autoritario y poco comunicativo. 

2).-Richard de Bury

 (24 de enero de 1287 – 14 de abril de 1345), también conocido como Richard Aungerville (o Aungervyle), fue un escritor, bibliófilo, monje benedictino, obispo de Durham de 1333 a 1345 y uno de los primeros coleccionistas de libros de Inglaterra. Se le recuerda primordialmente por su obra Filobiblión, escrita para enseñar a los clérigos el amor a los libros. Esta obra se considera como una de las primeras en discutir a fondo la actividad bibliotecaria.

Datos biográficos

Richard de Bury nació cerca de Bury St. Edmunds, en Suffolk, condado de Inglaterra. Fue hijo de Sir Richard Aungervyle, quien descendía de uno de los lugartenientes de Guillermo El Conquistador. Aungervyle se estableció en Leicestershire, y su familia tomó posesión del paraje de Willoughby. El año de nacimiento de Richard de Bury ha sido cuestionado y existe información contradictoria; según la Enciclopedia Católica fue en 1281, otros historiadores acreditan que ocurrió en 1286 o 1287. Investigacones recientes indican que la fecha más probable fue el año de 1287.
Su padre, Richard Aungervyle, murió en la infancia de De Bury. Fue educado por su tío materno John de Willoughby, y al terminar su escuela primaria fue enviado a la Universidad de Oxford, donde estudió filosofía y teología. Tomó los hábitos de monje con los benedictinos en la catedral de Durham. Fue nombrado tutor del futuro rey Eduardo III de Inglaterra de cuyo reino fue más tarde canciller y tesorero. Conforme al testimonio de Thomas Frognall Dibdin, influyó en el príncipe y le inspiró el amor a los libros.

Administrador del reino

De alguna manera estuvo involucrado en las intrigas que antecedieron la deposición de Eduardo II de Inglaterra, proveyendo a Isabel de Francia (conocida como la Loba de Francia) y a su amante Roger Mortimer, en París, dinero de los ingresos de Brienne, siendo él tesorero. Tuvo que esconderse en París para evitar ser aprehendido por los enviados de Eduardo II, rey que finalmente fue depuesto. Llegado al poder Eduardo III, fue acogido de Bury en la corte con el agradecimiento por los servicios prestados y promovido rápidamente.3 El rey lo recomendó al Papa Juan XXII que finalmente lo impulsó al obispaddo de Durham. Durante sus viajes a Avignon, cuando el Papa estaba en el exilio, conoció a Petrarca con quien estableció una relación de amistad y que registró su opinión de Richard de Bury: "no es un ignorante de la literatura y desde su juventud muestra curiosidad más allá de lo creíble por las cuestiones ocultas." Petrarca le pidió información sobre el Thule o Tile pero de Bury que prometió enviàrsela cuando regresara a casa y estuviera entre sus libros, nunca lo hizo.

Obispo de Durham

Fue nombrado obispo de Durham en 1333 por el rey, pasando por encima de la opinión de los monjes quienes habían ya elegido a Robert de Graynes. En el mes de febrero de 1334 de Bury fue designado tesorero del reino, nombramiento que más tarde cambió por el de canciller. En esa posición sirvió en varias misiones diplomáticas delicadas como la disputa que se dio entre el rey Eduardo III y el rey de Francia. También atendió misiones de paz en las que alternó con personajes como el rey Luis IV de Francia.
Dejó la actividad pública hacia 1342 para dedicarse a su diócesis y a acumular un importante acervo bibliográfico, muy notable para la época. Su pasión verdadera se manifestó en el amor a los libros. Esta bibliofilia quedó de manifiesto en su obra más importante que se intituló Filobiblión (en griego: amor por los libros), un tratado escrito en latín ponderando la virtud de los libros. El libro fue publicado por primera vez en 1473 aunque había sido escrito desde 1344.6 La traducción al inglés más confiable de la obra fue hecha por Ernest C. Thomas en 1888.7 Alfred Hessel describe el Filobiblión como una apología que contiene sabios consejos de biblioteconomía en una envoltura medioeval.

Bibliófilo

Richard de Bury ofrece en su Filobiblión un recuento de sus esfuerzos para coleccionar libros y para establecer la biblioteca de Oxford de la que sus propios libros integraron el núcleo. Establece las reglas de operación de la biblioteca incluyendo detalles acerca del cómo prestar y cuidar los libros.
El obispo murió en la pobreza el 14 de abril de 1345 y existe evidencia de que su colección se dispersó después de su muerte. La máxima autoridad sobre la vida del obispo de Durham fue William de Chambre.

3).-Samuel Pepys

Samuel Pepys es quizás uno de los diaristas más conocidos de la historia de la literatura. Sus Diarios (digitalizados en Pepys’ Diary), comenzados el 1 de enero de 1660 y concluídos el 31 de mayo de 1669, consignados taquigráficamente para eludir, seguramente, el fisgoneo indeseado o, quizás, las inconveniencias e incomodidades que hubieran podido derivarse de sus observaciones sobre la vida de la Restauración inglesa, fueron el primer libro que ocupó aquella selecta biblioteca.

La biblioteca de un caballero, según dejara establecido Samuel Pepys, debía tener “en pocos libros y en el espacio más reducido”, la máxima variedad de materias, estilos y lenguas “que su propietario pueda portar”. La cantidad que Pepys estableció después de una vida dedicada al acopio, el coleccionismo, el espurgo y la catalogación, fue de 3000, cantidad que hoy puede verse íntegra e inalterable en el Magdalene College de Oxford.

