martes, 3 de diciembre de 2013

Tsundoku y la Antibiblioteca


Tsundoku.

Definición 

Palabra japonesa que indica el acto de dejar un libro sin leer después de comprarlo, por lo general amontonado junto a otros libros no leídos Una palabra que deberíamos incorporar a nuestro idioma. Y que muestra esa delgada linea que separa la bibliofilia o la acumulación por el amor a los libros de aquél al que gusta leer, y el trastorno obsesivo-compulsivo de acaparar muchos libros o bibliomanía. El incomparable placer de tener una biblioteca de libros no leídos.

Historia

La artista neozelandesa Anjana Iyer ha puesto en marca un curioso proyecto: recoger palabras de otros idiomas que resulten intraducibles o para las que no existe un equivalente parecido en el idioma (inglés, en este caso). El resultado es Found in Translation, una serie que forma parte de la web 100 Days Project, en la que se invita a artistas de todo tipo a pasar cien días creando todo aquello que les guste en esta plataforma.
Found in translation juega a apresar mediante imágenes lo que no puede expresarse con palabras porque no existe un equivalente. Son conceptos que revelan las peculiaridades de una sociedad o país que ha nominado aquello que le resulta relevante.


libros amontonados

Entre esas imágenes encontramos muchas que hacen referencias a términos de la lengua japonesa, pero en Koratai queremos destacar el vocablo tsundoku. Tsundoku se refiere al acto de comprar libros para luego abandonarlos en la pila de “pendientes”. Una especie de Síndrome de Diógenes pero para adictos a la literatura. Muchos lectores compulsivos se sentirán identificados con esta palabra. Porque… ¿quién no ha comprado libros sabiendo que aún tiene pendientes por leer otros muchos.
Según detalla la web openculture.com, el uso de la palabra se remonta al siglo XIX, durante la era Meiji (1868-1912), y nace como un juego de palabras entre “leer un montón”, “acumular” y “leer”. Actualmente nos remite a la compra sin control de libros para amontonarlos a la espera de poder leerlos en algún momento.



ANTI-BIBLIOTECA

UNA “ANTIBIBLIOTECA“ DE LIBROS QUE AGUARDAN COMO SENDEROS INSINUADOS AÚN NO RECORRIDOS: BIBLIÓFILO FETICHISMO Y VOLUPTUOSIDAD MÍSTICA.


El escritor italiano Umberto Eco ha apilado una enorme biblioteca que supera los 30 mil títulos. Según se cuenta, los visitantes ante esta impresionante colección no pueden evitar preguntarle al enciclopédico Eco cuántos de esos libros ha leído. La orgullosa respuesta es que no ha leído la mayoría, pero que esos libros no leídos no son menos valiosos, constituyen un tesoro de investigación, una plétora de posibilidades, una celebración de lo que aún no sabemos (paradójicamente, entre más leemos aumenta exponencialmente el espacio de lo ignoto). Eco llama a esta colección una “antibiblioteca”.
Y aquí crece mi admiración por el semiólogo y novelista italiano que se comprueba un aristócrata de las letras (unos dirían hipster, pero me parece denigrante sólo pensarlo). ¡Qué gran dignidad la de tener una biblioteca de libros no leídos! Una fastuosa compañía de desconocidos-seducidos. Ser, como nombran los japoneses, un tsundoku, un apilador de libros, agente babélico irredento.
Borges se jactaba, más que de los libros que había escrito, de los libros que había leído. Pero nosotros tomemos otro partido, encontremos sosiego en los libros que no hemos leído pero que por fortuna nos hemos agenciado, llenando el jardín de ecos futuros, minando el ocio con abundantes oquedales que nos aguardan extáticos. Presumamos entonces esos libros que no hemos leído. Esas vidas que no hemos vivido pero que son parte ya de nuestro repertorio de lo posible.
El placer de tener una biblioteca de libros aún no leídos se puede equiparar con tener un harén de ninfas o huríes de la mente. El dueño de la colección es como ese mítico emir que dormía cada noche del año con una doncella distinta. Hay un cálido confort en saber que siempre en una habitación contigua del teatro de la memoria hay una fiesta para la que nosotros hemos elegido a los invitados, los cuales nos deleitarán con las viandas más exóticas, leche y miel y miles de ofrendas de sus tierras lejanas, un promiscuo convite de ideas a destapar. Lux et voluptas.
Se produce un regocijo propio del diletante y el procrastinador profesional al contemplar ese multiverso de letras larvarias que nos rodea (la oscilación de una mariposa cósmica). Y uno se anima a acercarse tímida o lujuriosamente y empezar a tocarlos y a hojearlos, deteniéndose por un instante en algún párrafo que llama la atención al revolverlo como una baraja –al utilizar la vista como infatuación primera–, para saborear el sonido de una frase y lo que revela, como un holograma, del contenido total de la obra. Y nos relamemos por dentro de lo que nos aguarda en esa cena con el Logos a la cual hemos sido ya convidados pero nos podemos dar el lujo de posponerla, de extenderla siempre hasta la franja crepuscular, para holgarnos más en su sistema de aperitivos.
O irse a dormir con una selección de nuestra “antibiblioteca” –sin tener que elegir uno solo nunca–, una floresta de letras e imágenes que invitan a los ingrávidos aposentos del sueño. Las portadas, esas “écfrasis al revés”, que apenas vistas se van convirtiendo en postales oníricas, en memorias de lugares a los que no hemos ido, pero los cuales nos llaman en la noche, voces de puertos y barcos y vagos rostros de mujeres que soñamos antes de conocer… Acostarse con voluptuosidad hipnogógica, acariciando los ejemplares y rozando las hojas como pétalos cristalizados, haciendo un largo coqueteo que puede durar años antes de la cópula como la más lenta karezza tántrica. O con devoción religiosa consagrar la virginidad y la pureza al lomo cerrado del libro, de no haberlo conocido bíblicamente. De reservar la concreción del romance para una ocasión especial, cuando nuestras mentes estén perfectamente en sintonía, cuando se pueda cortar la fruta en el Sol. Libros para los que maduramos, que con un secreto telos nos van llevando hasta que estemos listos, como una nodriza invisible encargada de nuestra educación intelectual (leer es una forma de tener sexo con fantasmas) que nos inicia en el misterio de cada estación.

