viernes, 29 de julio de 2016

Imprenta Elzevir o Elzeviro



Luis Bustamante Robin

Los Elzevir o Elzeviro son una familia holandesa de editores que duró 132 años y gozó de gran prestigio durante el siglo xvii. Sus libros fueron famosos por su pequeño formato, su precio económico y su objetivo de entretener. Fueron en la época el génesis de lo que hoy conocemos por libro de bolsillo.

Historia

Fue fundada por Luis (Lodewijk) Elzevir, natural de Lovaina, hijo de un maquinista de Plantino, que fue otra imprenta de la época que gozaba de gran esplendor debido a la exclusiva con la Iglesia para imprimir textos religiosos, trabajó en esta durante su juventud. Por motivos religiosos emigró al Norte de Holanda, a Leyden, donde fue librero, editor y bedel de la Universidad, que fue fundada en 1575 por el Príncipe de Orange y que tuvo un rápido crecimiento y una gran influencia. Tuvo 9 hijos y, a su muerte en 1617 estos continuaron con el negocio editorial, abriendo librerías en La Haya, Utrech y Ámsterdam. Durante el S. xvii el taller entró en decadencia, liquidando en 1712.
Fueron más comerciantes que editores, ya que no se preocuparon tanto de las calidades del texto ni de corregir pruebas, como del negocio de la venta, del cual tenían gran conocimiento, influidos por los primeros años de trabajo de Luis Elzevir en la imprenta Plantino. También se vieron beneficiados por las circunstancias de la época en Holanda, donde existía una mayor libertad de prensa con respecto a los demás países de Europa y donde el libro estaba experimentando un auge como bien de consumo.

Logros

En 1620 obtuvieron el título de impresores de la Universidad, estando entre 1622 y 1652 en su mejor momento. La calidad y el número de impresiones fue lo que les hizo destacar durante toda su existencia. Publicaron más de 2000 obras, la mayor parte de ciencias clásicas, como religión y teología, aunque también destacaron las obras de derecho y de política.

Publicaciones

Obras de estudio
Gramáticas de francés, hebreo, árabe, español, persa y griego.
Obras en francés: teatro de Paul Scarron, Corneille y Molière.
Obras de teatro español traducidas al holandés de Lope de Vega y Ruiz de Alarcón.
Colección de clásicos latinos de Horacio y Ovidio.
Colección de "Las Repúblicas": de 35 volúmenes, trataban de países de la época y de la antigüedad.
Obras contemporáneas: Thomas Hobbes, Pascal, Descartes y John Milton.

Críticas

Disfrutaron de un enorme éxito y de una gran difusión, sin embargo, recibieron críticas por tener un comportamiento poco ético:

Cambiaron portadas a los libros que no se vendían por la de libros diferentes, para, de este modo, venderlos como novedades.
Falsificaron pies de imprenta modificando el nombre de Leyden por el de Lyon y evitando el nombre de editor, para así burlar la censura.

Publicaron obras sin tener los derechos de autor.

Nota
Luis Bustamante Robin


En un conocido relato bibliófilo cuenta Charles Nodier que cierto Teodoro, su protagonista, llevaba siempre un artilugio diseñado para medir con extrema precisión la longitud de las ediciones elzevirianas. La explicación de tan gran exactitud se encuentra en las peculiares características de muchas de las series editoriales impresas por la oficina que fundó en 1587 Lodewijk Elzevir en Leiden y continuaron sus numerosos descendientes, particularmente en las impresas por Bonaventura y Abraham entre 1626 y 1652, por Jean y Eva, su viuda, hasta 1681, y por Daniel y Lodewijk II en Amsterdam, con el mismo término. Después, el último de los impresores Elzevir de Leiden, Abraham, hijo de Jean, acabó llevando la empresa a la ruina. Durante casi cien años la saga familiar publicó libros de todo tipo y formato pero se hizo célebre principalmente por sus pequeñas ediciones en dozavo o dieciseisavo de los clásicos grecolatinos, siempre en buen papel, siempre precedidas de una portada grabada en calcografía, siempre impresas utilizando tipos tan menudos, tan precisos y tan definidos que cada una de sus páginas parece a veces una obra de orfebrería. Otras lineas editoriales, como la literatura francesa o la colección de tratados políticos conocidos como les petites republiques, adoptaron la misma fórmula. 

