domingo, 31 de agosto de 2014

El Príncipe

(en el original en italiano, Il principe) es un tratado de teoría política escrito por Nicolás Maquiavelo en 1513, mientras este se encontraba encarcelado en San Casciano por la acusación de haber conspirado en contra de los Médici. El libro fue publicado en 1531 y dedicado a Lorenzo II de Médici, duque de Urbino, en respuesta a dicha acusación, a modo de regalo.1 Tiene ciertas inspiraciones en César Borgia. Se trata de la obra de mayor renombre de este autor, aquella por la cual se acuñaron el sustantivo maquiavelismo y el adjetivo maquiavélico y cuya influencia sigue vigente hasta la época actual.

Su objetivo es mostrar cómo los príncipes deben gobernar sus Estados, según las distintas circunstancias, para poder conservarlos exitosamente en su poder, lo cual es constantemente demostrado mediante múltiples referencias a gobernantes históricos y a sus acciones. Presenta como característica sobresaliente el método de dejar de lado sistemáticamente, con respecto a las estrategias políticas, las cuestiones relativas a la moral y a la religión. Solo interesa conservar el poder (de hecho, para Maquiavelo así obran incluso papas como Alejandro VI, lo que constituye la clave de su éxito.)
 La conservación del Estado obliga a obrar cuando es necesario «contra la fe, contra la caridad, contra la humanidad y contra la religión.» Y ello requiere a nivel teórico -en oposición a toda la tradición de la filosofía política desde Platón en adelante- dejar de idealizar gobiernos y ciudades utópicas e inexistentes para inclinarse en cambio por los hombres reales y los pueblos reales, examinar sus comportamientos efectivos y aceptar que el ejercicio real de la política contradice con frecuencia la moral y no puede guiarse por ella.

Capítulo I: De cuántas clases son los principados y de cuántas maneras se adquieren

En este primer capítulo, Maquiavelo hace una serie de clasificaciones iniciales. Un Estado es un dominio que tiene soberanía sobre los hombres. Todos los Estados son o bien repúblicas (territorios libres, no sometidos, de los que no se trata en este libro sino en los Discursos)6 o bien principados (de los que en el presente tratado se desarrollarán sus clasificaciones y las maneras como pueden ser conservados y gobernados).
 Los principados pueden ser hereditarios (hay un linaje que se ha venido transmitiendo) o ser nuevos (o bien totalmente nuevos o añadidos a un principado hereditario). Estos dominios nuevos que se adquieren puede que ya estén acostumbrados al yugo de un príncipe (nombre con que Maquiavelo designa simplemente al gobernante, pero que puede referir también a un gobernante absoluto o a un tirano)8 o bien que hasta entonces fueran libres; se los adquiere asimismo o por armas propias o por ajenas y o por fortuna o por virtud.

Capítulo II: Sobre los principados hereditarios

Los principados hereditarios ya están acostumbrados al linaje de un príncipe. Éste ofende menos a sus súbditos, quienes lo aman más y además, por el largo acostumbramiento, ni se representan un cambio ni lo desean. Por eso, es más fácil de conservar que un principado nuevo. Lo que debe hacer el príncipe para mantenerlo simplemente es: no descuidar el orden ya establecido, saber adaptarse a los nuevos acontecimientos y, en el caso excepcionalísimo de que se lo arrebaten, podrá recuperarlo con facilidad a la primera adversidad del usurpador.

Capítulo III: Sobre los principados mixtos

En esta parte de la obra, Maquiavelo trata sobre los principados mixtos: vienen a ser aquellos que son nuevos, pero no enteramente nuevos, sino que anexan un miembro nuevo a un principado antiguo ya poseído.
Los principados mixtos se asemejan mucho a los principados completamente nuevos en que presentan casi las mismas dificultades para conservar el poder.
Los principados mixtos presentan varias dificultades generales para mantenerlos que son intrínsecas a todo principado nuevo: en primer lugar, en ellos los hombres no son fieles a su nuevo señor y, con la errada esperanza de mejorar su suerte, se alzan contra él;14 en segundo lugar, el nuevo príncipe, para efectuar la conquista, se encuentra en la necesidad de ofender a sus nuevos súbditos, ya con tropas, ya con una infinidad de otras injurias, y esos súbditos se vuelven sus enemigos;
 en tercer lugar, el príncipe suele perder la amistad de aquellos que lo ayudaron a ingresar y conquistar el nuevo territorio, y a la postre no puede deshacerse de ellos porque ya ha contraído con ellos obligaciones.
 A estas dificultades generales, que ocurren siempre, se agregan otras especiales, que a veces ocurren y otras no: puede que los territorios conquistados tengan diferente "lengua" (lo que implica que tienen tradiciones culturales y civiles diferentes) y puede también que estén acostumbrados a ser libres (es decir, que el Estado hasta ese momento fuera una república). Si se cumple cualquiera de estas condiciones, las dificultades iniciales para mantener el nuevo principado sumarán un agravante.

Puede entonces que a las dificultades generales se sumen las especiales o no. Si no se suman, todo será más fácil, puesto que no será necesario alterar las costumbres de la gente y ésta permanecerá tranquila.19 Todo lo que debe hacerse es «exterminar a la familia del príncipe anterior»20 y evitar alterar las leyes o aumentar los impuestos.21 Pero si sucede que el nuevo territorio tiene costumbres muy diferentes (y más todavía si era libre), entonces habrá que diseñar estrategias más complejas, además de mucha suerte y virtud.22 Una primera estrategia es que el príncipe se traslade a vivir al nuevo territorio, lo que permite: conocer y por ende sofocar más rápido los desórdenes, controlar a los propios funcionarios, permitir mayor acceso de los súbditos al príncipe, lo que facilitaría que aquéllos lo amen o teman.23 Sin embargo, esta táctica, al requerir que se ocupe el territorio con gran cantidad de gente armada, ello produce grandes gastos y por consiguiente el Estado genera pérdidas, además de que se ofende a toda la población y se la coloca en contra.24 La estrategia verdaderamente conveniente es la de establecer una o dos colonias dentro del territorio conquistado, lo cual carece de los dos defectos anteriores: ni se genera mucho gasto y «se ofende tan sólo a aquellos que se le quitan sus campos y casas para darlos a los nuevos moradores... y quedando dispersos y pobres aquellos a quienes ha ofendido, no pueden perjudicarte nunca».

Ahora bien, ya aplicada la estrategia inicial es fundamental para conservar el principado aplicar dos principios capitales. Si el príncipe logra aplicarlos, tendrá garantizado su éxito; de lo contrario, fracasará.26 El primero es el de que «a los hombres hay que comprarlos o reventarlos» (vezzeggiare o spegnare),27 esto es, el príncipe deberá ganarse el favor de los súbidtos débiles, quienes fácilmente se aliarán a él por temor o ambición, cuidándose desde luego de que no adquieran mucho poder; deberá, al mismo tiempo y con ayuda de aquéllos, debilitar a los poderosos, humillarlos y reducirlos.28 El segundo principio es el de «prever para prevenir» (vedere discosto),29 lo que significa que se debe permanecer en constante vigilancia para detectar temprano cualquier inconvente (un descontento entre los súbditos, el ingreso de un forastero poderoso) de modo que se pueda erradicarlo de inmediato. Si, por el contrario, se deja pasar el tiempo, ese problema se volverá incurable.30 Finalmente, Maquiavelo ilustra todo lo expuesto con el éxito de los romanos al aplicar los anteriores estrategias y principios,31 y con el fracaso de Luis XII al no hacerlo.32 De ello extrae además un tercer principio: el príncipe jamás debe hacer poderoso a otro o permitir que ello ocurra. «El que es causa de que otro se vuelva poderoso obra su propia ruina. No le hace volverse tal más que con su propia fuerza o con astucia, y estos dos medios de que él se ha manifestado provisto permanecen muy sospechosos a aquel que, por medio de ellos, se volvió más poderoso.»33

