sábado, 29 de agosto de 2015

La Biblioteca de Felipe II de España (Escurialense o la Laurentina)


El 1.º de junio de 1886 se hizo entrega a los padres Agustinos de las misiones de Filipinas, que hoy residen en el monasterio de El Escorial, de la espléndida biblioteca fundada en él por el Rey Felipe II, y donde se atesoran tantas riquezas en peregrinos códices árabes, griegos, latinos y españoles, ediciones de la mayor rareza y todo género de primores de las artes auxiliares del libro y de la imprenta.
El jefe de aquella dependencia es el P. Pedro Fernández, el cual, con un celo digno de todo encomio, no sólo ha procedido desde el primer momento a la rectificación de los inventarios, a la catalogación de impresos y manuscritos y a la clasificación de monedas y medallas, sino que hallándose desprovista la biblioteca de obras de la literatura y de la ciencia modernas, y careciendo la comunidad de recursos para atender a su provisión, se ha dirigido a los presidentes de las Academias, al Ministerio de Fomento y Dirección de Instrucción pública, a los Presidentes del Congreso y del Senado, al Director de la Biblioteca Nacional y a cuantas personas y centros son poseedores de libros destinados a las bibliotecas públicas, en solicitud de ejemplares con que seguir enriqueciendo aquel establecimiento de nombre universal.

El Sr. Conde de Cheste, Presidente de la Academia Española; el Sr. Cánovas del Castillo, que lo es de la de la Historia; el Sr. Marqués de Barzanallana, como individuo de la comisión interior del Senado, y de la Academia de Ciencias Morales y Políticas, el señor Navarro Rodrigo, y otras dignas personas, se han apresurado a corresponder tan espléndidamente a la invitación del P. Fernández, que ya con las obras regaladas por éstos y por algunos particulares, suben a 415 los volúmenes ingresados de nuevo y consignados en el registro de entradas. De esperar es que los demás centros contribuyan del mismo modo y con igual magnificencia a una obra que no titubeamos en reputar de honor nacional.

La Biblioteca de El Escorial casi constantemente se halla concurrida por literatos nacionales y extranjeros que van a hacer en ella importantes estudios, principalmente en el arsenal opulento de sus soberbios Códices. Desde 1886 [sic por 1876] han trabajado en éstos los extranjeros Mrs. Phil, Heïnebrann, Cruset, Ballaqui Aladás, Hermann Knust, Jules Berioz, Dr. Regel, Theodore Ouspenks, Brunne Keil, Rodolph Beer, Amedée Pagés y Albert Martín, y entre otros españoles, los Sres. Fernández y González (D. Francisco), Amador de los Ríos (D. Rodrigo), Felipe Benicio Navarro, Eduardo Mier, Juan Cuesta y Armiño, Juan Pérez de Guzmán, Jesús Monasterio, Joaquín de Olmedilla, Aznar, Oteyza, Padilla, Amorós, Peña, Fabié, Melgares, Macorra, Iglesias, Maura, Fuentes, &c. En cuanto a los PP. Agustinos, son muchos los que constantemente acuden a consultas, habiendo sido los más continuos fray Tirso López, fray Marcelino Gutiérrez, fray Eustaquio Uriarte, fray Tomás Rodríguez y otros.

Ayudan al P. Fernández en sus trabajos, como auxiliares, los PP. fray Eustasio Esteban, fray Ignacio Monasterio y fray Manuel Fraile, con cuyo concurso se han hecho ya 5.500 papeletas nuevas de impresos y van clasificadas 2.093 monedas, de las que sólo quedan por clasificar parte de las griegas y todas las árabes.
Es indudable que, terminada la catalogación de libros y manuscritos, y la clasificación numismática, a lo que habrá que agregar el catálogo iconoclástico, aunque no muy numeroso, ni rico en grandes obras de arte, se publicará ese trabajo que tanto ha de facilitar los que emprendan los estudiosos. Para esta publicación se impetraría el apoyo de la Real Casa.

Biblioteca de Felipe II


La Real Biblioteca de El Escorial, también conocida como la Escurialense o la Laurentina, es una gran biblioteca renacentista española fundada por Felipe II que se halla en la localidad madrileña de San Lorenzo de El Escorial, formando parte del patrimonio del Monasterio de El Escorial.

Motivación


La idea de Felipe II de hacer una gran biblioteca en España tiene como principales motivos los siguientes:

el carácter humanista del propio rey, persona con gran formación intelectual, además de gran bibliófilo, que asumió como natural el impulso de una biblioteca. La historiografía más reciente ha acuñado el término de Librería Rica para referirse a la biblioteca privada de Felipe II, la cual ha sido considerada como el embrión de la Escurialense o, al menos, una gran inyección a los fondos de ésta última.


El contexto del humanismo, movimiento cultural característico del Renacimiento, que conllevaba el constante fomento de toda actividad intelectual;

la necesidad de sedentarismo de la Corte;
la labor de los asesores del monarca, muchos de ellos humanistas que, con Benito Arias Montano a la cabeza, marcaron el rumbo de la cultura española del momento. Todos ellos eran grandes lectores y bibliófilos, por lo que aconsejaron al rey de buen grado de cara a la política que debía llevar a cabo si quería construir una buena biblioteca.

Proceso de formación

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La creación de una gran biblioteca en España la tuvo en mente Felipe II desde 1556, pero retrasó el proyecto el «carácter trashumante» de la corte española. Por esas fechas, el rey comunicó a algunos de sus asesores, como Páez de Castro, que comenzasen el acopio de libros para una librería regia.
La decisión real de elegir en 1559, con la corte ya establecida en Madrid, San Lorenzo de El Escorial como lugar de construcción fue una decisión polémica, que contravino las indicaciones de sus asesores, los cuales se inclinaban por localidades como Salamanca, ya que contaban con una gran tradición universitaria y por tanto con mayor interés, a nivel general, por los libros. Además, lo apartado del lugar respecto de las plazas universitarias por excelencia de la época, como la propia Salamanca o Valladolid, fue considerado otro problema añadido.
Los primeros libros comienzan a llegar en el año 1565. Las primeras adquisiciones se corresponden con 42 duplicados de libros ya existentes en palacio.

En 1566 llegó una segunda remesa de libros, entre los que se encontraban piezas de gran valor como el Códice áureo, el Apocalipsis figurado o, quizá el más importante, un De baptismo parvulorum, de San Agustín, supuestamente escrito de su puño y letra.
A lo largo de los dos años siguientes se sobrepasó la cifra de los mil volúmenes gracias a las aportaciones de asesores como el obispo de Osma, Honorato Juan. Llegados a este punto, la biblioteca era una realidad, y Felipe II se reunió con representantes destacados de todo tipo de disciplinas para asesorarse en la adquisición de copias. La tendencia en estos años será adquirir originales y volúmenes antiguos, pues según el criterio de la época esto era lo que hacía a una biblioteca «aventajada sobre otras».