Una edición elzeviriana en comparación con otras dos ediciones del siglo XVII, bien conservadas, de medidas similares

Algunos volúmenes de les petites republiques en su encuadernación original subastados como lote en Christie´s hace años.
Su imitación por no pocos impresores de Holanda, Flandes, Francia o Italia, fraudulenta en ocasiones, fue la primera prueba de su éxito. La segunda, tan imprevisible como previsible había sido la primera, fue que en fecha ya temprana aquellas pequeñas ediciones acabaron convirtiéndose en objeto preciado de colección. La referencia más antigua que conozco procede de un conjunto de ensayos sobre bibliofilia del escritor Andrew Lang donde se extracta un diálogo de un libro francés de 1699 (Entretiens sur les contes de fées et sur quelques autres ouvrages du temps. Pour servir de préservatif contre le mauvais goût, pp. 263-264), en el que sus protagonistas comentan el tradicional prestigio, ajeno a su contenido, del que gozaban ya entonces las ediciones elzevirianas, tan notorio que había incluso quien se privaba de lo más necesario para reunir cuantos ejemplares pudiera encontrar. El coleccionismo de estos pequeños impresos siguió creciendo hasta el siglo XIX, cuando alcanzó su apogeo. Los bibliófilos escrutaban las librerías de toda Europa en su búsqueda, los clasificaban por la pulcritud de la edición, valoraban sus dimensiones con la precisión desmedida del buen Teodoro, pues no en vano se llegaron a comparar los milímetros de sus páginas con los quilates de los diamantes. Con frecuencia los hacían revestir de hermosas encuadernaciones en los mejores talleres de París. Sobre el lomo hacían constar en letras doradas que el ejemplar era un Elzevir, a veces con mayor interés del que ponían en consignar su autor o título. La encuadernación tenía que ser digna de su belleza.

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Las Obras de Ausonio, encuadernadas hacia 1820 para Charles Stuart de Rothesay, con sus armas, en el taller de René Simier. No es una edición impresa por los Elzevir, pero sí siguiendo su modelo y como tal asimilada a las colecciones elzevirianas, como se puede ver en el lomo. 
Esta imagen y las siguientes proceden del mercado del libro antiguo, en estos días.


Luis Bustamante Robin


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Las Obras de César, editadas en la oficina elzeviriana de Leiden, encuadernadas por Hippolyte Duru hacia 1850.


Las Obras de Virgilio bellamente encuadernadas, con el exlibris del bibliófilo Henry Huth.