Capítulo IV: Por qué razón el reino de Darío, ocupado por Alejandro, no se rebeló contra los sucesores de éste después de su muerte


La pregunta que da nombre a este capítulo es respondida por Maquiavelo mediante una distinción entre las dos formas generales de gobernar un principado.34 O bien lo gobierna el príncipe solo, de manera absoluta y únicamente con siervos que, por gracia suya, lo ayudan a administrar el dominio; o bien lo gobierna el príncipe pero con barones que tienen su título y prerrogativas, no por gracia de aquél, sino por nobleza propia.35 Puesto que estos barones tienen a su vez Estados y súbditos propios que le lo reconocen y aman, el príncipe tendrá en este caso una menor autoridad y las rebeliones internas serán más frecuentes, de modo que perderá más fácilmente el principado. En el primer caso, por el contrario, el príncipe detenta todo el poder y le es mucho más fácil retener sus dominios, y por ende mucho más difícil conquistarlos a alguien de fuera. Pero si se logra conquistarlo, como hizo Alejandro con el reino de Darío (gobernado del primer modo), ya no se lo pierde, salvo si los desórdenes los genera uno mismo.36

Capítulo V: De qué modo deben gobernarse las ciudades o principados que, antes de ser ocupados, se gobernaban con leyes propias

Los Estados que antes de ser conquistados se gobernaban con leyes propias son difíciles de dominar. El nuevo príncipe dispondrá principalmente de tres estrategias.37 La primera consiste en dejarle al pueblo conquistado sus leyes y sus costumbres, y gobernarlos mediante el cobro de tributos y la elección de un pequeño grupo de entre ellos para que los gobierne. Este grupo deberá respetar la autoridad del príncipe en tanto que sabrá que sólo puede mantenerse en el poder con el apoyo de aquél. No obstante, es extremadamente probable que con esta estrategia el principado se pierda. Esto tiene que ver con haberle dejado a los sometidos el recuerdo y las tradiciones de su libertad, de modo que fácilmente se rebelarán en nombre de esa libertad y de sus antiguas instituciones.38 Como consecuencia, habrá que pensar otra estrategia. Una más efectiva es la mencionada en un capítulo anterior: la de que el príncipe vaya a vivir al nuevo territorio.39 Las ventajas y desventajas de este proceder ya han sido señaladas.40 Con todo, la mejor estrategia y la única realmente efectiva es la de destruir la ciudad conquistada y dispersar a sus habitantes: «No hay medio más seguro de posesión que la ruina».41

Capítulo VI: Sobre los principados nuevos que se adquieren con armas propias y con virtud

Aquellos principados totalmente nuevos (es decir, aquellos en que tanto el Estado como el príncipe son nuevos) requieren de un príncipe virtuoso o afortunado.42 Siempre es preferible lo primero, pues con la sola suerte se puede adquirir fácilmente el principado pero no mantenerlo. Con todo, aun el príncipe virtuoso requiere para su conquista de una ocasión (mínimo componente de fortuna), pues sin ella no puede hacer nada.43 Y asimismo se le presentarán muchas dificultades, pues al verse obligado a introducir un orden nuevo, se enfrenta a los que defienden al viejo orden y se encuentra sin apoyo.44 Ahora bien, una vez adquirido el principado, es fácil de mantenerlo para el gobernante virtuoso. Todo dependerá de si dispone de sus propias fuerzas, porque si depende de la de otros fracasará y le quitarán el poder.45 Pero si tiene su propio ejército, una vez efectuada la conquista y destruido a los posibles competidores, no deberá temer revueltas y los pueblos se adaptarán y creerán en el nuevo príncipe. «Y cuando dejen de creer, ha de poder hacerles creer por la fuerza»,46 para lo cual debe disponerse de ella.

Capítulo VII: De los principados nuevos adquiridos con las armas y fortuna de otros

El príncipe nuevo que haya adquirido su Estado gracias a otro que se lo concede (por voluntad, dinero o corrupción),47 la adquisición le resultará harto sencilla.48 Todo lo contrario mantenerlo, pues queda sometido a la voluntad y la suerte del concesor, las cuales son asaz volubles.49 Lo único que puede salvarlos es una gran virtud; sin ella están condenados, porque no saben mandar, no tienen poder y la obtención súbita de que se han beneficiado no les ha permitido echar progresivamente las raíces que se requieren para resistir a las futuras adversidades.50

Capítulo VIII: De los que por medio de delitos llegaron al poder

Además de por virtud y por fortuna, puede obtenerse el poder por medio de crímenes.51 Todo dependerá de si las crueldades son bien usadas o mal usadas.52 Bien usadas son aquellas crueldades que se cometen todas juntas al principio (las cuales son necesarias si se quiere tener éxito y hay que saber identificarlas todas) pero que luego se dejan de cometer y se reemplazan por bienes que favorezcan poco a poco a los súbditos, de modo que éstos logran olvidar las ofensas recibidas y saborean constantemente pequeños bienes.53 Mal usadas son las crueldades que, por no querer cometerse todas al principio, luego tienen que seguir cometiéndose y en orden creciente. Ello causa la enemistad del pueblo y garantiza el fracaso.54

Capítulo IX: Del principado civil

El poder también puede obtenerse con el favor de los ciudadanos, con lo cual tendremos un principado civil. Ello no requiere de mucha suerte ni de mucha virtud, sino sólo de una cierta "astucia afortunada".55 Ahora bien, el favor de los ciudadanos puede provenir del pueblo o de los poderosos, según cuál se encuentre en situación más débil y busque por consiguiente poner a alguien extranjero en el poder para derrotar a sus enemigos y conservar cierto poder.56 Si el poder se obtiene gracias a los poderosos será muy difícil de mantenerlo: los poderosos harán competencia al príncipe, quien no tendrá autoridad sobre ellos; para satisfacerlos, el príncipe deberá oprimir a todo el pueblo, con lo que se ganará la enemistad de éste y acabará perdiendo el poder. Pero si logra ganar la amistad del pueblo siendo su protector y haciéndole favores, podrá mantenerse.57

En cambio, si se obtiene el poder con el favor popular, se conserva una autoridad indiscutida y sólo hay que ofender a la minoría de los poderosos y quitarles su poder, mientras que el pueblo amará al príncipe por no ser oprimido. Como lo determinante es tener del propio lado al pueblo, en este caso el príncipe tendrá éxito.58 Pero para ello debe conducirse adecuadamente con los poderosos: si éstos dependen del príncipe, le bastará con beneficiarlos (en la justa medida), pero si se mantienen independientes de él habrá que cuidarse de ellos (salvo que lo hagan por puro temor, en cuyo caso habrá que saber comprarlos y utilizarlos).59

Luego vendrá el momento en que el principado de civil haya de convertirse en absoluto, es decir, el momento en que el príncipe se haga de todo el poder. Éste es el momento más difícil y sólo hay una oportunidad para llevarlo a cabo con éxito.60 Para eso es importante que el príncipe gobierne directamente, pues si lo hace por intermedio de ciudadanos en función de magistrados éstos fácilmente podrán arrebatarle el poder. Ello puede solucionarse si se garantiza que los ciudadanos sean siempre dependientes del príncipe de modo que le sean fieles.61

Capítulo X: De qué modo han de medirse las fuerzas de todos los principados

Un principado tendrá mayor o menor fuerza dependiendo de si el poder del príncipe le permite, en caso de necesitad, valerse por sí mismo o no. Valerse de sí mismo quiere decir tener los hombres o el dinero suficiente para armar un ejército adecuado a cualquier guerra que se presente.62 Al principado que no es capaz de ello sólo le resta refugiarse tras las murallas y ensayar una defensa. Para ello son condiciones esenciales que la ciudad esté bien fortificada (y desentenderse del resto del territorio) así como estar en buenas relaciones con el pueblo. Éste, si tiene provisiones y preparación militar, y si el príncipe sabe alentarlo, esperanzarlo y hacerle temer al enemigo, lo defenderá hasta el final. Y si las provisiones alcanzan para suficiente tiempo, el atacante acabará por retirarse.