Felipe II, el artífice de la Biblioteca.

En 1571 se adquirió parte de la biblioteca de Gonzalo Pérez, uno de los asesores del rey, muerto cinco años antes, tras negociaciones con su hijo. Esto supuso 57 manuscritos griegos, procedentes de Sicilia, y 112 latinos, procedentes de la biblioteca del Duque de Calabria. Ese mismo año falleció otro de los secretarios reales, Juan Páez de Castro, y nuevamente se procedió a la compra a sus herederos de parte de su biblioteca. Se adquirieron 315 volúmenes, destacando fundamentalmente los de origen griego y árabe.
Siendo la Escurialense en ese momento una institución de gran prestigio, surgió la figura de los embajadores, que por doquier eran enviados con instrucciones y poder adquisitivo para la compra de numerosos ejemplares. Así, en territorio nacional se llevaron a cabo compras procedentes de archivos catedralicios y librerías monacales, mientras que en las principales ciudades europeas había emisarios encargados de adquirir obras de renombre.
 La labor de los emisarios, en el exterior, se coordinaba con la del bibliotecario/comisionado, en la propia biblioteca, pues éste último se encargaba de ordenar y clasificar las piezas que llegaban a la biblioteca de El Escorial. Una de las colecciones más valiosas llegadas a la biblioteca fue la de manuscritos griegos y códices latinos recopilada por Diego Guzmán de Silva durante su estancia como embajador en Venecia (1569-1577).
En 1576 se realizó un inventario que recogió 4546 volúmenes, entre manuscritos (en torno a 2000) y libros impresos (aproximadamente 2500). Ese mismo año se adquirió la biblioteca de Diego Hurtado de Mendoza, la cual era considerada la más importante de España. Este hecho supuso más de 850 códices y 1000 volúmenes impresos, la mayoría adquiridos en el que entonces era el enclave comercial de libros por antonomasia: Italia.
En este momento el volumen de la biblioteca es tal que se requiere la colaboración de Benito Arias Montano, quien necesitó alrededor de diez meses para catalogar las obras, ordenando según el idioma de las mismas.
A comienzos de la década de los 80 del siglo xvi, la Escurialense adquirió obras de gran importancia. El primer ejemplo fue donado por el señor de Soria, Jorge Beteta: un códice de los Concilios visigóticos que data del siglo ix. Además, de la biblioteca de Pedro Fajardo, Marqués de los Vélez, se obtuvieron en torno a 500 impresos. Por otro lado, de la Capilla Real de Granada se tomaron libros pertenecientes a Isabel la Católica, muchos de ellos de gran belleza — algunos, como los Libros de horas, incluso se venden hoy en día en reproducciones facsímiles debido a su belleza visual.
La última década del siglo se iniciaba con la compra de la biblioteca del canonista Antonio Agustín, una de las más extensas de España. No todas sus obras llegaron a San Lorenzo, pues algunas fueron a parar a la Biblioteca Vaticana, pero en torno a mil ejemplares recalaron en la Real Biblioteca de El Escorial.


Estructura


Salón principal

Se trata de la pieza principal del conjunto; las fuentes hablan de ella como la «mayor y la más noble», y por eso se la conoce como Salón Principal (además de Salón de los Frescos).
Mide 54 metros de largo, 9 de ancho y 10 de alto, siendo lo más impresionante, al menos visualmente, la bóveda de cañón que corona la sala.

Esta bóveda se halla dividida en 7 zonas, cada una de las cuales está ornamentada con pinturas al fresco que representan las siete artes liberales: el Trivium (Gramática, Retórica y Dialéctica) y el Quadrivium (Aritmética, Música, Geometría y Astrología). Cada una de las artes está representada por una figura alegórica de la disciplina, dos historias relacionadas con ella, una a cada lado (habitualmente sacadas de la mitología, la historia clásica, la Biblia y la historia sagrada). Estas historias se complementan con cuatro sabios, nuevamente una mitad a un lado y otra mitad al otro, representativos de cada arte.
Por último, en los frontispicios testeros se hallan representadas la Filosofía (al norte, representando al saber adquirido) y la Teología (al sur, representando el saber revelado).
Esta decoración fue pintada por Pellegrino Tibaldi (Peregrín de Peregrini), en estilo renacentista manierista, siguiendo el programa iconográfico del Padre José de Sigüenza.
En cuanto a las partes laterales del salón principal, el muro de poniente cuenta con 7 ventanas desde las que se observa la sierra de Guadarrama, mientras que el de naciente cuenta con cinco ventanas grandes bajas, con vidrieras y balcones, y cinco pequeñas altas, todas ellas enfocadas hacia el Patio de Reyes.
Los laterales están adornados con multitud de retratos al óleo, entre los que destacan los de Carlos II —pintado por Carreño de Miranda y puesto ahí en 1814—, Felipe II o Carlos V —pintados estos últimos por Pantoja de la Cruz—. Tristemente, durante la invasión napoleónica se perdió el Felipe IV de castaño y plata de Velázquez, ahora en la National Gallery de Londres.

También se encuentran, en este Salón Principal, algunos bustos, como el del marino Jorge Juan. En el hueco de una de las ventanas se halla un armario de finas maderas, el cual está planteado para guardar maderas. Fue realizado a mediados del siglo xviii, y en él se encuentran 2324 piezas.
Las cuatro paredes cuentan con una poderosa estantería diseñada por Juan de Herrera, el arquitecto del monasterio. Es de estilo clásico-renacentista, y está hecha con maderas finas como la caoba, el cedro o el ébano. Fray José de Sigüenza dijo en su momento que se trata de «la más galana y bien tratada cosa que de este género [...] se ha visto en librería».
 En cualquier caso, la estantería se encuentra en un zócalo de mármol jaspeado. Cuenta con 54 estantes, cada uno de ellos con seis plúteos. Desde la época en que el padre Antonio de San José fue bibliotecario, a mediados del siglo xviii, el segundo de estos plúteos cuenta con una tapa de madera cerrada con candado, ya que era común que los cortesanos robasen libros.

Los libros de esta estantería se encuentran con el corte hacia fuera, algo que puede deberse a distintas razones:

mostrar que los cortes son dorados;
romper con la monotonía de la vaqueta de los lomos;
leer el título, escrito en ellos;
por la colocación, ya que el lomo es más fino que el borde.
Por último, el piso del Salón Principal está pavimentado con mármoles blancos y pardos. En el eje longitudinal (de norte a sur) hay una mesa de madera, la cual es acompañada por otras cinco, de mármol gris. En cada una de éstas hay dos plúteos con libros, los cuales fueron dotados de puertas a finales del siglo xviii. Datan de la época de Felipe II, y en un primer momento sostenían esferas relacionadas con la geografía y la astronomía. De hecho, una de ellas todavía se encuentra en la sala.