…Y dormir, y dejarse ir, sabiendo que están ahí esos compartimentos de conocimientos, palacios de información… esas ventanas mágicas que literalmente nos dejan ver otras realidades, otros ojos que podemos subir a nuestro cerebro, entre el moho de los muebles o frente a un espejo, suspendidos, como puertas que dan a un jardín fuera del tiempo…
Esos libros que hacen una enramada invisible con nuestra mente en un cielo aún no contemplado, de palabras y estrellas que se mezclan. Libros que, por no haberse leído y no haber colapsado su función de onda, están vivos y muertos y en la noche se mezlcan con el sueño lúcido que es la Literatura toda, con todas las palabras posibles en su arrumaje, como ese libro de arena que se mezclaba con todos los otros libros de la biblioteca, como la ola indiferenciada que se mezcla con todo el océano.

La divinidad de lo inmanifiesto. El sofisticado misticismo del excedente, de lo sobrante, del despilfarro. La perpetua atracción de lo que no ha revelado su secreto. El arte de la insinuación. La preclara dignidad de quien es dueño de su silencio. 
Nada se compara con ese lánguido placer de contemplar nuestra biblioteca y sentir el deseo de fugarse del mundo, en amor libresco (a donde sea que uno pueda estar sin que las insignificancias de la realidad lo interrumpan, con sus libros por siempre, ¡a un trópico lunar!). Libros con los cuales descubrir que el amor a la vida no es el hacer, es sólo el estar juntos.

Comentario

Tener una biblioteca llena de libros que no se van a leer puede parecer vanidad de vanidades. Como tener una cocina repleta de exquisitos platos solo para ser expuestos en vitrinas. Hay que tener en cuenta que si una persona lee una media de un libro a la semana durante setenta años de vida al morir habrá completado la cantidad de 3.120 libros. Y, sin embargo, hay gente que acumula varias veces esa cantidad sin inmutarse siquiera ante la imposibilidad de leerlos todos. Hay gente que se vuelve  loco con los libros, se suele decir en estos casos. Y razón no debe faltarles, porque incluso existe un nombre, tsundoku, para la supuesta enfermedad de acaparar libros como si no hubiera mañana, incluso a sabiendas de que no se van a leer. Ante una biblioteca un dimensiones colosales uno se siente tan insignificante que la única manera que tiene de reafirmarse ante el propietario es preguntarle si los ha leído o los piensa leer todos.

El difunto escritor Umberto Eco se ha tenido que enfrentar a esta pregunta en más de una ocasión su apartamento en ciudad de Milán fue descrito por la periodista Lila Azam Zanganeh en una entrevista para The Paris Review como «un laberinto de pasillos forrados con estanterías que llegan hasta un techo extraordinariamente alto». Entonces surge la pregunta de oro:

 ¿los has leído todos? 