Capítulo XI: De los principados eclesiásticos

En estos principados las dificultades conciernen todas al inicio. Para adquirirlos se requiere de fortuna y de virtud. Sin embargo, posteriormente no son necesarias, el Estado no requiere defensa ni el pueblo ser controlado. Esto se debe a la peculiar característica de estos principados; concretamente, en que se apoyan en las leyes de la religión, las cuales tienen tanto poder sobre los ciudadanos que hacen imposible que el príncipe pierda su poder. Los principados eclesiásticos son, en consecuencia, los únicos en que se está completamente seguro y feliz.64

Capítulo XII: De cuántas clases es la milicia y sobre los soldados mercenarios

Es necesario para el príncipe tener buenas leyes. Pero sólo puede tenerlas si tiene buenas armas; y si tiene éstas, entonces tiene aquéllas.65 Habrá que ocuparse entonces del ejército. El ejército puede ser propio o ajeno, auxiliar o mixto.66 Veamos el caso de un príncipe que no disponga de ejército propio y deba alquilar mercenarios. Éstos, al igual que los auxiliares (de que se tratará en el siguiente capítulo) son inútiles y peligrosos. Como sólo luchan por dinero, no tienen interés en morir por otro y se escapan de la lucha o la retrasan. Además de ser desleales, son indisciplinados y tienen ambiciones propias. Incluso si son buenos y logran ganar, luego quitarán el poder al príncipe.67 Por todo ello, un príncipe debe disponer de ejército propio, yendo él al frente de la batalla y asegurándose de la valentía de los ciudadanos que conduce.

Capítulo XIII: De los soldados auxiliares, mixtos y propios

Los soldados auxiliares son aquellos que ayudan a un príncipe pero pertenecen a otro. Como los mercenarios, son inútiles y peligrosos. Incluso son preferibles los mercenarios. Porque los auxiliares, si ganan, permitirán al verdadero príncipe al que ellos deben fidelidad que se apodere de los territorios. De modo que en este caso se está al arbitrio de la fortuna.69 El príncipe debe preferir perder con su propio ejército a vencer con el de otros, pues la victoria con ejército ajeno no es verdadera victoria.70 Maquiavelo no menciona explícitamente a los "mixtos" del título, pero han de ser ejércitos combinados de fuerzas propias y ajenas.

Capítulo XIV: De lo que conviene hacer al príncipe con la milicia

La guerra es la tarea fundamental y específica del príncipe, quien no debe delegarla. De ella depende mantenerse y elevarse en el poder, así como su mala realización deriva en la pérdida del Estado.71 Ser hábil en la guerra hace a un príncipe estimado y le vale la fidelidad de sus soldados, mientras que no saber desempeñarse en ella lo hace caer en desprecio.72 Ni siquiera en la paz debe dejar de ejercitarse en ella. Y ello debe hacerlo tanto con acciones (organizar de la milicia, ir de caza, conocer el terreno) como con la mente (estudiar historia, examinar las acciones de los grandes hombres, analizar sus batallas y elegir un modelo a imitar).73

Capítulo XV: De aquellas cosas por las que los hombres, y especialmente los príncipes, son alabados o vituperados


Maquiavelo comienza exponiendo su método para evaluar las virtudes que debe tener un príncipe: ser guiado por la verdadera realidad y no por utopías irreales; atenerse a lo que es y no a lo que debe ser.74 «Porque un hombre que quiera hacer en todo profesión de bueno, fracasará.»75 «Es necesario aprender a no ser bueno.»76 Para conservar el poder lo que se valora (o sea, lo que resulta exitoso) no es seguir la moral sino hacer lo que se tenga que hacer para la conservación del Estado. Hay que reconocer que de todas las cualidades morales positivas (liberalidad, generosidad, compasión, fidelidad, rectitiud, etc.), aunque sería deseable tenerlas, en verdad no se las puede tener ni en su totalidad ni en su plenitud. Por ello hay ciertamente que evitar todos los vicios que asimismo hacen perder el Estado, pero también hay que tener los vicios que sean necesarios si sirven para conservar el poder. En cuanto a los que no influyen al respecto, los evitará «si es posible».77 Cada una de las cualidades morales en particular son abordadas en los capítulos sucesivos.

Capítulo XVI: De la liberalidad y la parsimonia

Es virtuoso ser liberal y generoso, pero esta virtud colisiona contra la realidad del poder.78 Si el príncipe practica la liberalidad como se debe (es decir, sin que se note), parecerá mezquino. Si la practica de modo que todos lo tengan por generoso, le será perjudicial: para mantener la reputación deberá gastar todo su patrimonio en los poderosos que lo rodean, caerá en la pobreza, acabará por tener que cobrar fuertes impuestos al pueblo y éste lo odiará, de modo que por beneficiar a unos pocos ofenderá a la mayoría.79 En cambio, si se renuncia a ser liberal, vale la pena hacerse ganar fama de mezquino, pues con el tiempo, al no deber cobrar fuertes impuestos al pueblo, podrá ganar la guerra y financiar empresas, de modo que como resultado beneficiará a la mayoría sólo por no beneficiar a unos pocos. Y esa mayoría popular lo amará y lo considerará generoso.80 Esta estrategia tiene sólo dos excepciones: es necesario ser realmente liberal antes de conseguir el poder y útil si el patrimonio que se gasta es el de otro (mediante saqueos, botines o rescates).

Capítulo XVII: De la crueldad y la compasión; y de si es mejor ser amado que temido o lo contrario


Es virtuoso ser compasivo. También conviene serlo, sólo que dependiendo del uso que se haga de esa compasión.82 No debe el príncipe preocuparse de ser cruel si ello le resulta efectivo.83 De hecho, le resulta efectivo y, además, si se pretende ser compasivo se acaba necesariamente teniendo que ser más cruel que si se es cruel desde el inicio. La diferencia está en que si desde el inicio se cometen las crueldades necesarias (tal es la "compasión bien usada"), luego no se tendrá que seguir ese camino; mientras que si se lo evita, se acabará por tener que cometer, para conservar el Estado, muchas más y mayores crueldades (compasión "mal usada")84

De lo anterior surge la pregunta de si es mejor ser amado que temido o lo contrario. Maquiavelo aconseja a los príncipes que deben ser amados y temidos simultáneamente. Pero como estas relaciones raramente existen al mismo tiempo, aclara que es preferible ser temido que amado.85 Fundamenta su pensamiento en que en el momento de una revolución, el pueblo puede que se olvide del amor, pero el temor siempre lo perseguirá. En consecuencia, si un soberano es temido hay menos posibilidades de que sea destronado.86 Además Maquiavelo aconseja que sobre todas las cosas uno siempre debe evitar ser odiado, ya que en esa situación nada impedirá que termine destronado. Para evitar ser odiado el príncipe nunca debe proceder contra la familia de sus súbditos (salvo con manifiesta y conveniente justificación) pero especialmente debe cuidarse interferir con los bienes de sus súbditos ni con sus esposas: «Los hombres olvidan antes la muerte del padre que la pérdida del patrimonio».87 Además, es necesario ser cruel con el ejército para mantenerlo unido y bien dispuesto.