La ordenación de sus 3000 libros -que nunca fueron los mismos y que rotaban de acuerdo con sus intereses e inquietudes pero que siempre se mantuvieron en esa cifra- respondía a criterios casi decorativos, porque su ordenación se realizaba por tamaños, desde los más pequeños en octavo hasta los grandes infolios que ocupaban, como puede verse en la foto superior, los flancos de su escritorio. Esa ordenación por dimensiones y tamaños le obligaba a una reordenación continua de los ejemplares que componían su biblioteca y, lo que resultaba aún más trabajoso y prolijo, a la renovación de sus catálogos, uno que listaba los títulos por el número correlativo que se le asignaba, asociado a su tamaño y a la estantería que le correspondía, y otro alfabético.
epys hizo construir estanterías en roble -del mismo material que los navíos que se construían en los astilleros de los que era administrador- numeradas y protegidas mediante cristales -las primeras, se dice, que fueron concebidas de esa manera para proteger sus libros-, e hizo encuadernar uno a uno sus ejemplares en piel dorando sus lomos e inscribiendo títulos y autores, en un ejercicio de equilibrio formal que era trasunto de la puntillosidad y exactitud con que conducía su propia vida. El olor a roble, a cuero encerado y a papel antiguo, hacen todavía hoy de la visita a su biblioteca una experiencia sensorial incomparable.
Para que sus libros no pudieran sufrir quebranto alguno tras su muerte, Pepys estableció en su testamento que fuera su sobrino, el hijo de su hermano John, quien disfrutara de su legado hasta su propio fallecimiento, momento en el que disponía que su biblioteca pasara intacta a uno de los colegios de la Universidad de Oxford, fuera el de Magdalene -donde finalmente quedó- o el Trinity. En cualquiera de los dos casos, no obstante, quedaba terminantemente prohibido añadir o sustraer un solo ejemplar a la colección original, porque la biblioteca de un caballero debía consistir, ni uno más ni uno menos, en tres mil ejemplares debidamente elegidos y cuidados.

4).-Antonio Magliabechi

( Florencia , 29 de de octubre de, 1633 - Florencia , 4 de julio de 1714 ) fue académico italiano y bibliófilo.
“La figura más pintoresca en los anales de la bibliofilia italiana es, sin duda, Antonio Magliabecchi”, así lo afirmaba, sin resquicio de duda, en el año 1914, Theodore W. Koch, en su artículo Some Old-Time Old-World Librarians. Magliabecchi, el “glotón de libros”, hijo de una familia modesta que acabaría convertido en el regio bibliotecario del Duque de la Toscana y donante de su formidable biblioteca personal, tras su muerte, a la ciudad de Florencia, donde todavía hoy puede contemplarse su desenfadado busto en un rincón de la Biblioteca Nacional Central.
Is unus bibliotheca magna, en sí mismo es una gran biblioteca, es el hombre biblioteca. Así se deja recomponer el nombre de Magliabechius si se traspone al latín, revelando cuál era la aspiración incombustible inscrita en su apellido.

Hijo de una familia modesta, aprendiz de librero gracias a la oportunidad profética que un vecino le proporcionó, bibliotecario de Cósimo III, Gran Duque de la Toscana, y hombre biblioteca, incapaz de alejarse no ya sólo de su ciudad de Florencia, de la que no se conoce que nunca saliera, sino de entre los mismos estantes que conformaban la biblioteca del mecenas bibliográfico, entre las que dormía tumbado en un camastro de madera, entre las que hacía su vida olvidándose, literalmente, de comer o de cobrar el salario que como bibliotecario debía percibir.
Bibliómano sedentario, viajero inmóvil, memorioso inmutable, conocía incluso la disposición en los anaqueles de todos los libros de las bibliotecas que conocía, exclusivamente, a través de la correspondencia que mantenía con sus colegas bibliotecarios, hasta el punto que, según revela la anécdota más conocida, cuando el Duque toscano le consultó, en una ocasión, si podía adquirir un título especialmente valioso y escaso, contestó: “No señor. La única copia que de esta obra está en Constantinopla, en la biblioteca del Sultán, el séptimo volumen en la segunda estantería a la derecha según se entra”.
No dejó, que se sepa, testimonio escrito de su sabiduría, ágrafo ilustrado que ganó su reputación porque se convirtío, durante la segunda mitad del siglo XVII, en la referencia incontestable de toda Europa en materia bibliográfica, de manera que cualquier especalista o experto debía referise a él para constrastar la información buscada. Eric W. Cochrane escribió en el año 1958 en “The Settecento Medievalists“: Magliabechi nunca ofreció prueba alguna de su sabiduría mediante la escritura de libros: la apreciación de los autores que le solicitaban ayuda e información mantuvieron la prominencia de su nombre en las dedicatorias y agradecimientos de más de la mitad de los libros que se publicaron a lo largo de su vida”.
Los 30000 libros que componían su biblioteca personal, según establecía su testamento, deberían pasar a nutrir los fondos de la ciudad de Florencia siempre que se mantuvieran gratuitamente a disposición pública. Su contribución al patrimonio bibliográfico toscano estuvo contenida, hasta el año 1860, en la Biblioteca Magliabechiana, para pasar a formar parte, más tarde, de la ya mencionada Biblioteca Nacional Central.
Magliabechi, el hombre biblioteca, el hombre habitado de libros, fue hallado muerto en el año 1714 sentado en una silla de mimbre “sucio, harapiento y feliz como un rey”.