En la actualidad, esas mesas sirven de expositores para las obras más importantes de la Escurialense, entre las que se hallan las Cantigas de Santa María, de Alfonso X el Sabio, o un Apocalipsis figurado atribuido a Juan Bapteur de Friburgo, Péronet Lamy y Juan Colombe.

Otras estancias


El resto de estancias son espacios que en la actualidad están sin uso. Sin embargo, en las fuentes de la época existen referencias sobre ellas.
En primer lugar, están el Salón Alto y el Salón de Verano. Ambos son señalados, por el Padre José de Sigüenza, como las «dos piezas supletorias» de la biblioteca. En cuanto a la primera de ellas, el Salón Alto, se le conoce así por encontrarse justo encima del salón principal, siendo simétrico a él. Por lo que se sabe, contenía «estantes [...] bien labrados [...], una estatua de San Lorenzo [...], retratos de muchos pontífices [...], globos terrestres y celestes y muchas cartas y mapas de provincias», entre otras muchas cosas, además de, evidentemente, libros. Como curiosidad hay que decir que Sigüenza describe esta pieza como muy fría en invierno y caliente en verano, debido a su alta ubicación. De todas formas eso no impide que, hasta que se terminó el salón principal, todos los libros fuesen colocados aquí.
Una vez pasaron a la gran sala, el Salón Alto tuvo multitud de usos, pasando a ser desde dormitorio de novicios hasta el lugar donde el bibliotecario organizaba las obras, pasando por almacén de libros prohibidos.
En cuanto al Salón de Verano, la segunda pieza supletoria de las que señala Sigüenza, se encuentra al lado del Salón Principal, siendo perpendicular a este. Mide en torno a 15 metros de largo y 6 de ancho, y cuenta con 7 ventanas orientadas hacia el Patio de Reyes. Por lo que se sabe, esta sala contaba con manuscritos de gran entidad. Estaba dividida en dos partes, de cara a organizar los manuscritos por idiomas. En la actualidad se emplea para conservar impresos en su mayoría modernos, aunque lo importante acaso sea los retratos que en él se encuentran.
Otra estancia es el Salón de Manuscritos, la antigua ropería del monasterio. Mide 29 metros de largo, 10 de ancho y 8 de alto, contando al igual que el Salón Principal con una bóveda. Está orientado al norte, y fue destinado al almacenamiento de manuscritos en la segunda mitad del siglo xix.22 Cuenta con 47 estantes y tres mesas, y a él fueron trasladados los manuscritos tras el incendio de 1671, y fue este desplazamiento el que los salvó del incendio de 1872, pues no afectó a esta sala.
Relacionado con los manuscritos se halla el Salón del Padre Alaejos. Su principal referencia se encuentra en su testamento, donde dice que la sala «era entonces una pieza oscura como el dormitorio que es sobre el refitorio, y aun tenía menos la segunda luz de las ventanas que salen a los camaranchones por el lado». Las fuentes de la época hablan de ella como una «biblioteca de manuscritos» o «librería de mano», pues en ella se hallaban códices de todo tipo. Esta sala fue pasto de las llamas en 1671, y a partir de ahí perdió el valor que tenía.
Por último, está la Librería del Coro que alberga los libros cantorales utilizados para el rezo y el canto en el oficio divino. Son 221 volúmenes, hechos en pergaminos de pieles de distintos animales, y se hallan repartidos en una única estantería de once cuerpos.

Descripción de los principales fondos


Latinos


Los códices latinos son, tradicionalmente, las obras predominantes de la Laurentina. En la actualidad, se conservan en torno a 1400 ejemplares, pero en la época de plenitud pudieron ser alrededor de 4000. Nuevamente, la base la aporta la biblioteca de Felipe II, que pese a no ser más que 9 códices eran de gran valor, como dan cuenta de ello los Evangelios escritos en letras de oro o el Apocalipsis Figurado atribuido a Juan Bapteur.

Poco a poco fueron llegan ejemplares, en una primera hora la mayoría provenientes de las bibliotecas de sus asesores. Así, Gonzalo Pérez aportó obras de autores clásicos como Tito Livio o Plinio, mientras que Páez de Castro o Arias Montano hicieron lo propio. Otra inyección importante se produce en 1571, cuando el monarca solicita a obispos de toda la nación que le envíen las obras de San Isidoro de Sevilla que posean para hacer una edición completa de sus escritos. Finalmente, como era de esperar, los libros enviados a Felipe II nunca llegaron a su destino y quedaron definitivamente en la Laurentina.
De Venecia también llegó un gran número, destacando 26 códices de alquimia. Por otro lado, el obispo de Plasencia Pedro Ponce de León donó un gran número de códices. También se adquirieron, en 1572, algunos manuscritos que habían pertenecido al rey Alfonso I de Nápoles. Diego Hurtado de Mendoza donó en torno a 300 volúmenes, de los cuales se conserva algo más de un quinto en el 2007.
Antes de la muerte de Felipe II se hicieron muchas aportaciones, fue sin duda la época más gloriosa. Tras su muerte, pese a que el proceso no se interrumpe, si es cierto que languidece. Durante el siglo xvii las principales aportaciones provienen del testamento del difunto rey, aunque a mediados de siglo el Marqués de Liche donó gran parte de la biblioteca del Conde-Duque de Olivares — la cual es, en el 2007, aproximadamente el 50% de los manuscritos que se conservan.
Con el terrible incendio de 1671 se perdieron unas 2000 obras, de valor incalculable. Junto con esa pérdida se daba, como sinergia, que los catálogos existentes perdieron su validez, por lo que durante un tiempo no se supo con exactitud los manuscritos que quedaban. Carlos III, en 1762, se encargó de poner fin a esto y encargó un catálogo que tardó tres años en hacerse. La colección de códices latinos sufrió lo indecible durante el siglo xviii, pues en una época de fervor patriótico se arrancaron páginas de algunos volúmenes, en especial el De habitu clericorum, porque vertían opiniones en contra de la nación.
Durante el siglo xix se estudian los manuscritos, y se publican minuciosos catálogos al hilo de las exigencias de la época. Sea como fuere, en el 2007 los manuscritos latinos ocupan 26 estantes de cuatro plúteos, que suponen más de 1300 obras.