Eco afirmo que suele responder a esta pregunta con una broma: «No, los que tengo reservados para leerlos al final del mes. Los otros los tengo en mi despacho». Por no hablar de los volúmenes que tiene en su casa de vacaciones cerca de Urbino.
Eco es consciente de que ni en muchas vidas podrá leer todos los libros que hay en su biblioteca. Y así, piensa el escritor italiano, es como debe ser, porque una biblioteca personal debe tener la mayor cantidad posible de conocimiento que se desconozca. Generalmente este tipo de concepciones lo aplicamos a bibliotecas públicas o universitarias: lugares que contienen tanto conocimiento que una sola persona solo puede aspirar a poseer una pequeña parte de ellos. Las bibliotecas personales, en cambio, se suelen concebir como testimonios de lo que su propietario ha leído y, por tanto, de lo que sabe. Valoramos más una biblioteca donde se han leído todos sus libros que otra en la que no se ha leído casi nada. Pero si llenamos los estantes de una biblioteca personal de conocimientos desconocidos podemos llegar a convertirla a través de la esperanza de aprender cosas nuevas en un lugar lleno de aspiraciones, consiguiendo que se equipare con una pública.
Es lo que el escritor Nassim Taleb ha llamado la antibiblioteca. Una gigantesca colección de libros que no pretende alimentar el ego de un intelectual sino que son, sin más rodeos, un instrumento de investigación y de conocimiento del mundo. Una colección donde los libros leídos son menos valiosos que los no leídos porque cuanto más se lee más crece el perímetro del conocimiento y más se da cuenta uno de lo que no sabe. Es decir, que cuanto más se lee más aumenta el espacio de lo que se ignora.

¿Cómo elegir entonces libros que no se van a leer para incorporarlos a nuestra biblioteca?

El Escritor Eco aclara que muchos de los libros de su colección están vinculados a su propia historia personal. Además, el hecho de ser coleccionista de libros raros hace que en su biblioteca abunden determinado tipo de libros. «Colecciono libros sobre temas en los que no creo, como la cábala, la alquimia, la magia, los idiomas inventados. Libros que voy encontrando sin saberlo. Tengo a Ptolomeo, pero no a Galileo, porque Galileo dijo la verdad», afirma el semiólogo y novelista italiano.

domingo, 1 de diciembre de 2013

Los Beatos (códice españoles medievales)


Se denominan Beatos a los distintos códices manuscritos, copias de aquel Comentario al Libro del Apocalipsis (Explanatio in Apocalypsin) de San Juan que en el año 776 realizara Beato de Liébana, abad del monasterio de Santo Toribio, en el valle de Liébana (Cantabria). Es un género librario específicamente hispano.

Principales Beatos conocidos

Hoy día, conservados en diferentes instituciones, existen alrededor de 31 beatos,1 de los que 24 contienen miniaturas. De algunos de ellos solo quedan páginas sueltas, pero por referencias se conoce que formaron parte de beatos completos. Son libros escritos entre los siglos X al XIII, considerándose, a grandes rasgos, prerrománicos a los realizados en los siglos X y principios del XI y puramente románicos a los escritos en los siglos XI (mediados), XII y XIII.

En función de las fechas en que fueron escritos se conocen los siguientes Beatos:

Del siglo X se conservan tres, el de Tábara, Gerona, Escalada y dos hojas del Beato de Zamora.
Del siglo XI se conservan ocho y también una hoja suelta depositada en el Monasterio de Santo Domingo de Silos.
Del siglo XII se conservan nueve.
Del siglo XIII se conservan dos y una hoja suelta depositada en la Colección Ryland (Mánchester).


 
 
 
 

Explicación sobre su supervivencia

El fenómeno de los códices que contienen el "Comentario al Apocalipsis" (Commentarium in Apocalypsin) de Beato de Liébana es único en la Alta Edad Media hispánica. Ninguna otra obra fue copiada tantas veces como para que llegaran a nuestros días más de 25 manuscritos, además de fragmentos de otros, que se han ido descubriendo y que superan ya la decena (de los cuales, uno de Silos con miniatura).
Este fenómeno no se explica tanto por el texto de la obra principal que contienen, sino por sus ilustraciones, que tienen una notable uniformidad pictórica, al contrario que las Biblias y Evangeliarios que no repiten sus iluminaciones.

Veintidós manuscritos de los conservados las tienen. Los beatos más antiguos que conservamos son del siglo X, aunque la producción de copias debió de ser constante desde la publicación del "Comentario". Tanto fue el éxito que tuvieron los 'Beatos' que, al contrario que en zonas italogálicas y anglonormandas, las copias del texto del Apocalipsis que se hicieron en Hispania no tenían miniatura alguna, dada la fuerte atracción de la tradición de los 'Beatos' que las tenían como en exclusiva.