Los grandes coleccionistas fueron los primeros bibliógrafos. En 1822 se publica el Essai bibliographique de Berard sobre las ediciones más valiosas y más buscadas, en 1829 la Théorie complète des éditions elzeviriennes en los Melanges de Nodier, en 1847 el estudio de Charles Motteley sobre les erreurs de la bibliographie spéciale des Elzevir (entre varios catálogos descriptivos de venta de su propia colección, de varios miles de ejemplares), en 1851 los Annales de l’imprimerie elsevirienne de Pieters, en 1864 los catálogos elzevirianos de la Biblioteca de San Petersburgo y de la colección particular de Emil Steiner. En paralelo a todos ellos, las distintas ediciones del Manual de Brunet, que les dedica un espacio propio. En 1880, finalmente, Les Elzevier de Alphonse Willems, que acaba siendo el estudio de referencia del que pronto partirían otras publicaciones -como el Catalogue d'une collection unique de volumes imprimés par les Elzevier (1896) o las monografías de Berghman (1885) o Goldsmid (1888)- que amplían y perfeccionan los resultados de Willlems. Recorre todo el siglo XIX una secuencia de bibliografías elzevirianas. Van formando el canon al que acuden los coleccionistas preocupados de saber si el libro que acaban de encontrar es un auténtico Elzevir o no, si tiene los milímetros correctos, si han acertado con la edición adecuada de Tito Livio, de Horacio, de Tácito, el canon que repasan con cuidado para acabar preguntándose si les será dado tener frente a sus ojos alguna vez un ejemplar de Le pastissier françois, ese manual de pastelería que pasa por ser el más raro, el más buscado y el más valioso de toda la colección elzeviriana. Willems la circunscribió a 1608 ediciones impresas en Leyden, Amsterdam y Utrecht, y añadió también dos grupos de ediciones holandesas (1609-1960) y belgas (1961-2115) realizadas por otros impresores imitando el concepto y la calidad de aquellas, que los bibliófilos del siglo XIX venían añadiéndo a sus colecciones. Contabilizó también las mediocres ediciones contrahechas falsamente atribuidas a los Elzevir, sesenta y tres, numeradas entre el 2116 y el 2179. El latín y el francés eran, por este orden, las lenguas principales. En menor medida, el neerlandés y el italiano. No publicaron en español, quizás porque ese espacio en el mercado editorial lo ocupaban desde hacía décadas con buen oficio los impresores de Amberes y Bruselas. No obstante, sí aparecen en su catálogo algunas obras de materia hispánica e incluso un puñado de libros españoles que, por ser pocos, se pueden enumerar: El embajador de Juan de Vera, traducido al francés, De duplici viventium terra dissertatio paradoxica de Jose Antonio González de Salas, el editor de la poesía de Quevedo, el Tribunal medicum de Gaspar Caldera de Heredia, más de una decena de ediciones en latín de los comentarios del jurista riojano Antonio Pérez a las Institutiones de Justiniano o al Digesto, la versión española de los Diálogos de Philippe Garnier realizada por Marcos Fernández, autor de la rara Olla podrida a la española, el Memorial de fray Juan de San Diego en defensa del obispo de Paraguay en traducción francesa, las Epístolas de Pedro Mártir de Anglería con las Letras y los Claros Varones de Castilla de Hernando del Pulgar a partir de la edición latina complutense de Miguel de Eguía de 1530, la Vida del rey Almanzor de Miguel de Luna traducida del español al francés y varias obras de Juan Eusebio Nieremberg, también en traducción francesa. 
  El coleccionismo de ediciones elzevirianas acabó siendo un lugar común en la cultura decimonónica occidental, pero a finales de siglo comenzó a declinar. Todavía en 1895 se podía leer en los entretenidos Amores de un bibliómano de Eugene Field que su protagonista, después de perder un Elzevir en una subasta de libros, se vio atacado por la melancolía hasta tal punto que tuvo que meterse en la cama, pues un Elzevir era para él una de las cosas más hermosas que podían ser contempladas por los ojos humanos. Quienes pensaban así fueron desapareciendo. 
Hace mucho tiempo ya que las ediciones elzevirianas pasaron de moda y en la actualidad no tienen ni de lejos el valor relativo que tenían entonces en el siempre voluble mercado del libro antiguo. Poco queda ahora de aquel coleccionismo ancestral, pero sí gracias a él numerosos ejemplares supervivientes de aquellos talleres, muchos en magnífico estado de conservación y no pocos firmados por los mejores maestros del arte de la encuadernación en el siglo XIX. 
Y aunque pocos perseguirán ya el anhelado Pastissier françois o perderán el sentido, como Teodoro, por una diferencia de un tercio de linea y casi nadie entenderá el elzeviriómetro como una parodia verosímil, todavía podemos intuir aquel coleccionismo leyendo los muchos testimonios que nos quedan de él, como los citados de Lang, Field o Nodier (cuya traducción se puede descargar gratuitamente en ebook). 
Ilustración de Maurice Leloir para El bibliómano, de Charles Nodier, París, 1893 (Gallica).

 Quizás en este desinterés del inapelable mercado tenga no poco que ver el desprecio social de los estudios clásicos, que ha vuelto incomprensible para el lector común (ya de por sí escaso) la mayor parte de la colección elzeviriana. Como no podemos sino pertenecer a nuestro tiempo y mi nivel de latín es manifiestamente mejorable, yo sólo tengo esta hermosa edición de las seis Comedias de Terencio, pulcramente encuadernada hacia 1830 en el taller parisino de Koehler. Uno de los propósitos que hice para el nuevo año era mejorar mi latín. Espero que aparezca alguna otra edición elzeviriana por estas páginas. Querrá decir que lo he cumplido.
Terencio Africano, Publio, Pub.Terentii Comoediae sex. Ex recensione Heinsiana, Amstelodami, Ex officina elzeviriana, Aº 1661.  En dozavo (129 x 72 mms.), [48], 304, [8] páginas incluyendo portada calcográfica grabada por Cornelis Claeszoon Duysend, encuadernado en marroquín rojo dorado en cejas y cortes, con indicación de autor y editor en lomo nervado, signado "Koehler" en las guardas.