5).- Napoleón

La famosa frase de Napoleón "No esta noche, Josefina" parece no haber sido inspirada por cansancio sino por una pasión aún mayor. Una que, siendo mucho menos carnal, lo condujo incluso a la delincuencia.
Cuando el final de su gran imperio se aproximaba, el más ilustre exiliado del mundo no se contentó con irse con su libro favorito. Tras abdicar en abril de 1814, Bonaparte vació la biblioteca de Fontainebleau, llevándose unos 700 volúmenes ante la vista de su horrorizado bibliotecario. Las obras incluían desde un estudio de flores inglés en versión infantil hasta una edición en francés del "Don Quijote" impresa en Amsterdam.
Diez meses más tarde, cuando el gran corso salió a encontrar su Waterloo, la colección en Elba había aumentado hasta llegar a los 2378 libros, la mayoría hurtados de otras bibliotecas. Napoleón prefería llamar este innoble método de adquisición un "enlévement", es decir, un "rapto".
Por primera vez una exhibición en el chateau de Fontainebleau, en el departamento de Seine-et-Marne, confirma esta extraña bibliomanía, un fenómeno que los historiadores atribuyeron durante años a un intento de convencer al enemigo de que había abandonado la vida militar para abrazar la académica.


"No hay engaño alguno. Napoleón tenía una pasión incontrolable por la lectura", sostiene Daniélle Véron Denise, curadora de la muestra. "Leía todo lo que caía en sus manos y a gran velocidad. Había días en que devoraba hasta tres libros."
Su interés en geografía, historia, filosofía, ciencia, agricultura, astronomía, ingeniera y, por supuesto, guerra y política, iba de la mano de su fascinación por las obras de ficción y la poesía.
"El leía todas las últimas novelas con sorprendente voracidad y solía quejarse de no recibir todas las que quería y al ritmo que las esperaba -agregó la experta-. Las leía en su carruaje durante las campañas, y si no le gustaba lo que decían las arrojaba con furia por la ventanilla."
Esta obsesión parece haber comenzado tras la expedición a Egipto, cuando su residencia oficial en París, Malmaison, recibió cerca de 6000 ejemplares hurtados en el trayecto. Napoleón hizo abrir bibliotecas en palacio de las Tullerías y en los palacios de Saint-Cloud, Trianon, Compiégne y Rambouillet, todos a escasa distancia de su hogar, para colocar los volúmenes recogidos en los países que su imperio iba anexando.

Opinión para la posteridad

En cada viaje expedicionario, incluida la dramática incursión en las estepas rusas, Napoleón se hacía transportar una biblioteca personal con cerca de mil libros.
Sus autores preferidos eran Homero, Virgilio, César, Voltaire, Corneille, Maquiavello, Pascal, Goldoni y Madame Stäel. El emperador no dudaba en garabatear críticas y loas en los márgenes de las obras. Se asegura, incluso, que su cualidad de ambidiestro le permitía imprimir sus opiniones al mismo tiempo que cabalgaba.

"Podría haber estado en vísperas de Iena o de Austerlitz", escribió acerca de la atmósfera previa a una batalla en "La Ilíada", de Homero. "Esta es una pintura de la verdad!", destacaría para la posteridad.
Sus gustos se extendían incluso a la lectura de trabajos de sus archienemigos, los ingleses, incluidos entre ellos las memorias de victoriosos generales. Entre las obras que solía llevarse a la cama se encontraban ocho volúmenes de "Las Leyendas de Ossian", de James Macpherson, una pieza literaria romántica que inspiró a Goethe, a Schiller y a Byron y que entonces se creía que eran una compilación de historias celtas que probaban la existencia de una raza pura de "highlanders". Años más tarde se descubriría que habían sido escritas a fines del siglo XVIII por un pícaro escocés.
Tras Waterloo, Napoleón experimentó también una derrota literaria cuando el mariscal prusiano Blücher von Wahstatt puso en acción a su caballería para impedir que el fugitivo francés se llevara consigo 10.000 libros del palacio de Trianon.

Mientras su entorno se preparaba para recibir instrucciones sobre el exilio a Santa Helena, Napoleón tomó refugio como la biblioteca de Malmaison. Cuando las tropas de la coalición europea fueron a buscarlo, lo encontraron leyendo una popular novela. Desgraciadamente, su título sigue siendo hoy un misterio.

6).-Bartolomé José Gallardo y Blanco

(Campanario, Badajoz, 13 de agosto de 1776 – Alcoy, Alicante, 14 de septiembre de 1852) fue un bibliógrafo, erudito y escritor español.

Biblioteca

Es en Londres, durante exilio,  donde consigue formar su mayor biblioteca. Inglaterra era un importante centro de producción editorial en el siglo XVIII. 