Griegos

La colección que se halló, en su mejor época, en el Real Monasterio de El Escorial abarcaba 1150 volúmenes, siendo una de las más importantes de Europa.25 De hecho, la adquisición de volúmenes griegos fue una de las grandes preocupaciones de Felipe II prácticamente desde que decidió organizar una gran biblioteca.
Así, en 1556 se trasladó un copista a París que transcribió docenas de códices de diversos campos. Es así como llega la primera colección, formada por 28 manuscritos. Sin embargo, es a partir de 1570 cuando el ascenso de las obras en griego se hace notable. Antonio Pérez donó 57 códices de su padre, lo mismo que Juan Páez de Castro hizo que algunas de sus pertenencias. De diversas abadías y monasterios llegaron códices en la década de los 70.
Las obras helénicas eran de tal importancia en la biblioteca de El Escorial que se contrató a un copista griego para que organizase y mantuviese en buen estado las compras y donaciones que llegaban a la Laurentina. Diego Hurtado de Mendoza, del que ya se ha hablado, donó 300 manuscritos con obras humanísticas. Previamente a la muerte de Felipe II la biblioteca está en plenitud, y las obras griegas que allí se hallan son una referencia en Europa.
Sin embargo, durante el siglo xvii el catálogo apenas crece. En estos años las labores que se llevan a cabo en torno a ellas son de catalogación y conservación, y de hecho la última aportación que se conoce, de 52 manuscritos, fue realizada en 1656 por Felipe IV. El devastador incendio que se produciría 15 años más tarde acabó con 700 códices griegos, aunque hay que sumar más pérdidas debido a los robos que se produjeron aprovechando el nerviosismo del momento — que hoy se conservan en las universidades de Upsala y Estocolmo.
Durante el siglo xviii se intentan publicar los fondos griegos, bajo el amparo de la corona. Sin embargo, durante la guerra con Francia de comienzos del siglo xix el catálogo helénico sufrió grandes desperfectos, y de hecho no se pudo hacer una catalogación científica completa hasta 1885 —además, esta no finalizó hasta 1967—. En total se cuentan, en el 2007, en torno a 650 manuscritos, que ocupan 9 estantes de tres plúteos.

Árabes


La Real Biblioteca de El Escorial fue, en un primer momento, una excelente poseedora de manuscritos árabes.27 Los primeros se adquirieron en 1571 a través de Juan Páez de Castro. A partir de ahí se entrelazaban las compras con las obras incautadas en diversas batallas, como la de Lepanto.
En 1573 llega una nueva serie de obras, provenientes de Juan de Borja, que en el 2007 aún se conservan. A finales de la década se produce la gran aportación de Hurtado de Mendoza, entre la que se hallan 256 manuscritos de lengua árabe. En 1580 existían en torno a 360 volúmenes, pero debido a que prácticamente todos eran de temas médicos Felipe II puso gran empeño en aumentar su colección. Esta labor se encomendó a un miembro de la Inquisición, que revisó las obras incautadas e incorporó algunas a la Escurialense. Así, tras el fallecimiento de Felipe II se contaban en torno a 500 manuscritos.
En 1614 la Laurentina se enriqueció con la biblioteca íntegra de Muley Zidán, sultán de Marruecos.28 En total, 3975 libros que fueron revisados y clasificados, siendo conservados aparte del fondo ya existente. Cuando en 1651 el sultán de Marruecos pidió la devolución de su biblioteca se le denegó.
En el incendio de 1671 se perdieron 2500 códices. Se salvaron algunos de los más valiosos, como un Corán incautado en Lepanto, pero el destrozo fue irreparable. Cuando en 1691 un emisario del sultán de Marruecos intentó recuperar la biblioteca de Muley Zidán, se le dijo que absolutamente todos los libros habían perecido en el fuego.
Marruecos siguió interesado en recuperar su biblioteca, y varias décadas después, en 1766, se le encargó al secretario del sultán que fuese en misión diplomática a España para recuperarlos. Se le regalaron algunas obras, pero los bibliotecarios de la Escurialense ordenaron esconder los libros «buenos».
Llegados a los siglos XIX y XX apenas hay nuevas incorporaciones. Lo que se produce es una buena tarea de catalogación y estudio, especialmente en esto último ya que hasta la fecha apenas se había trabajado sobre ello.29 Es destacable la herencia que ha llegado a nuestro tiempo, pues en el 2007 los códices árabes de la biblioteca son casi 2000.

Hebreos


Los manuscritos hebreos formaron en su mejor momento una colección de 100 volúmenes, todos ellos eran de importante valor debido a su escasez en España por las persecuciones realizadas por el Tribunal de la Santa Inquisición.
Los primeros fondos ingresaron en 1572, y entre ellos se hallaba una Biblia escrita en pergamino. Arias Montano, un reconocido hebraísta, fue el encargado de engrosar el catálogo de obras en hebreo en la biblioteca, haciendo acopio de obras antiguas y muy bellas. A finales de 1576 Hurtado de Mendoza donó 28 manuscritos, entre ellos el Targum Onkelos. Hacia 1585 ingresan algunos más, requisados por el Santo Oficio.
Durante el siglo xvii la colección se estanca hasta el año 1656, en el que se recibió una gran remesa proveniente de la biblioteca del Conde-Duque de Olivares. En el incendio de 1671 se perdieron 40 manuscritos, lo cual supuso más de 1/3 de los existentes. Después de esto, los libros en hebreo permanecieron durante un tiempo almacenados junto a los prohibidos por la Inquisición.
A lo largo del siglo xix se publican catálogos de estos códices, especialmente en la segunda mitad de siglo. Además, las obras de origen judío que se hallaban en la Laurentina fueron objeto de diversos estudios. Durante el siglo xx se siguió trabajando en la catalogación y descripción de las obras, hasta llegar a su estado actual. Se encuentran en un estante de cuatro plúteos, no llegando a las 80 unidades. El ejemplar más importante es la Biblia de Arias Montano, a la que ya se ha hecho referencia.

Castellanos


Siguiendo la tendencia de los manuscritos hebreos, los castellanos tampoco son excesivamente numerosos aunque sí de indudable calidad. Felipe II albergó en la biblioteca obras escritas en romance, pese a los prejuicios que sobre ella existían en la época.
Debido a que son de lengua castellana, y por tanto más conocidos para la población española, más que su procedencia lo importante son las obras en sí mismas que se hallan.
En un primer momento, se encontraban manuscritos de Francisco de Rojas, Juan Ponce de León, Antonio de Guevara —estas últimas de gran valor, como su Crónica de la navegación de Colón— o Juan de Herrera.
De «palacio» llegaron obras de Francisco Hernández, de Alfonso X el Sabio y de Juan Bautista de Toledo. En 1576 de la biblioteca de Hurtado de Mendoza llegaron 20 códices castellanos, entre ellos el Cancionero de Baena. En los siguientes años llegan nuevas obras de Alfonso X el Sabio, así como de Isabel la Católica.
El incendio fue igual de devastador, en proporción, con las obras escritas en castellano. Durante el siglo xvii hubo pocos incrementos, siendo nuevamente la principal inyección la biblioteca del Conde-Duque de Olivares. No obstante, a partir de aquí las obras en castellano apenas aumentaron.
En la actualidad los manuscritos castellanos se guardan en el Salón de Manuscritos, ocupando una serie de plúteos de dicho espacio.