Luis Bustamante Robin

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Gastronomia de Juego de tronos

Luis Bustamante Robin

Hace ya tiempo que Juego de Tronos se ha consolidado como un fenómeno mundial gracias al creciente éxito de la serie de televisión, que atraviesa ahora mismo el ecuador de su quinta temporada. ¿Qué tienen tanto la saga literaria como la versión televisiva para atrapar a tanta gente? Nuestros compañeros de ¡Vaya Tele! podrán responder mejor, pero lo que está claro es que sus creadores han dado forma a un universo fascinante, en el que no puede faltar la comida. Yo os invito a uniros a nosotros en un apetitoso viaje gastronómico por Juego de Tronos para descubrir lo que comen los habitantes de Poniente.

La comida está muy presente a lo largo de la saga literaria y es algo que también se ha trasladado a la pequeña pantalla. El autor de las novelas, George R. R. Martin, disfruta de la buena comida y no escatima en detalles para citar y describir todo tipo de platos y alimentos con los que sus personajes se encuentran en sus aventuras. El libro Festín de Hielo y Fuego y el blog que lo vio nacer es un reflejo de ese detallismo gastronómico, ya parte fundamental de su universo, que nos ayuda a comprender a los personajes y el mundo en el que se mueven, inspirado en tiempos medievales.

Desembarco del Rey
Luis Bustamante Robin
Situada en la costa este de Poniente, Desembarco del Rey es la ciudad más importante por ser capital de los Siete Reinos, sede del Trono de Hierro y centro neurálgico del poder y la política. Destaca además por su tamaño y por su papel comercial, al ser uno de los principales puertos. En Desembarco del Rey convive la alta sociedad ligada a la Corona con una gran masa de población muy humilde donde se entremezclan numerosas culturas. Esta situación se ve reflejada en la gastronomía de la zona.
Por un lado tenemos las ricas cocinas de Palacio y de los grandes señores, que ni siquiera en tiempos de crisis escatiman en gastos cuando se trata de organizar banquetes para la alta sociedad. En los libros y en la serie asistimos a más de una boda en la que se detallan banquetes pantagruélicos con decenas de platos. En las estancias reales se pueden constantemente fuentes llenas de frutas exóticas de ricos colores, y nunca faltan los dulces y pasteles. Otro elemento imprescindible es el vino, servido en delicadas copas.
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Un desayuno habitual para la familia real, con el que Cersei suele comenzar su jornada, consiste en porridge o gachas de avena con miel, frutas y leche, huevos cocidos y pescado frito crujiente, pudiendo incluir frutos secos variados. El gobierno del reino requiere empezar el día con buenas energías. El pescado frito se suele servir a otras otras del día, y podría parecerse a nuestro pescaíto frito andaluz.

Sopas y cremas de aire medieval, como la sopa de calabaza, de cebada, de setas y caracoles o de castañas no suelen faltar en comidas y cenas. También son habituales las ensaladas como la que degusta Sansa en alguna ocasión, a base de espinacas con hierbas frescas, flores, ciruelas y frutos secos. Las tartas saladas son otro plato habitual de Desembarco, tanto las vegetales como las rellenas con pescado, quesos o carne de ave.

Las comidas más copiosas llegan a su apogeo con grandes piezas de carne. En los banquetes de ceremonias especiales, como las bodas, son las aves las protagonistas, a veces servidas de formas extravagantes, como el pavo real servido entero con su plumaje. Los reyes son aficionados también a la caza y por eso son también habituales platos de jabalí, ciervo, conejo o perdices, asados o guisados con especias.
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Los panes y dulces no pueden faltar en una corte opulenta, y parece que los hornos de Desembarco del Rey están encendidos constantemente. El pan de avena cargado de frutas y nueces es uno de los favoritos, así como panecillos y bollos de todo tipo, galletas, y pasteles, preferiblemente en formatos pequeños. Son célebres los pastelitos de limón, que no faltan a la hora de la merienda y que son la perdición de Sansa. Como ya se ha comentado, las frutas tienen una presencia importante en la Fortaleza Roja, también cocinadas. No faltan las manzanas asadas, los melocotones con miel y diversas compotas y mermeladas.
El pueblo llano de Desembarco del Rey nunca podrá ni probar muchas de estas delicias. Las comidas habituales de la población más humilde consisten en panes toscos y duros que acompañan cuencos de estofados donde se suele introducir cualquier ingrediente disponible. Las ollas parecen estar burbujeando de forma permanente en ciertas calles del Lecho de las Pulgas, con restos de carnes variadas, verduras y algún cereal, si hay suerte. Palomas y ratas son buenas fuentes de proteínas cuando el hambre aprieta.