Capítulo XVIII: De cómo los príncipes han de mantener la palabra dada

Por lo tanto, un príncipe, viéndose obligado a sabiendas a adoptar la bestia, tenía el deber de escoger el zorro y el león, porque el león no se puede defender contra las trampas y el zorro no se puede defender contra los lobos. Por lo tanto es necesario ser un zorro para descubrir las trampas y un león para aterrorizar a los lobos (Maquiavelo, 1993:137-138).)88

«Combatir con las leyes es propio de los hombres; combatir con la fuerza, propio de las bestias. Pero como lo primero muchas veces no basta conviene recurrir a lo segundo. Es necesario que un príncipe sepa actuar como bestia y como hombre.»89 Esos animales que el príncipe debe imitar cuando es necesario son el zorro, por su astucia, y el león, por su temeridad.90 Por ende, no hay que mantener la palabra dada si eso puede volverse en contra, lo cual no es malo, pues los hombres de hecho no suelen cumplir con su palabra.90 Lo importante es saber disimularlo: «Los hombres son tan crédulos que el que engaña siempre encontrará a quien se deje engañar.» En esto se puede imitar a expertos como el papa Alejandro VI.90

En cuanto al dilema de ser o parecer, mejor es parecer que ser. «[Las virtudes] son útiles si tan sólo haces ver que las posees: como parecer compasivo, fiel, humano, íntegro, religioso y serio; pero estar con el ánimo dispuesto de tal modo que si es necesario puedas cambiar a todo lo contrario.»91 «Y no hay nada que sea más necesario aparentar que el practicar la religión.»92 La virtud es con frecuencia perjudicial al poder. El Estado obliga a obrar «contra la fe, contra la caridad, contra la humanidad y contra la religión».93 De modo que hay que estar dispuesto a adaptarse y hacer el mal cuando sea necesario, ocupándose a la vez de parecer virtuoso, pues la mayoría –que es lo que importa– sólo juzga por las apariencias y por los resultados.94

Así, el principio "el fin justifica a los medios", que no aparece con esas palabras y que en Maquiavelo suele malinterpretarse, significa en este autor: primero, que lo importante es el fin, entendiendo por "fin" el resultado y no la finalidad (un acto se juzga por el éxito o fracaso que obtuvo, no por tener una finalidad de un tipo o de otro); segundo, que de hecho la gente justifica los actos por su resultado (el argumento de Maquiavelo no es que los actos deban juzgarse así, sino que la realidad es pura y simplemente que todos lo hacen así).95

Capítulo XIX: De qué manera se ha de evitar ser menospreciado y odiado

Es de absoluta necesidad evitar ser despreciado u odiado. Son éstos los únicos defectos realmente perjudiciales.96 Se evita el odio absteniéndose de ser rapaz y usurpador de los bienes y las mujeres de los súbditos (la mayoría se contenta sólo con eso, con que no le quiten aunque no le den).97 Se evita el desprecio guardándose de tener los defectos que quitan prestigio (ser voluble, frívolo, afeminado, cobarde o irresoluto) y adoptando las cualidades contrarias. Ello hace que los ciudadanos no engañen ni ataquen a su príncipe.98 Es una táctica excelente al respecto hacer que sean otros los que apliquen los castigos mientras que el príncipe se reserva para sí el otorgar los beneficios.99 Finalmente, si el ejército es más poderoso que el pueblo (como en la Antigua Roma) es fundamental no ser odiado ni menospreciado por aquél, o el poder le será arrebatado.100

Capítulo XX: Si las fortalezas y muchas otras cosas que diariamente hacen los príncipes son útiles o inútiles

En cuanto a armar o mantener armados a los súbditos, un príncipe nuevo debe hacerlo, pues siempre es mejor tener armas propias y es necesario que los súbditos se mantengan fieles y no tengan sospechas de su gobernante (en este caso, sólo los armados deben recibir beneficios, de modo que se los mantenga fieles).101 Un príncipe que añade un territorio nuevo a un principado antiguo, empero, debe desarmar o mantener desarmados a sus nuevos súbditos. pues le conviene mantener concentradas las armas en el propio ejército que ya tiene.

La táctica de generar discordias entre los súbditos para mantener el poder es perjudicial, porque siempre la facción más débil acabará por aliarse con algún extranjero.103 Sí conviene ganarse la confianza de los que eran enemigos cuando se realizó la conquista.
 En cuanto a construir fortalezas, sólo sirve al que tenga más miedo al pueblo que a los invasores, mientras que el que tenga más temor a los invasores no debe hacerlo.

Capítulo XXI: De lo que debe hacer el príncipe para ser estimado

El príncipe se gana el aprecio del pueblo acometiendo grandes empresas, pues con ello mantiene ocupados a los nobles y atento al pueblo, adquiere poder y reputación entre ambos y puede consolidar su ejército.106 También lo hace dando grandes ejemplos de su política interna, esto es, premiando o castigando ostentosamente méritos o faltas que se cometan a la vez que difundiendo sus propias acciones. Además, adquiere respeto si es decidido, si es un verdadero amigo o enemigo y jamás neutral o dudoso.107 Finalmente, debe honrar el talento entre sus súbditos, alentar a las actividades que concurran a la prosperidad de su dominio, dar seguridad económica a los ciudadanos, ofrecer entretenimiento y tomar en cuenta a las diferentes colectividades.108

Capítulo XXII: De los secretarios de los príncipes

Es una necesidad para el príncipe saber elegir los secretarios o ministros que sean competentes, fieles109 y se entreguen plenamente al servicio, de modo que coloquen los intereses del príncipe y del Estado por encima de todo interés personal.110 Hay además que saber beneficiarlos en la medida justa, de modo que mantengan su fidelidad pero no se excedan.111

Capítulo XXIII: De cómo hay que huir de los aduladores

Es tarea difícil para el príncipe rechazar a quienes lo adulan y animar en cambio a que quienes lo rodean le digan la verdad. Porque otorgar ese derecho deriva luego en faltas de respeto, de modo que el expediente correcto es elegir un conjunto de hombres sabios cuya tarea sea responder a las consultas con toda la verdad. Sólo ellos deben decir la verdad y sólo cuando el príncipe quiera y específicamente sobre lo que les pregunte.112 El príncipe debe preguntarles sobre todo lo que sea necesario, pero jamás dejar que decida otro por sí mismo ni modificar una decisión ya tomada.113 Por todo ello, sólo un príncipe prudente y sabio será capaz de tomar consejos como es debido y el mérito no será de quien aconseja sino de quien sabe ser aconsejado.114

Capítulo XXIV: De por qué los príncipes de Italia han perdido sus Estados

El príncipe nuevo es más observado en sus acciones que uno hereditario, de modo que, si sabe hacerlas como corresponde, le va mejor que al hereditario, pues sus acciones conquistan y obligan más por el hecho de ser presentes y estar vivas.115 He ahí una primera desventaja para los príncipes italianos. Ello se completa con una serie de defectos que no pueden sino conducir a la pérdida del poder: carencia de ejércitos propios, malas relaciones con el pueblo con los poderosos, falta de previsión y luego falta de decisión a la hora de actuar.116

Capítulo XXV: Cuál es el poder de la fortuna en las cosas humanas y cómo hay que enfrentarse a ella


No todo depende de la fortuna, pero sí una gran parte de las cosas y que quizá sea la mayor parte. Por eso, la sabiduría consiste en disponer las cosas de modo tal que puedan resistir luego a las adversidades incontrolables y en volverse virtuoso para saber actuar. Todo ello entra en el dominio de la libertad.
 Es un mérito fundamental en este sentido saber adaptarse a los tiempos, pero ello es muy difícil: cuando la fortuna cambia, lo que no coincide con ella vacila y fácilmente cae (en cuyo caso conviene más ser impetuoso que circunspecto ante la adversidad).