Otras lenguas

De menor entidad son los fondos de obras escritas en otros idiomas, entre los que se pueden citar:

Alemanes: existen dos códices en pergamino.
Armenios: hay otros dos códices, uno proveniente de la biblioteca de Hurtado de Mendoza.
Chinos/nipones: la colección es de 40 volúmenes, todos de grandísima importancia. Fueron, en su mayoría, regalados por el portugués Gregorio Gonzálvez a Felipe II.
Catalanes/valencianos: se conservan unos 50 códices, de entre los que destaca el Flos Sanctorum de finales del siglo xiii.
Franceses: en época de plenitud fueron casi 100, pero en el 2007 no llegan a 30. Destaca un Breviario de Amor de bellísimas ilustraciones.
Italianos: son aproximadamente 80, en su mayoría relacionadas con la música — como el comentario de Ars Amandi atribuido a Bocaccio.
Persas/turcos: se conservan casi 30, y se cree que en su mayoría proceden de la batalla de Lepanto.
Portugueses/gallegos: son solo 15, pero muy notables. Están relacionados con Alfonso X el Sabio e Isabel la Católica.

jueves, 27 de agosto de 2015

La Biblioteca de la Torre Alta del Alcázar de Madrid (Biblioteca del rey Felipe IV de España)

Introducción 

A diferencia de la biblioteca real creada por el abuelo de Felipe IV en El Escorial, esta biblioteca, conocida como la Librería de la Torre Alta del Alcázar, era en gran medida la biblioteca personal del rey, una biblioteca de trabajo más bien que la biblioteca de un bibliófilo como la del Conde-Duque de Olivares. Compuesta de unos 2.200 volúmenes, es el tema de un reciente e imponente estudio del profesor Fernando Bouza.  Su investigación se basa en el inventario que en 1637 hizo de la biblioteca Francisco de Rioja en calidad de bibliotecario real, y el profesor Bouza ha identificado y catalogado los contenidos, localizando alrededor de un tercio de los libros del rey en la actual Biblioteca Nacional.
El problema, naturalmente, es saber en qué medida los libros incluidos en el inventario permiten hacernos una idea de los gustos personales del rey, y hasta qué punto reflejan las sugerencias del Conde-Duque y de Rioja sobre lo que debería estar leyendo. La carta escrita por el nuncio papal en 1633, por ejemplo, dice que la biblioteca anda escasa de libros italianos, difíciles de encontrar en Madrid, y sugiere que el cardenal Barberini debería enviar como regalo de Roma los libros de una lista de desiderata que redactaba el bibliotecario real. 
No obstante, incluso aunque la selección fuera llevada a cabo por Rioja, la biblioteca de obras en castellano, francés e italiano que en aquel momento se estaba reuniendo consistía de libros que Felipe leía por instrucción o placer, o que se consideraba oportuno que tuviera a mano.

Torre Alta del Alcázar

 Junto a la Torre Dorada estaba el propio despacho del Rey, un soberano que entendió y dio a entender que entre sus posesiones más preciadas y sus instrumentos de gobierno figuraban sus libros.

Catalogo.

Catalogada por el bibliotecario  Rioja en cuarenta divisiones, la biblioteca, como era de esperar por los propios comentarios del rey sobre sus lecturas, estaba muy bien nutrida de obras de historia, que de una forma u otra representaban diecisiete de los cuarenta encabezamientos. Además, había 79 entradas bajo el encabezamiento -Gobierno y Estado», incluidos Los seis libros de las Políticas de Justo Lipsio, 164 libros de devoción y piedad, 78 relativos a Filosofía Natural y Moral y Racional, 39 sobre arquitectura, pintura, escultura y medallas, y no menos de 114 obras de poetas españoles.  
También había un encabezamiento, «Libros varios de diversas lenguas», compuesto de 245 títulos que abarcaban una variedad de temas que iban desde las obras de ficción a los libros sobre los modales cortesanos.

Siglo de Oro.

Los escritores del Siglo de Oro están bien representados. El Quijote, sorprendentemente, no figura en la lista, pero Cervantes aparece con sus Novelas ejemplares y Persiles y Segismunda. Lazarillo de formes, Guzmán de Alfarache y La picara Justina de López de Úbeda están allí. También se encuentran las Soledades de Góngora, y la edición de sus obras completas de 1633, junto con un número enorme de obras de Lope de Vega. No cabe duda de que lo que el rey no podía ver de Lope en el escenario lo podía leer en su biblioteca. No hay nada, sin embargo, de Tirso de Molina ni de Vélez de Guevara, ni por cierto de Calderón, aunque en su caso el inventario quizá fue redactado demasiado pronto.
Al parecer, sus libros estaban lujosamente encuadernados de manera uniforme en estantes dorados. Estaban divididos en materias, con gran protagonismo para la historia y la poesía, pero también con secciones correspondientes en Arquitectura, Esfera y Cosmografía.

Educación de Felipe IV

He hecho hincapié en la educación y el programa de lecturas del joven Felipe IV porque nos da una idea del tipo de príncipe que se estaba formando bajo la tutela de Olivares hacia 1633-34, cuando el valido le estaba construyendo el palacio de recreo del Buen Retiro en las afueras de Madrid.
 Ya cercano a los treinta años, el rey no sólo había heredado el buen ojo de los Habsburgo para la pintura y las obras de arte, sino que además gracias al trato con Rubens y la observación casi diaria de su trabajo en su estudio del Alcázar durante la estancia del artista en Madrid en 1628-29, se estaba convirtiendo en un auténtico experto, con un gusto cada vez mayor por las obras de los grandes pintores venecianos, especialmente Tiziano, cuyas obras estaban tan bien representadas en la colección real.

Teatro

Desde sus años mozos también mostró su pasión por el teatro, asistiendo de incógnito, como es bien sabido, a las representaciones de comedias en los corrales de Madrid.
El gusto por el teatro cortesano se había desarrollado durante el reinado de su padre, y Felipe como rey lo adoptó con entusiasmo, patrocinando con su presencia las tres espectaculares producciones puestas en escena en Aranjuez en 1622, incluida la de La gloria de Niquea del Conde de Villamediana. Durante esa década hubo numerosas representaciones en el Alcázar, puestas en escena en el Salón Grande, también conocido como el Salón de Comedias.
 El cardenal Francesco Barberini, por ejemplo, vio varias comedias en el Alcázar durante su visita a Madrid en l620 ó, aunque la única descrita en el diario de la visita llevado por Cassiano dal Pozzo, publicado por completo hace poco por primera vez, fue una obra que se ha atribuido a Luis Belmonte Bermúdez sobre el Archiduque Alberto y la defensa de Lisboa contra el ataque inglés de 1589.
 El gusto del rey por las obras de Lope de Vega es evidente por el número de ellas que se puede encontrar en las estanterías de su biblioteca, pero también parece haber adquirido un particular entusiasmo por las comedias de Jerónimo de Villaizán, cuyo Sufrir más por querer más fue representado durante algún tiempo, por orden real, sólo en palacio y no en los corrales. Villaizán se vio favorecido, según palabras de Lope, por «el voto singular del Sol Felipe».