Biografía

Hijo de humildes labradores, estudió filosofía en Salamanca protegido por Juan María de Herrera, bibliotecario de la universidad, y por el obispo Tavira. Sin embargo, leyó activamente a los filósofos ilustrados del enciclopedismo francés. Especialmente le influyeron las ideas de John Locke y Condillac. En 1808 se sumó a los patriotas contra los franceses y anduvo arengando pueblos por su natal Extremadura. Las Cortes, reunidas en el oratorio de San Felipe Neri en Cádiz, le nombraron su bibliotecario.
En 1811 publicó el célebre Diccionario crítico-burlesco del que se titula Diccionario razonado manual, que es la sátira anticlerical más dura y difundida de la época de las Cortes de Cádiz y constituye una de las obras claves y más influyentes del anticlericalismo español de la primera mitad siglo XIX, sólo comparable a otro texto del mismo estilo, Los lamentos políticos de un pobrecito holgazán de Sebastián de Miñano.
En 1814, restablecido Fernando VII en el trono, Gallardo huyó de España junto a otros liberales y de Lisboa pasó a Bristol y desde allí a Londres. 

En 1820, restaurado el régimen liberal, volvió a España y recuperó su antiguo cargo de bibliotecario del Congreso de los Diputados. En 1823, al estallar en Sevilla un tumulto popular reaccionario, perdió sus escritos literarios, filológicos y bibliográficos, entre ellos una Historia del teatro español y un Diccionario de la lengua castellana con más de 150.000 papeletas. En 1834 fue elegido diputado por la provincia de Badajoz. 
En 1835 inició las ocho entregas de su serie El Criticón, importantes estudios sobre literatura española donde, entre otras cuestiones, rebatió la superchería de un presunto Buscapié compuesto por Miguel de Cervantes y que había sido encontrado y publicado por Adolfo de Castro y Rossi. 
Pasó sus últimos años en La Alberquilla, casa situada en una dehesa del mismo nombre próxima a Toledo, entre sus libros y consagrado a trabajos de erudición.

Obra

Fiel a sus orígenes, fue un liberal republicano y anticlerical hasta el fin de sus días, bibliófilo apasionado y un bibliómano (se le acusó frecuentemente de ladrón de libros). Literariamente le atrajo el Romanticismo y cultivó un estilo algo amanerado a causa de su amor por los arcaísmos y las antigüedades castizas del lenguaje. Se destacó como periodista satírico ya durante el periodo de las Cortes de Cádiz y compuso numerosos folletos (se han contado por lo menos unos noventa) para atacar a los políticos tradicionalistas o amantes de las componendas.
Su mayor aportación a los estudios bibliográficos españoles es su Ensayo de una biblioteca española de libros raros y curiosos, obra que se comenzó a publicar en 1863 con los materiales que Gallardo dejó a su muerte y que fueron ordenados por J. Sancho Rayón y M. R. Zarco del Valle. De este Ensayo aparecieron cuatro volúmenes, los dos últimos dirigidos por Marcelino Menéndez Pelayo (Madrid, Imprenta y Estereotipia de M. Rivadeneyra; Imprenta y Fundición de Manuel Tello, 1863-1889. Existe una edición facsímil publicada en 1968 por la editorial Gredos. La publicación de los materiales inéditos en un "Tomo quinto del Ensayo de una Biblioteca española de libros raros y curiosos de Bartolomé José Gallardo" fue proyectada en 2004 bajo la dirección de Víctor Infantes de Miguel).
Bartolomé José Gallardo ejerció un poderoso influjo sobre la crítica literaria de su tiempo, especialmente sobre Agustín Durán y Cayetano Alberto de la Barrera; en este terreno valoró sobre todo la fundamentación histórica del conocimiento de la literatura. También compuso numerosas poesías, de carácter satírico o de tipo fundamentalmente lírico, como la tempranamente romántica Blanca flor.

Nota


Bartolomé José Gallardo fue uno de esos personajes de la historia de Extremadura cuya peripecia personal y bagaje profesional bastarían para situarle entre los que más han engrandecido el nombre de la región. Pero Bartolomé José Gallardo consagró su vida a lo libros y eso ha reducido notablemente el brillo de su nombre a círculos cualificados que reconocen su labor ingente en la ordenación y rescate de la bibliografía española pero le ha mantenido más bien apartado del reconocimiento popular.
Si para piropear a algunos políticos se ha dicho de ellos que les cabía el Estado en la cabeza, González Manzanares dice de Gallaro que «le cabían todas las bibliotecas en la cabeza». Y no es una exageración. Cuando, en una de las frecuentes huídas que llevó a cabo en su vida para escapar de la persecución del absolutismo, perdió todos sus libros sólo tuvo que tirar de su memoria para rehacer por completo el catálogo de los miles de volúmenes extraviados que luego trató de recuperar poco a poco de las tienda y bibliotecas a las que fue a parar aquel tesoro reunido por un hombre que hizo de los libros su única prioridad.
Diputado y bibliotecario de las Cortes de Cádiz, estaba en Badajoz el 30 de mayo de 1808, cuando los disturbios provocados por la invasión francesa le hicierondar con sus huesos en la cárcel y a punto estuvo de ser ejecutado. Fue salvado en última instancia por José María de Calatrava e inició así su vida política que le llevó al exilio a Londres en 1813. Allí, según Manzanares, vivió seis felices años de su vida pues pudo trabajar en el British Museum con el principal especialista en el catálogo de libros antiguos castellanos.