Capítulo XXVI: Exhortación a liderar Italia y liberarla de los bárbaros

Luego de haber explicado por qué Italia ha caído en mano de extranjeros (cf. cap. XXIV), Maquiavelo señala que es el momento más apto para que alguien emprenda su recuperación, pues si se es virtuoso el pueblo no estará mejor dispuesto a acompañar. Ese papel deben asumir ahora los Medici, a quienes está dedicada la obra y de quienes el autor espera obtener protección.

El espíritu de las leyes

(título original, en francés: De l'esprit des lois, 1747) es una obra del filósofo y ensayista ilustrado Charles Louis de Secondat, Barón de Montesquieu, donde éste recrea en el modelo político inglés –tomado, a su vez, de los germanos– el sistema de separación de poderes y monarquía constitucional, que considera el mejor en su especie como garantía contra el despotismo.

Según el autor francés, los poderes ejecutivo, legislativo y judicial no deben concentrarse en las mismas manos. Se trata de una teoría de contrapesos, donde cada poder contrarresta y equilibra a los otros. Hay quien quiere ver en esta teoría una relación entre ideas políticas e ideas sociales: su imagen de la sociedad sería la de tres fuerzas sociales –rey, pueblo y aristocracia–, a la que les corresponden tres fuerzas políticas. El modelo es tomado del sistema político de Reino Unido, donde hay monarquía (el Rey es la cabeza del Poder ejecutivo), hay aristocracia (en la Cámara de los Lores, que es legislativa) y hay representación popular (en la Cámara de los Comunes, que también es legislativa). Si bien es un paradigma de representación, no lo es de separación de poderes ya que, en ocasiones, la Cámara de los Lores funciona como Tribunal Supremo.

Según él, en la monarquía, los poderes intermedios –nobleza, clero, parlamentos– actúan como equilibradores natos que impiden excesos del poder del monarca como también del poder del pueblo. A su vez, esos poderes intermedios se equilibran entre sí. Es notable el modo en que la idea de combinación equilibrada se relaciona con la imagen del universo de Newton, donde los elementos se atraen sin perder su identidad.

Teoría política de Montesquieu

La teoría política de Montesquieu no se limita a la separación de poderes, sino que su pensamiento político es más amplio y profundo. Cada tipo de gobierno surge a causa de la Naturaleza propia de su organización social, y se fortalece en virtud del cumplimiento de sus respectivos Principios de gobierno.

Los hombres tienen a su disposición las herramientas políticas necesarias (creación de leyes positivas) para poder generar mayor prosperidad individual y social con sólo considerar los aspectos particulares y universales de cada organización social.

Montesquieu inició su loable trabajo desarrollando su teoría política. Tomó la concepción clásica de tipos de gobierno (aristocracia, democracia y monarquía). Separó y clasificó los gobiernos en tres clases: los republicanos (aristocracia y democracia), los monárquicos y los despóticos.

El criterio de clasificación de los Tipos de Gobierno se basó inicialmente en dos aspectos que definían la Naturaleza de cada gobierno:

¿Quién detenta el poder?
¿Cómo lo hace?
En el Gobierno Republicano, el pueblo o una parte conserva el poder soberano (ya sea democracia o aristocracia, respectivamente) y éste es responsable de hacer las leyes.

En el Gobierno Monárquico es el rey quien posee el poder y lo hace bajo una estructura de leyes fijas y establecidas.

En el Gobierno Despótico existe una persona que detenta el poder y lo ejerce sin leyes fijas imponiendo sus caprichos personales.

A esta altura, Montesquieu incorpora un criterio adicional para poder seguir con el esquema de tipos. Es lo que se llama los Principios de gobierno.

Mientras que la Naturaleza es la estructura particular de cada gobierno, es lo que le hace ser tal; los Principios son las pasiones humanas que impulsan dichos gobiernos, es lo que le mueve a actuar como tal.

Montesquieu definió a la Virtud Política como el Principio íntimo de la República, al Honor Principio esencial para la Monarquía y al Temor Principio vital para el Despotismo. Esto quiere decir que cada tipo de gobierno necesita actuar acorde a sus Principios para poder conservar su autoridad.

La Teoría de Principios de Gobierno conduce a una Teoría de la Organización Social.

Montesquieu combinó estrechamente los Tipos de Gobierno con la estructura social (educación, tamaño, instituciones intermedias, igualdad de los ciudadanos). Esto se puede interpretar de la siguiente manera:

La Virtud Política, Principio generador de la República, significa amor a la patria y a las leyes, consagración del individuo por la colectividad. Esta última reflexión conduce a un sentido de igualdad social de los hombres frente a la ley pues todos se sienten ciudadanos que viven por y para la comunidad.

Por otro lado, la Monarquía no proclama el renunciamiento personal ni promueve el sentimiento de igualdad, sino que, todo lo contrario, el Honor alienta la presencia de jerarquías, nobleza y distinciones.

Así como la ambición es perniciosa en la República, no lo es en la Monarquía pues es la diferenciación social lo que le infunde vida al gobierno. Mientras que en la República existe una organización igualitaria entre los miembros de la colectividad, la Monarquía se fundamenta en un tratamiento social desigual frente a la ley.

Luego, podemos concluir que la República y la Monarquía tienen diferente esencia; uno se basa en la igualdad y el otro se apoya en la diferenciación, uno se funda en la Virtud Política y el otro en el Honor. En la República, el Principio de la Virtud permitiría encaminar el interés particular al interés general, diferente es en la Monarquía, donde el Principio del Honor, falsa virtud, la sostiene al brindar a los ciudadanos la posibilidad de actuar acorde a sus propios intereses y no necesariamente al interés general. Sin embargo, ambos tienen un aspecto en común: son moderados porque respetan la ley.

En cambio, el Despotismo es arbitrario porque no gobierna respetando la ley. El Despotismo se fundamenta en la igualdad, pero basado en el Temor, donde ninguno tiene participación del poder soberano. Sólo la religión y las costumbres actúan como factor limitativo a esta forma absoluta de gobierno. Aquí, podemos vislumbrar cómo la estructura o vida social varía según el modo en que se ejerce cada gobierno.

Para Montesquieu hay tres legitimidades posibles –la Monarquía y las dos Repúblicas- y una ilegitimidad profunda, el Gobierno Despótico, fruto de una sociedad sin leyes ni instituciones.

Asimismo, Montesquieu resalta que hay una línea delgada entre el poder despótico y el monárquico.

 ...”los ríos corren a fundirse en el mar; las monarquías van a perderse en el despotismo” ...