Las tierras del Norte
Luis Bustamante Robin
Las frías tierras al sur del Muro se conocen como el Norte, el más grande de los Siete Reinos, cuya capital se sitúa en Invernalia, el asentamiento de los Stark. Es una región muy amplia pero con grandes zonas deshabitadas, muchos pueblos y aldeas desperdigados, y unos modos de vida algo difíciles por el clima tan frío que cubre de nieve la tierra incluso en verano. La comida en estas tierras aprovecha sobre todo lo que da la tierra, con platos contundentes, energéticos y reconstituyentes, muy humildes en su origen.

Las comidas que George R.R. Martin suele citar al describir la vida norteña son esencialmente lo que imaginamos como medieval, con muchos productos de despensa pensados para aguantar largas temporadas de inviernos fríos y yermos. Panes rústicos y densos, avena, quesos, conservas de frutas, mieles, frutos secos y embutidos son habituales en un menú norteño.
Luis Bustamante Robin
Cuando la temporada de caza lo permite, en Invernalia se preparan consistentes guisos de venado con cebada, empanadas de ave o carne asada con salsas aromáticas de miel y especias. El pescado tiene, lógicamente, una menor presencia, aunque en ocasiones especiales se pueden preparar pasteles de bacalao, que permite una larga conservación gracias al salazón.

El cultivo de vegetales y hortalizas resistentes al frío es esencial para la supervivencia en las tierras del Norte. Platos habituales en sus mesas, desde el desayuno hasta la cena, incluyen estofados de zanahorias y nabos, remolacha a la mantequilla, cebollas en salsa o asados con puerros. La manzana es la fruta más abundante, que tras la cosecha estival se conserva en las despensas durante meses.

El Muro
Luis Bustamante Robin
Un poco más al norte de la región del mismo nombre se sitúa el Muro, hogar de la poco valorada Guardia de la Noche. La falta de recursos y las duras condiciones climatológicas no hacen que sea una vida fácil, y eso se refleja en la humilde y escasa comida que tiene que sustentar a los que visten el negro. Una bebida que caracteriza su día a día, además de la cerveza espesa, es el vino caliente, dulzón y lleno de especias.
En el Castillo Negro se sigue una dieta muy similar a la del Norte, pero más escasa y sencilla, sin lujos. Lo importante es conseguir calentar el cuerpo y obtener la energía necesaria para sobrevivir al duro trabajo bajo las gélidas temperaturas. Además, las despensas no suelen estar precisamente llenas, hay que ahorrar y pensar en el invierno, por lo que no hay lujos que valgan.
Luis Bustamante Robin
Un desayuno en un buen día en el Muro suele consistir en huevos de gallina o pato, pan rústico fresco o frito, frutas secas y un surtido de embutidos. Salchichas, bacon, jamón y black pudding -una especie de morcilla- son los más frecuentes, acompañados de cerveza negra. Si la despensa lo permite, el cocinero puede preparar pequeños panecillos y pasteles con manzanas y frutos secos, muy energéticos. Estos bocados no suelen ser frecuentes y conviene devorarlos pronto, como Jon Nieve sabe muy bien.
Como era de esperar, la comida principal suele consisten en cuencos de sopas, guisos y estofados, con carne grasa si hay suerte. En el Muro se cocina con cerveza de tipo ale y no faltan las cebollas, que pueden acompañar a piezas de cordero, oveja, cerdo o, en su defecto, alubias con bacon. La carne y el pescado en salazón son la comida principal de los exploradores, todo regado con cerveza.

Dorne
Luis Bustamante Robin
Esta temporada la serie viaja por primera vez a Dorne, una tierra sureña cuyas localizaciones se han buscado en diversos lugares de nuestra Andalucía. Es una tierra muy cálida, la región más calurosa de los Siete Reinos, con un paisaje árido y seco en el que el agua es uno de los bienes más preciados. Está claramente inspirada en culturas árabes mediterráneas, algo que también se percibe en su gastronomía.