El profesor Juan Manuel Rozas hizo de Gallardo una descripción que González Manzanares recoge para tratar de acotar una personalidad polifacética producto de una mente brillante: «Latinista, ortógrafo, fonetista, metricista, gramático, lexicográfico, filólogo, filósofo del lenguaje, editor de textos, historiador de la literatura, experto en pintura, dominador de todos los géneros literarios pues estudia desde la oratoria sagrada hasta la novela, es uno de nuestros primeros medievalistas, consumado cervantista, sumo conocedor del Siglo de Oro sobre todo de nuestra poesía y nuestro teatro, al mismo tiempo terrible polemista, escritor satírico y discreto poeta...». Son tan sólo algunos de los campos de trabajo de este intelectual que también se templó en el periodismo con alguno de los periódicos más famosos del entorno de las Cortes de Cádiz.

7).-Los Hermanos Collyer.



El Collyer Brothers Park, en el mismo lugar donde estaba la casa.

Cuando la policía de ciudad de Nueva York entró en la casa de los hermanos Collyer en Harlem el 21 de marzo de 1947. No podía dar crédito a lo que encontraron. La entrada y las habitaciones de la casa estaban llenas hasta el techo de trastos y basura, una llamada anónima les había alertado de la presencia de un cadáver, pero parecía que la búsqueda no iba a ser fácil ante la imposibilidad de avanzar.
Habían pasado casi 40 años desde que en 1909 el Doctor Herman Collyer Collyer se mudara con su familia Harlem, habían comprado una "brownstone" de cuatro plantas. A los Collyer tampoco les iban mal las cosas, el padre de Herman había sido uno de los mayores constructores de barcos del río Hudson, él era un reputado ginecólogo que trabajaba en el hospital de Bellevue y su mujer, Susie Gage Frost, había sido cantante de ópera.
Supuestamente, los Collyer descendían de la familia Livingston, una antigua y acaudalada estirpe neoyorquina de la que se tiene constancia desde el siglo XVII, y que había llegado en barco a la entonces colonia holandesa desde Inglaterra justo una semana después que el Mayflower.
La pareja había tenido, Homer y cinco años más tarde, Langley, que j estudiaron en la Universidad de Columbia. Homer se licenció en Derecho y Langley en ingeniería mecánica y química.
Los Collyer eran una familia más de Harlem, con algunas rarezas, pero que no parecían tener la menor importancia.  El padre murió en 1923 y la madre en 1929. En ese momento, los hermanos heredaron todas las posesiones de la familia y decidieron llevar todas esas posesiones a su casa de Harlem. Mientras Homer seguía ejerciendo como abogado, Langley se ganaba la vida como concertista de piano, llegando a tocar en una ocasión en el Carnegie Hall.
La mayoría de fuentes sitúan en 1932 la última aparición pública de Homer. Justo un año después, un derrame cerebral le causó hemorragias en ambos ojos y se quedó ciego. A partir de ese momento, Langley se dedicó a cuidarlo. Los hermanos decidieron no seguir los consejos de los médicos. “Somos hijos de médico y tenemos una biblioteca con más de 15.000 libros de medicina”, al parecer explicaba Langley. Langley sometió a su hermano a una dieta especial combinada con descanso que según él le ayudaría a recuperar la visión. Cien naranjas a la semana, pan integral y mantequilla de cacahuete, y para ayudar a descansar a los ojos, los tendría que mantener cerrados a todas horas.
Después de la pérdida de visión de Homer, Langley comenzó a guardar y a acumular los periódicos de la ciudad con la intención de que el día que Homer recuperara la visión, se pudiera poner al día. La salud de Homer, sin embargo, no se recuperaría y, más tarde, a causa del reumatismo que sufría, quedó casi paralítico.

Fue también durante estos años, que Langley comenzó deambular de noche por las calles, Langley también aprovechaba sus salidas nocturnas para recoger y llevar a su “refugio” todo aquello que le parecía de utilidad.
También, fueron varias las veces que los ladrones intentaron entrar en la casa atraídos por las supuestas riquezas que, según la prensa, los hermanos escondían en su interior. Mientras, reporteros sensacionalistas seguían entrevistando a familiares obscuros y lejanos de los dos hermanos, que en la misma puerta que Charles posó expresaban su preocupación por sus dos parientes.
A medida que el miedo de los hermanos crecía, también lo hacía su nivel de excentricidad y comenzaron a obsesionarse con la idea de que alguien entrara en la casa. En un primer momento, harto de gastar dinero en cambiar cristales, Langley tapió las ventanas con tablas. Aunque se sabe poco de la vida de los hermanos antes de 1938, algunos periódicos afirman que, si bien la casa tenía un aspecto tenebroso y descuidado, fue a partir de ese año cuando Langley comenzó a construir en el interior de la casa un laberinto con cajas llenas de basura.

Langley aplicó sus conocimientos de ingeniera para colocar cajas llenas de papeles o basura de forma entrelazada y ocultar entre ellas túneles que permitían pasar de una habitación a otra. Langley conocía su laberinto, pero cualquier otra persona hubiera tenido que retirar toda la “barricada” para poder pasar. Además, y por si esto fuera poco, Langley colocó varias trampas caseras en estos pasadizos, de manera que si algún intruso no deseado tropezaba con un cable se provocara un “alud” de papeles y cajas.
Los hermanos volvieron a atraer la atención de los medios en 1942, cuando dejaron de pagar la hipoteca de la casa. Al no cumplir con sus pagos, el banco comenzó el procedimiento de desahucio, enviando una cuadrilla de limpieza. Langley recibió a los limpiadores a gritos, instando a los vecinos a llamar a la policía. Cuando los agentes llegaron e intentaron entrar en la casa tirando la puerta abajo, vieron que un montón de basura les impedía adentrarse en la casa, un montón que llegaba desde el suelo hasta el techo.