Cuando una Monarquía pierde de vista los Principios que favorecen a la diferenciación social aparece el poder absoluto y arbitrario. Así considera fundamental la presencia de la nobleza y de rangos intermedios como elemento disipador de movimientos tiránicos en los regímenes monárquicos.

División Vertical del Poder: Esto significa que cuanto más pluralista y desigual sea una Monarquía, menor es la probabilidad de que dicha autoridad degenere en Despotismo.

Cuando los estados y los gobiernos contravienen los Principios que los sostienen, ellos caen por sí solos (Imperio Romano, República Ateniense). Es decir, cuando un tipo de régimen moderado (República o Monarquía) no gobierna basado en sus Principios se lo denomina generalmente un gobierno corrupto.

La Poesía de Lope de Vega

Retrato de lope de vega, como caballero de Malta

Félix Lope de Vega y Carpio (Madrid, 25 de noviembre de 1562-ibídem, 27 de agosto de 1635)1 fue uno de los más importantes poetas y dramaturgos del Siglo de Oro español y, por la extensión de su obra, uno de los más prolíficos autores de la literatura universal.
La obra lírica del gran poeta del siglo de oro, es siguiente:

Los romances

Lope pertenece y encabeza, con su eterno rival el cordobés Luis de Góngora, una precoz generación poética que se da a conocer en la década que va de 1580 a 1590. Desde la temprana edad de dieciocho o veinte años estos poetas empiezan a ser conocidos y celebrados. Los autores –es obvio– no tuvieron mayor interés en controlar ni exigir nada a los impresores. Son, en general, poetas jóvenes (Lope, Góngora, Pedro Liñán de Riaza…), con menos de treinta años. Nadie se preocupó de reclamar su autoría, al menos directamente. La crítica moderna se ha ocupado de dilucidar la autoría de tal o cual romance, pero no ha hecho el esfuerzo necesario para intentar con seriedad establecer el corpus romanceril de los distintos poetas. El de Lope se ha quedado en vagas aproximaciones. Mucho se ha hablado sobre el sentido y el alcance de este romancero de la generación de 1580, en el que Lope impone unas pautas recreadas por otros muchos. El protagonismo de nuestro poeta fue reconocido desde el primer momento.

El nuevo romancero fue una fórmula literaria que caló rápidamente en la sensibilidad social. Jóvenes que estaban llamados a ser genios creadores de larga trayectoria propusieron a sus lectores y oyentes un feliz híbrido de convencional fantasía y unas referencias en clave a amores y amoríos, favores y desdenes, gustos y disgustos de la actividad erótica. Pero el exhibicionismo sentimental no se presenta en ellos desnudo. Aparece, para mayor encanto, velado por la fantasía heroica de los romances moriscos o por la melancolía pastoril. La añeja tradición de los romances fronterizos, compuestos en su mayor parte en el siglo XV al hilo de los hechos históricos a que aluden, reverdece a finales del siglo XVI en este género de moda. Los moriscos fueron los primeros romances de moda compuestos por la generación de 1580 [vid. «Ensíllenme el asno rucio»; «Mira, Zaide, que te aviso»]. La moda del romancero morisco fue sustituida por la pastoril, aunque hubo un tiempo de convivencia de ambas [vid. «De pechos sobre una torre»; «Hortelano era Belardo»]». Cf. sobre este último aspecto Francisco de Quevedo: Historia de la vida del buscón. Edición de Ignacio Arellano. Madrid: Espasa, 2002, p. 129: «Item, advirtiendo que después que dejaron de ser moros (aunque todavía conservan algunas reliquias) [los poetas] se han metido a pastores, por lo cual andan los ganados flacos de beber sus lágrimas, chamuscados con sus ánimas encendidas, y tan embebecidos en su música que no pacen, mandamos que dejen el tal oficio, señalando ermitas a los amigos de soledad».

Rimas

En noviembre de 1602, emparedada entre La hermosura de Angélica y La Dragontea, aparecía en la madrileña imprenta de Pedro Madrigal una colección de sonetos: el primer poemario, sin argamasa narrativa, que Lope publicaba a su nombre. El público debió de acoger favorablemente la colección de doscientos sonetos porque Lope se decidió a publicarlos, sin los poemas épicos, y acompañados de una «Segunda parte», compuesta por églogas, epístolas, epitafios. Esta nueva edición vio la luz en Sevilla en 1604. La edición de 1604 enmendaba en ciertos detalles los sonetos publicados en 1602 y reordenaba con buen tino algunos de ellos. Todavía no había acabado el proceso de acrecentamiento. En 1609 Lope vuelve a editarlas en Madrid, con la adición del Arte nuevo de hacer comedias. El impreso, aunque descuidado en grado sumo, tuvo buena acogida.

El texto, que podemos considerar definitivo, con los doscientos sonetos, la Segunda parte y el Arte nuevo, se reimprimió en Milán, 1611; Barcelona, 1612; Madrid, 1613 y 1621; y Huesca, 1623. En el caso de las «Rimas» encontramos poemas que cabe datar entre 1578 y 1604. Los doscientos sonetos recorren, desordenadamente y con incrustaciones de otros asuntos, el itinerario obligado de los canzonieri petrarquistas. Los conflictos amorosos con [Elena] Osorio dieron origen a una celebrada serie sonetil de Lope: la de los mansos. El motivo pastoril se recrea en una trilogía formada por el soneto «Vireno, aquel mi manso regalado», conservado en el «Cartapacio Penagos» pero no impreso hasta que lo editó Entrambasaguas en 1934, y los sonetos 188 y 189 de las Rimas.
El soneto 126, «Desmayarse, atreverse, estar furioso», se limita a anotar contrarias reacciones, sicológicamente verosímiles, del amante. Los trece primeros versos han acumulado el predicado de la definición, sin nombrar el sujeto. El segundo hemistiquio nos quiere convencer, nos convence de que no hemos oído una abstracta e impersonal definición escolástica, sino la expresión artística de una experiencia viva: «quien lo probó lo sabe».

De entre todos los poemas que glosan estos asuntos, alcanzó pronta y perdurable fama el 61: «Ir y quedarse, y con quedar partirse». Los poemas añadidos en 1604, a pesar de su notable interés, apenas han despertado la curiosidad de críticos y lectores. Se inicia con tres églogas de distinta factura, interés y calado. El Arte nuevo de hacer comedias en este tiempo, escrito a finales de 1608, es un poema didáctico, una charla o conferencia y, como tal, se escapa de los estrictos límites de la lírica o la épica.

Rimas sacras.

La primera edición es madrileña, de 1614, con el preciso título de Rimas sacras. Primera parte. Que sepamos, nunca hubo una segunda parte. Estamos ante uno de esos poemarios en los que el autor sintetiza toda una vena de su fértil musa. Su estructura corresponde a lo que venimos llamando cancionero lopesco. Lo integran un canzoniere petrarquista (los cien sonetos iniciales) y una variedad de composiciones en diversos metros y géneros: poesía narrativa en octavas, glosas, romances descriptivos, poemas en tercetos encadenados, liras y canciones.
Las Rimas sacras van a desarrollar ampliamente la palinodia que exigía la tradición literaria del petrarquismo. No solo porque el soneto inicial sea una reescritura del de Garcilaso de la Vega («Cuando me paro a contemplar mi estado»), sino porque la idea esencial de ofrecer un ejemplo de arrepentimiento del amor mundano está aquí desarrollada, no en un soneto, sino en toda la serie inicial y en otros muchos poemas que pespuntean el «canzoniere» petrarquesco.
 La mayoría de los sonetos de las Rimas sacras están escritos en primera persona y dirigidos a un tú íntimo e inmediato. El más celebrado de todos, el XVIII, es un monólogo del alma, que habla con voces coloquiales y directas a un Jesús enamorado: «¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras?». Frente a estos sonetos de la intimidad, se encuentran, en número menor pero relevante, los de carácter hagiográfico, litúrgico o conmemorativo. Sin embargo, algunos poemas narrativos, como «Las lágrimas de la Madalena», el de mayor extensión, son continuación del universo poético predominante en los sonetos. «Las lágrimas» pertenece a una especie de la épica.