«Siglo de Oro es para España el reinado del rey nuestro señor Felipe IV, prometiendo tan felices principios prósperos fines», escribió ese publicista profesional, Andrés Almansa y Mendoza, en una carta del 31 de agosto de 1621.


Aldo Ahumada Chu Han
Esta Biblioteca se encontraba en el pasadizo de La Encarnación, lo que evitó su destrucción en el incendio que devastó el Alcázar en 1734.  Sus procedencias son variadas. Como es habitual en las colecciones reales, algunos libros son regalos que los propios autores le hacían llegar al monarca.

Libro 


 Este es  el caso  del ejemplar que aquí se expone, escrito por  Giovanní Rho, jesuita que durante 37 años dirigió  las cátedras de los colegios de Milán, Florencia, Roma, Nápoles y Venecia y que murió en Roma siendo Provincial de la Casa profesa de Roma. 
La dedicatoria del autor a Felipe IV se encuentra en las dos hojas manuscritas en pergamino a tinta negra y dorada, con cabecera y pie con motivos vegetales coloreados. Procede del Colegio Imperial de Madrid, fundación real de comienzos del siglo XVII, que Felipe IV  convirtió en Estudios  Reales en 1625.
El rectángulo central de la decoración está formado por cuatro abanicos  con un gran escudo central  con las Armas Reales de Felipe IV rodeado del collar del Toisón de Oro.
Nota

La Biblioteca de  Felipe IV es el objeto del estudio realizado por el profesor Fernando Bouza a partir del manuscrito que se encuentra en la Biblioteca Nacional: Índice de los libros que tiene su Majestad en la Torre Alta del Alcázar de Madrid, confeccionado en 1637 por el entonces bibliotecario real Francisco de Rioja.

El primer bibliotecario que la organizó fue el humanista y poeta sevillano Francisco de Rioja, amigo personal del Conde Duque de Olivares, el gran valido del Rey. Rioja fue el verdadero alma mater de la primera biblioteca real, un hombre extraordinariamente culto, vinculado a los círculos sevillanos en los que merodeaban el pintor Francisco Pacheco y el propio Velázquez. Cronista de Su Majestad y redactor de cámara, de su pluma salieron muchos de los documentos personales del Rey y del Conde Duque de Olivares.


domingo, 23 de agosto de 2015

La riqueza de las naciones


Una investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones (título original en inglés: An Inquiry into the Nature and Causes of the Wealth of Nations), o sencillamente La riqueza de las naciones, es la obra más célebre de Adam Smith. Publicado en el 9 de marzo de 1776, es considerado el primer libro moderno de economía.
Smith expone su análisis sobre el origen de la prosperidad de países como Inglaterra o los Países Bajos. Desarrolla teorías económicas sobre la división del trabajo, el mercado, la moneda, la naturaleza de la riqueza, el precio de las mercancías en trabajo, los salarios, los beneficios y la acumulación del capital. Examina diferentes sistemas de economía política, en particular, el mercantilismo y la fisiocracia; asimismo, desarrolla la idea de un orden natural. Este «sistema de libertad natural», como lo llama Smith, es el resultado del libre ejercicio del interés individual que beneficia exitosamente —sin proponérselo— al bien común en la solución de problemas y satisfacción de necesidades por medio de la libre empresa, de la libre competencia y del libre comercio.
La riqueza de las naciones es hoy una de las obras más importantes de la disciplina económica y, para Amartya Sen, «el libro más grande jamás escrito sobre la vida económica». Se trata del documento fundador de la economía clásica y, sin duda, del liberalismo económico.