En ese mismo instante, sin mediar palabra, Langley extendió un cheque de 6.700 dólares (el equivalente a unos 88.000 actuales) con el que cancelaba la hipoteca y ordenó a todos que abandonaran su casa mientras él se volvía a su refugio.
Pasarían unos años hasta que el 21 de marzo de 1947 a las 8.53 de la mañana la policía recibió una llamada anónima informando que en la casa de los Collyer había el cadáver de un hombre muerto. No tardó en acercarse una patrulla. Ante la imposibilidad de forzar la puerta de entrada, la policía tuvo que sacarla de sus goznes. Cuando finalmente pudieron entrar se volvieron a topar con el muro de cajas basura, periódicos, hierros y trastos diversos que les impedía continuar. Las escaleras del sótano estaban bloqueadas de la misma forma, así que tuvieron que forzar la ventana de la segunda planta para entrar y descubrir habitaciones y escaleras llenas hasta el techo de cajas, papeles y trastos.
Fue en torno al mediodía cuando dieron con el cadáver de uno de los hermanos, era el de Homer. La noticia de la muerte causó sensación y apareció en la portada de los principales periódicos de la ciudad. En sus páginas interiores, unos periódicos describían a Homer con barba, otros con bigote y otros sólo destacaban que vestía andrajos. Pero quedaba claro que hacía como mínimo tres días que no comía, antes de morir por una combinación de inanición, deshidratación y un ataque al corazón. La noticia atrajo a la puerta de la casa cientos de curiosos, que miraban asombrados los montones de basura que se acumulaban en la puerta.

Los limpiadores siguieron buscando al hermano. No fue una tarea fácil ya que el edificio parecía macizo, relleno de multitud de trastos y basura. Según el Times, sólo del vestíbulo de la primera planta se retiraron 19 toneladas de ruinas. Se sacaron unos 2.500 libros de la biblioteca legal de Homer. En medio de cientos de toneladas de basura, encontraron algunos retratos familiares al oleo, catorce pianos , candelabros, tapices, bicicletas oxidadas, alfombras orientales, maniquís, cinco violines, dos órganos, media docena de trenes de juguete, una antigua máquina de rayos X, dos rifles, tres revólveres, munición y un diploma escolar de Langley por buena conducta y puntualidad de abril de 1895.
Si bien una buena parte de los trastos eran objetos relacionados con la práctica médica de su padre, una parte importante estaba formada por los objetos que durante años Langley había ido recogiendo de la basura.
La propia casa se encontraba en un estado de conservación lamentable al no haberse llevado a cabo ningún tipo de mantenimiento durante años. El tejado tenía goteras, muchos muros estaban desconchados y otros se habían derrumbado.
En total, hasta el 3 de abril se habían retirado ya 51 toneladas de basura y objetos. Pero seguía sin haber rastro del hermano que faltaba, al que, por cierto, había numerosas personas que afirmaban haberlo visto no sólo en alguna parte de la ciudad, sino hasta en nueve estados distintos. La policía especuló con la posibilidad de que Langley se hubiera marchado antes de la misteriosa llamada y que, por tanto, la muerte de Homer hubiera sido debida a la desatención.
Finalmente, el 8 de abril los limpiadores dieron con el cuerpo de Langley. Estaba a no más de 3 metros de donde habían encontrado el de Homer. Había quedado sepultado bajo una maleta y tres enormes fajos de periódicos. Langley había quedado atrapado en uno de sus túneles al activar accidentalmente una de las trampas que el mismo había colocado. Según parece, llevaba la cena a su hermano. Era de su cadáver de donde emanaba el hedor que llegaba hasta la calle.
El 9 de mayo, el ayuntamiento después de haber retirado unas 130 toneladas de material diverso de la mansión, entre los que se incluían 25.000 libros, ordenó su demolición por haberse convertido en un peligro público. La fortuna de los dos hermanos fueron  reclamados por sus familiares.

Algunos de los objetos más extraños que se encontraron en la casa fueron exhibidos en el Hubert’s Dime Museum, junto a las otras “maravillas humanas” del museo. El objeto central de la exposición dedicada a los hermanos era la silla sobre la que Homer había sido encontrado muerto. Años más tarde, la silla cambió de manos y fue adquiriendo una fama de ser un objeto maldito a causa de las desgracias que había traído a los hermanos. Aunque dicha maldición pareció no importar al coleccionista de curiosidades de Orlando que la y hoy segue siendo su propietario.