La Filomena

En julio de 1621 apareció en Madrid La Filomena con otras diversas rimas, prosas y versos. En ese mismo año conoció una nueva edición barcelonesa, obra del más apasionado lopista entre los impresores catalanes: Sebastián de Cormellas. Volumen, pues, misceláneo, en el que Lope ensaya, con esa permanente vocación experimental que venimos señalando, dos géneros que han irrumpido con fuerza en el panorama literario de su época: la novela y la fábula mitológica; y trata de dar la réplica a sus máximos creadores y perpetuos rivales: Góngora y Cervantes.
El poema que da título al volumen se presenta en dos partes distintas en el metro (octavas frente a silvas), el género (narrativa frente a fábula simbólica de polémica literaria) y la intención. La primera parte, en tres cantos, narra la trágica historia de Filomena, violada y mutilada por su cuñado Tereo, según el conocido relato ovidiano del libro VI de las Metamorfosis. «Las fortunas de Diana», novela corta, no se halla exenta tampoco de afán polémico y espíritu de emulación. Estamos ante un coletazo, casi último, de la agria disputa que surgió a raíz de la publicación del Quijote. Primera parte (1605) y la respuesta del círculo de Lope en el apócrifo, firmado por Alonso Fernández de Avellaneda (1614).
Pero no es nuestro objeto comentar el arte narrativo de las «Novelas a Marcia Leonarda», sino señalar su dimensión lírica. Su núcleo principal es una nueva entrega de romances pastoriles. «La Andrómeda» es un poema emparentado con «La Filomena» aunque algo más breve: 704 versos en un único canto. Narra con su habitual soltura, y con menos digresiones de las habituales, la historia de Perseo, la muerte de la Medusa, el nacimiento de Pegaso, el surgimiento de la fuente de Hipocrena. Mucho más interesantes son las epístolas poéticas que vienen a continuación, entre las que se incluyen dos que no son de Lope.

La Circe

La Circe con otros poemas y prosas aparece en Madrid en 1624. La Circe es un volumen misceláneo, gemelo de La Filomena, aunque con matices y diferencias. El poema que da título al volumen es una réplica y, en cierto modo, una superación del modelo de la fábula mitológica fijado por Góngora. En dos sentidos: en su extensión y complejidad (tres cantos con 1232, 848 y 1232 versos) y en su alcance moral. Un narrador omnisciente presenta al lector la trágica caída de Troya. El mismo narrador nos cuenta cómo los soldados de Ulises abren los odres de Eolo ha encerrado los vientos y, en medio de la tempestad llegan a la isla de Circe. Asistimos a la transformación de los soldados en animales. Vencida Circe, los amigos de Ulises recuperan su imagen originaria.
Parte Ulises, pero aún ha de descender a los infiernos para consultar su porvenir con el adivino Tiresias. «La rosa blanca» es el segundo poema mitológico de este volumen, más breve y concentrado que La Circe, con 872 versos en octavas. Reúne en rápida sucesión una serie de episodios míticos vinculados a la diosa Venus. Como en La Filomena, Lope reservó las tres novelas «A la señora Marcia Leonarda» para insertar la aportación de versos castellanos que tenemos en todos sus poemarios. No abusa de ellos: tres o cuatro poemas originales acoge cada una de las narraciones. Las seis epístolas en verso de La Circe (hay tres más en prosa) son prolongación y depuración del género y del talante poético que vimos en La Filomena.

Triunfos divinos

A los diez años de sacerdocio, en medio de las polémicas literarias en torno al culteranismo, Lope volvió a la poesía sagrada como un instrumento más para acercarse al poder político y al eclesiástico. Estas circunstancias son evidentes en Triunfos divinos (Madrid, 1625), dedicado a la condesa de Olivares. El poema extenso que da título al volumen es una versión a lo divino de los Triomphi del Petrarca. La parte más viva del poemario son los sonetos que continúan la línea penitencial e introspectiva del volumen de 1614. Con portadilla propia, dirigido a la reina Isabel de Borbón, cierra el volumen un poema épico breve (tres cantos; 904 versos) titulado La Virgen de la Almudena.

Laurel de Apolo

Dentro de la campaña con la que Lope trata de proyectar su figura entre las altas esferas y en los círculos literarios debe incluirse la publicación del Laurel de Apolo (1630). El poema central, que da título al volumen, es el acta de unas cortes del Parnaso. Para esta transcripción emplea como estrofa la silva. Se propuso Lope elogiar a los poetas de su tiempo y así lo hizo. A lo largo de diez silvas, desfilan cerca de trescientos vates españoles y portugueses, treinta y seis italianos y franceses y diez pintores ilustres. Dentro del largo catálogo de poetas se insertan algunas fábulas mitológicas, dos de ellas con su propio título identificativo (El baño de Diana, El Narciso).
Aprovecha además Lope para atacar indirectamente a su rival por el puesto de Cronista del Reino de Castilla y León, José Pellicer de Salas y Tovar, quien era, además, uno de los comentaristas de su gran enemigo, Luis de Góngora, cuyo estilo se critica también en el Laurel de Apolo a través de sus malos seguidores. El volumen del Laurel de Apolo, aunque ocupado en su mayor parte por el extenso poema que he descrito, tiene un apéndice que no carece de interés. Allí encontramos La selva sin amor, égloga pastoril, una silva, una epístola y un manojuelo de ocho sonetos, entre los que siempre se han destacado las sátiras anticulteranas: "Boscán, tarde llegamos. ¿Hay posada...?".

La vega del Parnaso

Entre los poemarios de Lope, este presenta una historia muy peculiar. Su núcleo está integrado por una serie de composiciones líricas de cierta extensión impresas como pliegos sueltos o folletos de escasas páginas en los últimos años de la vida del poeta. Lope pensó en dar a la imprenta El Parnaso, pero no llevó a efecto su propósito. El nuevo poemario no vio la luz hasta que, muerto el autor, sus amigos y herederos lo publicaron en 16376 en la Imprenta del Reino con el título de La vega del Parnaso. En La vega se reunieron obras de muy distinto calado, intención e importancia. Se incluyeron los impresos sueltos anteriores a 1633 que ya han sido mencionados. Se recuperaron textos antiguos.
Se acumularon poemas de ocasión de la última etapa de Lope. Se agruparon también algunas obras escritas en los últimos meses de vida del poeta. Esta mezcla de dramas y poemas líricos es enteramente ajena a los hábitos editoriales de Lope. La vega del Parnaso constituye la penúltima revolución lírica de Lope. En varios poemas emplea dos tipos de lira de seis versos. Con este metro busca una expresión más escueta. Es un abandono momentáneo de su larga trayectoria de poeta petrarquista y amoroso para intentar una poesía volcada hacia lo social que le granjeara el respeto y el auxilio de la corte. Uno de los temas clave del poemario es la conciencia de la muerte.