lunes, 17 de agosto de 2015

Actos Pontificios.-



 Por a. p. hay que entender todos los actos provenientes de la cancillería pontificia. El adjetivo pontificio no pretende reducir la noción a aquellos actos de la cancillería pontificia intitulados por el Romano Pontífice. Pontificio tiene una acepción amplia, como la que otorga el canon 316 a las expresiones Santa Sede y Sede Apostólica, que comprenden no sólo al Romano Pontífice, sino también, a no ser que por su misma naturaleza o por el contexto conste otra cosa, la Secretaría de Estado, el Consejo para los Asuntos Públicos de la Iglesia y otras instituciones de la Curia Romana. Por ello como sinónimo de a. p. se utiliza a veces actos de la Santa Sede.
 La expresión acto se toma como sinónimo de documento; es decir, la materialidad de un trozo de papel pergamino o papiro en los a. p. antiguos en que se encuentra escrito algo. Los a. p. pueden tener un contenido muy variado: un acto legislativo, una exhortación pastoral, una notificación, una aprobación, una declaración, etc.; e incluso una simple constatación de hechos.
En terminología técnico notarial se distingue a veces entre actos denominados también escrituras, de contenido dispositivo, y actas, de contenido probatorio, que simplemente relatan hechos. Pero mediante la expresión a. p. se acostumbra a designar los unos y las otras, a no ser que del contexto se deduzca otra cosa.
Desde 1865, por iniciativa de Pietro Avanzi, se vienen publicando los a. p. en una colección denominada Acta Sanctae Sedis (ASS). En 1904 el ASS fue declarado auténtico. En 1908 el ASS fue sustituido por el Acta Apostolicae Sedis. Commentarium officiale (AAS), que, pese a continuar con ese nombre, perdió en 1910 carácter oficial.
El invento y difusión de la imprenta ha hecho que la genuinidad de los documentos oficiales su conformidad con los originales provenientes de la cancillería pontificia apenas presente problemas hoy. Pero el estudio de los documentos antiguos y, en consecuencia, de los a. p. antiguos constituye toda una ciencia auxiliar de la Historia la diplomática, cuya mayor preocupación es la falsificación. Son los diplomatistas los que más han profundizado en el estudio de los a. p., llegando a construir una doctrina muy elaborada sobre los mismos, de la que vamos a extraer algunas nociones de especial interés para el jurista.
Los a. p. tienen una estructura notarial. Y en ellos hay que distinguir un Urheber, una actio y una conscriptio. La palabra alemana Urheber de difícil traducción precisa al castellano designa el título de autor de un documento, mientras la palabra actio designa el acto jurídico o conjunto de actividades jurídicas, que pueden ser muy complejas, contenidas en el documento. Así, en una escritura de compraventa realizada ante notario, el notario es el Urheber; es decir, el autor del documento; pero en modo alguno la actio puede atribuirse al notario, pues no es él ni quien compra ni quien vende.
En los a. p. el autor del documento no siempre coincide con el autor del acto jurídico que en el documento se contiene. Y, así, la concesión de una dispensa matrimonial super rato es un acto jurídico del Romano Pontífice. No obstante, el documento en el que se contiene la concesión de la dispensa está intitulado por la Congregación de Sacramentos. Inversamente, un acto intitulado por el Romano Pontífice puede contener un acto jurídico que no es suyo. Tal suele hacerse con actos jurídicos o de otras especies especialmente importantes. En ocasiones, el propio Papa testimonia que se ha llevado a cabo una elección y el resultado de la misma, o que se ha celebrado un Concilio Ecuménico que ha tomado tales y cuales decisiones. Que el Papa testimonie tales acontecimientos o decisiones no los convierte en actos jurídicos o decisiones del propio Papa. La intitulación papal significa simplemente que los testifica con su autoridad.
En el juego Urheberactio interviene la conscriptio: la actividad de redactar materialmente el documento. Tal actividad requiere múltiples borradores y no es realizada personalmente o sólo en mínima parte por el Papa o por quienes toman las decisiones que en el documento se contienen. Son los rogatarii quienes realizan tal actividad, siguiendo las instrucciones recibidas, que en ocasiones son muy precisas y en ocasiones dejan un amplio margen a la discrecionalidad. Cuando se trata de un acto especialmente importante o solemne, se acostumbra a poner intitulación pontificia. Cuando es de menor importancia, la intitulación corre a cargo del dicasterio competente. En razón del contenido u objeto de la decisión o de sus formalidades, el a. p. recibe diversos nombres: bula, constitución, breve, etc. La interpretación de los nombres y modalidades que puede revestir un a. p. es compleja, y tiene consecuencias jurídicas. Para interpretar correctamente los diversos nombres, modalidades y formalidades de los a. p. es preciso conocer bien el estilo y la praxis de la Curia Romana en la época en que el documento se redactó.
Los a. p. son la principal fuente del Derecho canónico. Ese sistema de fuentes es similar al de las monarquías del Antiguo Régimen, que precisamente se inspiraron en el modo de producir Derecho propio de la Curia Romana. Por influencia del constitucionalismo moderno en algunos canonistas y de éstos en el legislador eclesial, se ha pretendido distinguir en el seno de la actividad de la Santa Sede órganos dotados de poderes legislativo y ejecutivo. Tal fue el intento de la reforma de la Curia Romana de San Pío X y el del Código canónico de 1983
La distinción entre leyes que provienen del Parlamento y la ejecución de esas leyes que provienen del Gobierno no encuentra paralelo en el seno de la Santa Sede, porque no cabe identificar un órgano encargado de dar normas claramente diferenciadas de otros órganos encargados de ejecutarlas. Tampoco cabe identificar un procedimiento de elaboración de leyes diverso del procedimiento de su ejecución. La actividad judicial, en cambio, es desarrollada en el seno de la Curia Romana por unos órganos muy concretos los tribunales: Rota y Signatura y a través de un procedimiento el Derecho procesal muy preciso. Por estos motivos considero que en razón de su naturaleza jurídica sólo cabe clasificar los a. p. en judiciales y extrajudiciales, sin que quepa, dentro de la actividad extrajudicial, distinguir una actividad legislativa de otra ejecutiva, por razón del órgano o procedimiento emanante de la norma. La distinción entre actividad legislativa y ejecutiva en el seno de la Curia Romana es más una aspiración que una realidad.
En el Registro Oficial de los Actos de la Sede Apostólica (AAS) sólo se publican en la actualidad muy pocos a. p., con la consecuencia de que para conocer esta fuente tan importante del Derecho canónico no es ni mucho menos suficiente acudir a tal publicación. Debe consultarse las Leges Ecclesiae recopilación particular realizada por Javier Ochoa que los recoge en varios gruesos volúmenes, iniciando la recopilación en 1917. Hay otras compilaciones particulares útiles, aunque no tan completas. Como las compilaciones particulares editan un nuevo volumen cada varios años, para conocer los a. p. más recientes conviene acudir a la prensa diaria, que suele dar noticia de su promulgación. También las revistas de Derecho canónico son útiles, aunque su periodicidad es como máximo trimestral.
 El c. 8 del Código de 1983, lo mismo que el c. 9 del antiguo (de 1917), señalan que las leyes universales siempre se contienen en un a. p. se promulgan mediante su edición en el AAS, salvo en casos particulares. Pero esos casos particulares son tantos que no se puede afirmar que el AAS equivale a la gaceta o boletín oficial de los Estados modernos.