8).-El estudio de inventarios de bibliotecas del Siglo de Oro resulta de gran importancia para aquellos que se interesan por la cultura áurea, pues desvela datos sobre sus poseedores; también sobre lecturas, obras, ejemplares, etc., que de otra manera no podríamos conocer. Una de las bibliotecas más importantes del siglo XVII fue la de don Lorenzo Ramírez de Prado, erudito y bibliófilo, que reunió en su casa madrileña por lo menos unos 8.951 volúmenes. Quizás la especial relación que tuvo don Lorenzo con América a lo largo de su vida –fue ahijado del humanista Pedro de Valencia, cronista de Indias; fue Consejero de Indias desde 1626 hasta su muerte, como también lo fue su hermano Alonso; otro de sus hermanos, Marcos, fue obispo de Michoacán, etc.–, influyó en que entre los fondos de su biblioteca se encuentren las principales obras de tema americano y algunas editadas en el Nuevo Mundo. En este trabajo pretendemos, tras el examen exhaustivo del inventario, ofrecer una relación de los registros del fondo americano (tema americano y obras impresas en América) que existían en la librería en el momento en que se inventarió, seguido del análisis y las conclusiones de este.
  
No tuvieron demasiada suerte quienes dedicaron sus afanes, tiempo y dinero a formar ricas y selectas bibliotecas, puesto que tales recursos parecieron a sus herederos dignos de mejor destino. Así ocurrió con una de las más ricas bibliotecas del siglo xvii español, la de Lorenzo Ramírez de Prado. A su muerte, en 1658, la viuda no tardó mucho en expresar sus deseos de deshacerse de tan preciado bien. El destino se vengó: su marido había coleccionado «demasiados» libros y por fuerza había de haber entre ellos no pocos sospechosos, de modo que antes de ponerse a la venta debía sufrir la inspección de los visitadores del Santo Oficio. Así las cosas, doña Lorenza de Cárdenas no pudo desalojar a tan molesta inquilina hasta 1662, año en el que se data el impreso que contiene el inventario de los libros (Entrambasaguas 1943a; Rodríguez-Moñino).
Nada aparece en el testamento de Prado sobre el destino de los libros. Entrambasaguas, biógrafo de la familia Ramírez de Prado y editor del inventario de la biblioteca de don Lorenzo, postula una probable compra por parte del salmantino Colegio mayor de Cuenca, sin que aporte pruebas contundentes. Los hechos, sin embargo, parecen darle en parte la razón. Entre los libros que portan el ex-libris de esta institución –tanto manuscritos como impresos– han ido apareciendo algunos con evidentes trazas de haber sido adquiridos, leídos y anotados por don Lorenzo.
Ahora bien, ya sea porque no todos los libros fueron a parar al citado colegio, ya por el inevitable destino de dispersión y rapiña que suelen sufrir las bibliotecas, podemos encontrar ejemplares que formaban parte de ésta en otros lugares. Una explicación de esta existencia dispersa de ejemplares del colegio podría ser la selección de libros impresos duplicados, que se hizo en la Universidad de Salamanca con destino al Seminario de Nobles de Madrid a principios del siglo xix: en el inventario conservado (AHN, Univ. Leg. 688), además de libros de los que no consta la procedencia (unos 4402), se recogen 2495 volúmenes del Colegio de Cuenca, una cantidad muy superior a la del resto de los colegios. No quiere esto decir que fuera la más rica, sino que en los libros de este colegio suele ser sistemática la presencia del exlibris manuscrito institucional y, por tanto, la información sobre la procedencia de los mismos está más clara.
Precisamente el exlibris del colegio nos ha traído hasta la Real Biblioteca donde, hasta la fecha, han aparecido diez volúmenes con esa procedencia. Tras haber ojeado en la Universitaria de Salamanca bastantes libros del colegio, que además han resultado ser de Ramírez de Prado, había que comprobar si los de la biblioteca madrileña tenían el mismo origen. Presentaremos a continuación los resultados del examen.
Dos de ellos quedan descartados por estar datados en fecha posterior a la muerte del bibliófilo  En otros tres hemos hallado algún signo de lectura. Dos de ellos solamente contienen una nota de lectura, en concreto una típica anotación de remisión a otra obra donde presumiblemente se puede ampliar la información del texto al que se refiere la nota. Los libros anotados son: C. Manasses, Annales graece ac latine (Leiden 1616; cfr. pág. 364; sign. vi/3581) y C. Dausqueius, Terra et aqua seu Terrae flotantes (Tournai 1633; cfr. pág. 160; sign. ix/6895). El tercero, F. Junius, De pictura veterum libri tres (Ámsterdam 1637; sign. xiv/110) está profusamente anotado (por ejemplo, en págs. 89, 98, 126, etc.) y tiene también otras marcas de lectura, como subrayados y serpentinas (por ejemplo, en págs. 24, 92ss, 187, etc.). Muchas de las notas contienen citas de Marcial o se añaden referencias a este poeta, además de las indicadas en el texto. 
El autor latino fue una de las grandes aficiones de Ramírez, como muestra una de sus primeras publicaciones, M. Valerij Martialis Epigrammatum libri XV Laurentij Ramirez de Prado Hispani, nouis commentarijs illustrati (París 1607), que además fue motivo de polémica con otros eruditos (Entrambasaguas 1943b: 42-43; Solís de los Santos: 673-675).