Rimas humanas y divinas del licenciado Burguillos

En noviembre de 1634 acaba de imprimirse en la Imprenta del Reino, a costa de Alonso Pérez, el último poemario que Lope verá en vida: Rimas humanas y divinas del licenciado Tomé de Burguillos. El libro tiene la estructura habitual de los cancioneros lopescos: un cancionero petrarquista (formado por la mayor parte de los 161 sonetos), que resulta fundamentalmente paródico y humorístico, ya que se centra en una lavandera del Manzanares, Juana, a la que pretende el autor, una máscara o heterónimo de Lope, el estudiante pobre Tomé de Burguillos. Junto a estos poemas hay otros epigramáticos, humorísticos, serios, desengañados, satíricos, jocosos, religiosos e incluso filosóficos, que pertenecen al tranquilo ciclo de senectute lopesco, así como una excepcional epopeya cómico-burlesca, La Gatomaquia, en siete silvas, sin duda la más perfecta y acabada muestra del género épico que salió de la pluma de Lope, protagonizada por gatos.
En la portada aparece eñ «licenciado Tomé de Burguillos», y un retrato grabado del mismo; su sintética biografía se nos da en el «Advertimiento al señor lector». Burguillos, paralelo en cierto sentido a la figura del donaire en la comedia, encarna la visión antiheroica, escéptica y desengañada del viejo Lope, que parodia en él su propia biografía y su creación literaria. Sin embargo la aprobación del amigo del autor, Francisco de Quevedo, deja entrever que su estilo es bien parecido "al que floreció sin espinas en Lope de Vega". Burguillos traza un «canzoniere» petrarquista en clave de parodia, de autoparodia.

Biblioteca personal

Tengo un libro de poesía de Lope de Vega.

sábado, 30 de agosto de 2014

Historia de Roma por Tito Livio


Ab Urbe condita (literalmente, «Desde la fundación de la Ciudad») es una obra monumental escrita por Tito Livio que narra la historia de Roma desde su fundación, fechada en el 753 a. C. por Marco Terencio Varrón y algunos investigadores modernos. El libro fue escrito por Tito Livio (59 a. C.–17) y es frecuentemente referido como Historia de Roma o Historia de Roma desde su Fundación. Los primeros cinco libros fueron publicados entre los años 27 a. C. y 25 a. C.

Plan de la obra

Originalmente escrito en 142 libros, sólo 35 han sobrevivido hasta nuestros días. El primer libro comienza con el desembarco de Eneas en la península itálica y la fundación de Roma por Rómulo y Remo y termina con la elección de Lucio Junio Bruto y Lucio Tarquinio Colatino como cónsules en el año 502 a. C. (según la cronología de Tito Livio; Varrón lo data en el año 509 a. C.). Los libros II a X cuentan la historia de la República romana hasta las Guerras Samnitas, mientras que los libros XXI a XLV narran la Segunda Guerra Púnica y el final de la guerra contra Perseo de Macedonia.
Los libros restantes son preservados por un índice sumario del siglo IV, llamado Periochae, salvo por los libros CXXXVI y CXXXVII. Sin embargo, ese índice no partió del texto original de Tito Livio, sino de una edición posterior que se ha perdido. Hay un índice similar en un papiro encontrado en la ciudad egipcia de Oxirrinco y que hoy se encuentra en el Museo Británico, y que recoge el contenido de los libros XXXVII a XL y XLVIII a LV. Sin embargo, se trata de un documento dañado e incompleto.
Los libros XLVI–LXX tratan la época hasta la Guerra Social de 91 a. C. El libro LXXXIX incluye la dictadura de Sila en 81 a. C. y el libro CIII contiene una descripción del primer consulado de Julio César. El libro CXLII termina con la muerte de Nerón Claudio Druso en 9 a. C.
Mientras que los primeros diez libros abarcan un periodo de más de 500 años, una vez que Tito Livio comenzó a escribir sobre el siglo I a. C. dedicó casi todo un libro a cada año.
Entre sus páginas se encuentra la primera ucronía conocida: Tito Livio imaginando el mundo si Alejandro Magno hubiera iniciado sus conquistas hacia el oeste y no hacia el este de Grecia.

Valor y conservación

La colección es vital para muchas descripciones, retratos, historias y otros proyectos referentes al Reino y a la República de Roma. Aunque se trata de una obra con un cierto sesgo, contiene muchas referencias a fuentes, y presenta una historia general de Roma en un buen estilo literario que facilita su comprensión y lectura. Sin embargo, la fiabilidad de la obra ha sido cuestionada a menudo, puesto que Tito Livio era un romano y sus relatos muchas veces parecen tender a glorificar a su propio pueblo. A pesar de ello, los libros son de un incalculable valor, puesto que reflejan las reacciones de los propios habitantes de la antigua Roma ante los acontecimientos históricos, sus intereses y sus diversas costumbres y tradiciones. Otras fuentes, como Las vidas de los doce césares de Suetonio, suelen coincidir con Tito Livio cuando tratan periodos de tiempo que estuviesen cubiertos por la Historia de Roma.
A finales del siglo IV, los políticos Virio Nicómaco Flaviano y Apio Nicómaco Dexter produjeron una edición corregida de la obra de Tito Livio. Todos los manuscritos de los primeros diez libros de Ab Urbe condita que fueron copiados a través de la Edad Media parten de este manuscrito único, gracias al cual los libros han sobrevivido.

miércoles, 27 de agosto de 2014

Biblia, edición de 1703

Escrita en Francés. "La Sainte Bible traduite en François".























































































Estos dos volúmenes antiguos corresponden a una edición francesa de la Biblia formada por tres tomos. La edición se publicó en 1703 y está impresa a tamaño gran folio, con encuadernación de época. Ambos libros se encuentran en buen estado y están completos, con todas las páginas y grabados originales. El título completo de la obra es "La Sainte Bible traduite en François, le latin de la Vulgate à coté, avec de courtes notes tirées des Saints Péres et des meilleurs interprètes, pour l'intelligence des endroits les plus difficiles, et la Concorde des Quatre Evangelistes, en Latin et en François". Lo podemos ver impreso en la primera página de ambos libros, a dos tintas (roja y negra).

En la página anterior del mismo tomo parece un hermoso grabado en el que se ve a Jesucristo crucificado flanqueado por dos personajes bíblicos. Bajo la imagen hay una leyenda con el nombre del editor, Jean Francois Broncart, "Imprimeur & Marchant Libraire". En la página donde aparece el título también hay un pequeño y encantador grabado de temática religiosa. El primer volumen contiene una tabla desplegable con varias viñetas grabadas, que representan distintos episodios del Antiguo y el Nuevo Testamento. Entre otros distinguimos la Torre de Babel, el Arca de la Alianza y la Crucifixión. 

A continuación van detallándose los distintos libros de la Biblia, con títulos en latín y textos en francés. El Volumen II lleva el mismo encabezamiento con el título y el editor, comenzando en este caso con el Libro de Los Salmos. Este tomo no lleva tabla desplegable. La encuadernación de ambos volúmenes está revestida en piel de color marrón rojiza, bastante bien conservada a pesar de mostrar algunos signos de deterioro. En los lomos podemos ver la inscripción dorada SAINTE BIBLE y el número de cada tomo.

Por su antigüedad y su nobleza, estos dos volúmenes de la Biblia merecen pertenecer a una gran biblioteca de libros de época.

Medidas: Ancho: 26,5 cm. Alto: 40 cm.