Tasas de la Cancillería Papal.
palacio de cancillería de roma

La cámara pontificia recibía una porción de las tasas de la Cancillería. Estas eran honorarios que recibía la Cancillería por la elaboración y expedición de bulas  y otros documentos. Todo documento que emitía la cancillería pagaba estos honorarios, excepto los documentos relacionados con los asuntos políticos o financieros del tribunal pontificio, los que se expedían gratis por servicio de caridad y los documentos escritos para ciertas clases de privilegios de la curia.
El primer ejemplo de un costo de este tipo lo tenemos en el pontificado de papa Inocencio III (1198-1216). Por el tiempo de Alejandro IV (1254-1261) se confeccionó para la cancillería un alista de tasas, que especificaba los honorarios para ocho distintas clases de cartas-documentos. 
En los últimos años del siglo XIII y el inicio del XIV, el número y variedad de privilegios, dispensa y exenciones creció rápidamente. Juan XXII introdujo nuevas reglas administrativas concernientes las recepciones de honorarios en la cancillería, y en 1331 publicó un nuevo libro de tasas que contenía 415 elementos. El sistema administrativo establecido por papa Juan XXII fue la base para el sistema de tarifas de la cancillería de los siguientes dos siglos.
La medida de los honorarios se regulaba básicamente según la cantidad del trabajo que se realizaba en la producción de la bula. Es decir, se trataba del tamaño de la formula que debía escribirse, no de las gracias que se concedían. Posiblemente los honorarios establecidos en ciertas bulas que se dirigían a comunidades o monarcas llevan un precio mayor por alguna razón que iba más allá de la cantidad de palabras en que conformaban la bula.
La naturaleza de las mercedes concedidas como así también las posibilidades económicas del que las recibía, probablemente eran considerados al establecerse los precios de algunas bulas. Semejantes variaciones constituyen excepciones a la regla. El precio que aparecía en las listas de tasas no era el precio total que pagaba el recipiente de la bula. […]
Las tasas de la Cancillería eran recolectadas por los oficiales de esa institución. La mayor parte de los ingresos se usaba para el sostenimiento de los oficiales de curia y particularmente de aquellos de la Cancillería. []
La penitenciaría pontificia también dictaba tarifas por los documentos de absolución, que emitía por sus propios oficiales. Ya recaudaba estos estipendios en los primeros años del siglo XIV.
La lista tarifaría más antigua que se conoce es de 1338.[9] La Cámara, sin embargo, no parece que haya recibido ninguna participación en lo recaudado por la penitenciaría.
Composiciones: Cuando se obtenían un cierto tipo de absoluciones, dispensaciones e indulgencias, el destinatario debía pagar unas “composiciones” al Papa. Se las llamaba así porque la cantidad del pago no se determinaba por adelantado, sino que se acordaba entre el oficial que la concedía y el beneficiario.
Se trataba de una acción independiente de y añadida a las tarifas de la cámara o de la penitenciaría por los documentos de absolución, dispensa o indulgencia que eventualmente se emitiesen para cada caso.-
Qué son las Tasas de la Cámara auténticas?
Antes de abordar el tema conviene aclarar una cuestión fundamental de terminología, que arroja luz sobre todo el asunto. El documento que estamos investigando lleva por título Taxa Camarae seu Cancellariae Apostolicae. “Taxa” es latín para “tarifa” o “precio” o “arancel”, “cuota”, “tasa”, “impuestos”, “derechos” y hace referencia a una determinada cantidad de dinero que se debe a cambio de algún servicio.
En este sentido, muchos ámbitos de la vida humana se manejan con “Taxae”: hay “tarifas” para todos los servicios que usamos a diario. Se pueden encontrar muchos documentos antiguos que llevan por título o tratan sobre alguna “taxa”, en cuanto listas de precios han existido siempre.
Camarae” es latín para “de la Cámara”, en este caso “apostólica”, es decir, de la sede apostólica romana. La Cámara Apostólica es una institución pontificia que surge, en su sustancia, con la libertad otorgada por Constantino a la Iglesia en el siglo IV. Pero recién en el siglo XII comienza a tener una importancia notable, principalmente con la nueva organización de los Estados Pontificios.
Su función, en pocas palabras, era semejante a lo que hoy sería un ministerio de economía y de asuntos interiores. “Cancellaria” es latín por “cancillería”, y es la oficina vaticana encargada de la elaboración y envío de los documentos pontificios. Esto dicho de modo muy resumido y simple. Para una visión más extensa, se pueden consultar las enciclopedias u obras especializadas ´
En realidad el dicasterio que se encargaba del perdón de los pecados y de la absolución de censuras eclesiásticas de fuero externo no era la Cancillería, sino la Penitenciaría Apostólica. En este dicasterio también hubo tarifas, que son las que dieron origen a las tarifas falsas.
Durante las centurias que duraron estos dicasterios vaticanos, existieron muchas “Taxae”, es decir, listas de precios, concernientes diversos aspectos de la administración romana. Piense el lector que estamos hablando de un auténtico estado, como cualquier otro en Europa (los Estados Pontificios, que desaparecen a mediados del siglo XIX).
 De modo que “Taxa Camarae” no es el título de un libro exclusivo, sino más bien un nombre genérico, que aparecía en toda nueva lista de precios de la Cámara o Penitenciaría Apostólica, con esos términos o con otros semejantes (“Summarium Poenitentiariae Apostolicae”, “Praxis et Taxae Camarae Apostolicae”, etc.). En otras palabras y en lo que toca a nuestro estudio: cuando encontramos documentos históricos verdaderos que se presentan como “Taxa Camarae” o nombres similares, eso no quiere decir que estemos necesariamente ante el documento que publica Rodríguez: hay que conocer y estudiar cada caso en particular para poder hablar de su contenido.
Habiendo dejado claro este punto, podemos decir que hubo tarifas papales de la Cancillería y de la Penitenciaría Apostólica desde inicios del siglo XIV y que estuvieron en uso durante mucho tiempo.
Ahora bien,
 ¿en qué consistían esas tarifas?
 Una respuesta exacta depende de qué dicasterios hayan elaborado el documento (Paenitentiaria, Dataria, Camara, Cancellaria). Pero en general todas esas listas no eran otra cosa que elencos de los estipendios que debían percibir los oficiales de la curia romana por el trabajo que realizaban.
Los precios se regulan por el material que debía emplear y sobre todo, el trabajo de escritura que debían realizar por la elaboración de esas “litterae” o documentos comprobantes, que se extendían por todas y cada una de las concesiones, beneficios, prebendas, canonjías, absolución de censuras, otorgamiento de privilegios, excepciones, impuestos, dispensas y todas las acciones de gobierno, que se concretaban en la Cámara, Dataría, Cancillería o Penitenciaría Apostólicas, según fuese la naturaleza del acto administrativo designado en las listas.
Los documentos elaborados en estas oficinas curiales en lo que toca a los documentos de la Penitenciaría que hacían referencia a “absoluciones” eran muy variados.
Hay que definir lo siguiente: desde muy antiguo la Iglesia conservó la práctica de reservar al obispo del lugar o a la Sede Apostólica la absolución de ciertos pecados, por ser estos muy graves, públicos y nocivos para terceros, o bien por la dignidad del que los cometió.[10] El objetivo de tal “reserva” es evidenciar al fiel cristiano la gravedad de esos pecados y confiar el caso a canonistas con más ciencia y experiencia que el confesor ordinario. Toda la acción resulta en un proceso canónico, semejante a los procesos civiles.
Durante mucho tiempo los documentos resultantes del proceso eran tasados adecuadamente, ya que su elaboración llevaba fatiga y material, y por ellos se debía pagar. Según la costumbre de la época, el salario de los escritores provenía directamente de lo que producían, no existía el "salario fijo mensual" al modo actual. Hoy en día los procesos de la Penitenciaría Apostólica son generalmente gratuitos, ya que sus oficiales reciben un estipendio mensual independientemente de su participación o no en la elaboración de esos documentos.

miércoles, 12 de agosto de 2015

Biblioteca personal de Nicolas II

 The Library of Emperor Nicholas II

The Library of Emperor Nicholas II
Esta biblioteca, que pertenece a los apartamentos privados del último emperador ruso, fue creada en 1894-95 por Alexander Krasovsky (1848-1918). En su decoración, el arquitecto utilizó ampliamente motivos góticos ingleses. El techo de nogal artesonado está embellecido por cuatro gránulos. Las estanterías se colocan a lo largo de las paredes y en la galería superior, a la que se accede por una escalera. 
Este interior con sus paneles decorativos de cuero forrado y dorado, chimenea monumental y altas ventanas con tracería llevan a los visitantes a la Edad Media. Sobre el escritorio hay un retrato de escultura de porcelana de Nicolás II, el último emperador ruso.

Colección de Libros Imperiales Rusa
































































Una rara colección de 13 libros antiguos rusos y europeos del siglo XVIII-XIX
De las bibliotecas privadas de miembros de la familia imperial rusa - zares, Zarinas, grandes duques.