Un cuarto libro con el exlibris del colegio es J. van Meurs, Regnum Atticum sive De regibus Atheniensium eorumque rebus gestis libri III (Ámsterdam 1633; sign. iv/2308). No tiene ninguna anotación, pero esto no es prueba suficiente para negarle la pertenencia a Ramírez, cuya mano no aparece en muchos libros que presumiblemente fueron suyos. Sin embargo, por fecha y contenido, podría haber estado en sus anaqueles. Sólo en una página del inventario se citan diez ediciones en cuarto con obras de este autor (Entrambasaguas 1943a: II, 207).
Hemos citado anteriormente una de las posibles causas de la dispersión de la colección de impresos del Colegio de Cuenca. En lo que respecta a los manuscritos, la historia es más conocida: entre principios del siglo xix y 1954 los manuscritos de los colegios mayores salmantinos estuvieron en la Real Biblioteca. Aunque la mayoría retornaron a Salamanca, algunos quedaron en Madrid. El volumen que ahora vamos presentar fue objeto de una práctica habitual en las bibliotecas: la separación de las piezas que en origen componían un facticio, bien por la aplicación de algún criterio temático que se nos escapa, bien para separar piezas manuscritas de otras impresas. Creo que, en efecto, es el caso de la signatura iii/6502, en la que se reúnen actualmente cinco pequeñas piezas impresas, si bien contenía más, como parecen demostrar los números que llevan algunas de ellas. Pero el dato que resulta más claro en este sentido es el número que aparece en la portada de la primera obra («n. 64»). Estos dígitos corresponden sin duda a la numeración que don Antonio Tavira, obispo de Salamanca, dio a los manuscritos de los colegios salmantinos cuando confeccionó el listado que debía servir para su remisión a la biblioteca particular de Carlos IV. Entre los del Colegio de Cuenca se encuentra la siguiente descripción: «64. Relación del modo con que se gobiernan los padres de la Compª por el Dr. Benito Arias Montano. It. Varios papeles impresos 1 [vol.]. 4º» (cfr. BNM, Manuscrito 20619, fol. 80r-v). Quizá la copia de la carta de Arias Montano que se conserva en la Real Biblioteca ii/4038(5) es a la que se refiere Tavira.
En cuanto a la posible pertenencia a la biblioteca de nuestro bibliófilo, no he encontrado notas de lectura que nos lleven con seguridad a él. En dos de las piezas hay una anotación que no me atrevo a asegurar que sea suya. Sin embargo, la presencia de la firma de Gabriel de Henao podría conducirnos al erudito madrileño, pues ambos mantuvieron relación de amistad y aquél es autor de unos poemas dedicados a éste, donde aparece mencionado el «alcázar de las Musas, / del ilustre Laurencio librería».
Cronológicamente y por contenido, el también facticio ii/3286 encaja perfectamente en los materiales que, por su cargo en el Consejo de Indias, pudo haber reunido don Lorenzo: todas las piezas, impresas, tienen que ver con la América española. Sin embargo, no podemos ir más allá, pues ningún dato nos da la seguridad de que esos papeles pasaran por las manos del consejero.
Más difícil resulta suponer la pertenencia del siguiente impreso menor a la biblioteca de Ramírez. El contenido del folleto Caj/Foll4/42(1), unas constituciones del Colegio de la Santa Veracruz de Aranda (Madrid 1623?), no presenta signos de lectura y bien podría ser un tipo de texto interesante para otra institución similar como el Colegio de Cuenca. Tampoco en las otras piezas que compartieron anteriormente encuadernación con él –el manuscrito 2127 de la Universidad de Salamanca, con unas Cortes de Carrión de 1317; y el manuscrito ii/4038(2) de la Real Biblioteca, con un tratado médico (cfr. inventario de Tavira, BNM, Manuscrito 20619, fol. 142r, nº 361)– hay signos de haber sido pertenencias de don Lorenzo.
Hemos dejado para el final otro volumen facticio que comparte con alguno de los anteriores el origen en el fondo manuscrito del colegio y el mismo destino de separación de sus piezas: el conservado en la signatura iii/6490. El mencionado inventario de Tavira, en su número 249 –que es el que aparece en la hoja de guarda del volumen– reza: «Varias cartas impresas y m.ss. de D. Lorenzo Ramírez de Prado y de otros 1 [vol.] 4º» (cfr. BNM, Manuscrito 20619, fol. 114r). En la actualidad, se conservan unidas varias piezas breves, todas impresas, cuyo denominador común es Ramírez de Prado, que figura en todas ellas bien como autor, como firmante de algún paratexto o como dedicatario. Ciertamente, todas podrían considerarse como pertenecientes al género epistolar, porque a veces todo el contenido del impreso se resuelve en esa forma de expresión. Desde un punto de vista diferente, existe otro elemento en común, como es el hecho de compartir cierto carácter de rareza, pues no son abundantes en nuestras bibliotecas –probablemente tampoco algunos de ellos lo fueran en la época–: entre ellos encontramos piezas circunstanciales como el epitafio a Felipe III, redactado por Ramírez. 
Este volumen posee la particularidad de tener un quasi gemelo en la biblioteca universitaria de Salamanca, donde, bajo la signatura 43248, encontramos una colección prácticamente idéntica a la de la Real Biblioteca. Ambos parecen haber sido ejemplares de trabajo de su posesor. El ejemplar de Palacio muestra abundantes anotaciones en muchas de sus piezas, excepto en una, que es precisamente la única que aparece anotada en el salmantino: Schediasma epistolare de liberalibus studiis (Amberes, 1649), obra del propio Ramírez a la que ha ido añadiendo lo que parecen nuevas referencias y citas de apoyo al texto.