Estructura de los manuscritos

En los códices conservados observamos cómo al texto del "Comentario" de Beato se fueron sumando otros elementos que dan como resultado el actual contenido de un manuscrito 'Beato' tipo:

Genealogías bíblicas. Las complejas ilustraciones de los árboles genealógicos del pueblo judío desde Adán hasta el nacimiento de Cristo solían encabezar las Biblias mozárabes, de donde probablemente pasaron a los Beatos.
Prefacio. Un breve texto en el que se manifiesta el deseo de hacer comprensible el libro bíblico. En él abundan las citas de Isidoro, en especial de su "Contra Iudaeos". En este prefacio se dedica la obra a Eterio, al que se refiere como 'sancte pater', habiendo sido quien solicitara de Beato la obra para instrucción de sus hermanos de religión.
Dos prólogos: el primero trata la vida de San Jerónimo. Se ha atribuido a Prisciliano, aunque en algunos manuscritos está atribuido al propio San Jerónimo. El segundo prólogo es un texto que este santo dedicó a Anatolio en su refundición del "Comentario al Apocalipsis" de Victorino.
Interpretatio: es una explicación resumida del Apocalipsis a partir, al parecer, de Primasio y Ticonio con citas isidorianas y en el que se utiliza un texto bíblico distinto de la Vulgata.
"Comentario al Apocalipsis". Organizado en 12 libros, constituye una nutrida colección de citas bíblicas y comentarios patrísticos. Cada una de las 'storiae' (grupos versículos del Apocalipsis) es seguida de una 'explanatio', más o menos extensa, que a veces da pie a largas digresiones.
Explicit. A modo de colofón se usa un texto de las "Etimologías" de San Isidoro con la explicación de los términos códice, libro, volumen, hoja y página. Parece un añadido de un copista, pero debió de ser de los primeros, dado que está en toda la tracición conservada de los 'Beatos'.
Tratado "De adfinitatibus et gradibus". Se trata de una extraña incorporación de un capítulo de las "Etimologías" de San Isidoro en el que se explican los parentestos y sus grados y donde se ofrece un árbol de consanguinidades.
"Comentario al libro de Daniel". Temprano, en algún momento antes del siglo X, se añadió a las copias de los 'Beatos' un pormenorizado comentario de San Jerónimo a Daniel. Esta parte de los manuscritos también contiene escenas narrativas ilustradas.
Conviene anotar que no todos los 'Beatos' cuentan con todos los elementos se fueron agregando al "Comentario".

La iluminación mozárabe

Se denominan mozárabes los cristianos de la península que vivían o habían vivido bajo la dominación musulmana o en su proximidad en la Edad Media hispánica. Por extensión se llama mozárabe a la dialectología, poesía, cancionero, pintura, urbanismo, liturgia o música de esa sociedad. Los mozárabes que emigraron a los reinos cristianos del norte en los siglos IX y X aportaron una cultura que mostraba la interpenetración de las tres religiones del Libro: cristiana, judaica y musulmana. También el arte de la miniatura de los 'Beatos' suele definirse como mozárabe, aunque el término es bastante controvertido.
Además de la colección de 'Beatos' hay otros manuscritos de arte mozárabe o "de repoblación", como también se le conoce: Biblia de Catedral de León (Ms.6), Biblia de San Isidoro de León (Colegiata, Sign.2), Antifonario de León (Catedral, Ms.8), los "Moralia in Job" de San Gregorio (BN, Vitr. 15-2), los "Conciliarios" Albendense y Emilianense (ambos en El Escorial: d.I.1 y d.I.2) y el "Virginitate Beatae Mariae" de San Ildefonso (conservado en la Biblioteca Laurenciana de Florencia -Ashburhan 17- procedente de Toledo), por citar los ejemplos más sobresalientes.
Lo esencial de la iconografía de los 'Beatos' se debió de formar ya en el siglo VIII con aportaciones bizantinas y persas (aves afrontadas separadas por el árbol de la vida, largas filas de personajes, los grandes ojos de hombres y ángeles, las columnas rellenas de elementos vegetales geometrizados), del Egipto copto (trenzados geométricos, fondos estrellados), de la Europa carolingia (ornamentación de interiores y cortinajes, vestimenta con pliegues) y del arte primitivo hispánico (en la composición, en el movimiento y expresividad de las figuras). Los elementos orientales y norteafricanos originarios fueron enriquecidos sin duda por la aportación mozárabe, dado que los patrones iconográficos muestran el filtro musulmán.

El resultado es una síntesis original de antecedentes y tradiciones con abundantes elementos del mundo occidental y con una concepción de la visión y del mundo que se remontan al siglo VI bizantino, cuando entre Oriente y la Península Ibérica los contactos eran fluidos.