En Dorne hay menos presencia de guisos contundentes y mucho más protagonismo de comidas frescas, con muchas especias picantes, frutas y frutos secos, como almendras y dátiles. Productos típicos de la región, como la granada, las aceitunas, la miel y la uva están presentes en comidas dulces y saladas, y las carnes de caza son escasas. Los dornienses prefieren cordero o pato y quesos locales.

Un almuerzo habitual en Dorne puede consistir en un pan plano acompañado de pasta de garbanzos, aceitunas negras, queso y hojas de parra rellenas de frutos secos y verduras. Una especialidad local es la serpiente, que se suele servir crujiente, con salsa picante, mostaza y miel. Para refrescar la garganta son populares las bebidas a base de limón y los vinos afrutados y fuertes.

Otras regiones de Poniente
Luis Bustamante Robin
El continente de Poniente alberga otras muchas regiones, pueblos y ciudades destacadas donde algunos de los personajes principales se ven envueltos en diversas tramas. Aunque sólo estén de paso, siempre hay que comer, y George R. R. Martin aprovecha para citar y describir distintos refrigerios que merece la pena destacar.

Sobresale la región de El Dominio, dominada por Altojardín, una de las más fértiles de todos los Siete Reinos. Su producción de frutas, verduras y cereales abastece a gran parte del resto de territorios, y son muy apreciados sus vinos. En sus mesas abundan platos coloridos, con muchos vegetales frescos, toques florales y preparaciones de carnes menos toscas que en el Norte.

En las Islas del Hierro, en cambio, los banquetes son menos lujosos. La vida en estas tierras frías y áridas están dominadas por el mar, por lo que pescados y mariscos son los productos principales de su alimentación. En las novelas se nombran platos como la sopa de algas y almejas o el estofado de pescado con mejillones y cangrejo. Las malas tierras no permiten una próspera ganadería, pero a veces se preparan caldos con carne de oveja o cordero.
Luis Bustamante Robin
Moverse por Poniente implica largas jornadas a caballo o a pie entre unos territorios y otros. Cuando no se puede repostar en una posada, los improvisados campamentos suelen apostar por cocinar a la brasa o en estofado la carne de caza que se encuentran por el camino. Durante el invierno conviene llevar encima carne o pescado en salazón, salchichas y panes y galletas que puedan aguantar varias semanas.

En asentamientos importantes de señores y otros personajes destacados nunca faltan los caprichos dulces para sus pobladores. En Harrenhal por ejemplo no puede faltar el pan recién hecho ni dulces como las tartaletas de frutos secos y queso o las tartas de manzana. Los pastelitos de arándanos, las frutas en almíbar y caprichos como los gansos de merengue y nata son habituales en las mesas más pudientes.

Más allá del Mar Angosto
Luis Bustamante Robin
El universo de Juego de Tronos no termina con los Siete Reinos. El Mar Angosto separa el continente de Poniente con Essos, las tierras del este donde se localizan las llamadas Ciudades Libres y los territorios de los Dothraki. En este continente conviven culturas muy diferentes y ofrecen particularidades que las hacen únicas respecto a las costumbres de Poniente. En general son tierras muy cálidas, húmedas, y la mayoría de capitales se sitúan en la costa.

Capitales como Braavos o Pentos, con una intensa actividad portuaria, disfrutan de productos importados por el comercio, por lo que la comida puede recordar a la de otros lugares de Poniente. Sin embargo, destaca la presencia de todo tipo de pescados y mariscos, destacando las más humildes sardinas, y una menor importancia de carnes, sobre todo de caza.

Una jornada en Braavos puede empezar con un plato de sardinas frescas fritas o a la brasa, servidas con aceite o salsa picante, un pedazo de pan con aceitunas y vino aguado. La sociedad más pudiente de Pentos tiene gustos muy similares a los de Desembarco del Rey, disfrutando de platos como el capón asado con vegetales caramelizados, frutas y todo tipo de dulces.

Otras poblaciones ofrecen exquisiteces locales como los insectos, especialmente grillos y saltamontes, que se pueden cocinar con mantequilla y servir con todo tipo de frutos secos y miel. También se pueden encontrar salchichas de perro, típicas en un desayuno de Meeren, mientras que en Volantis están orgullosos de su sopa fría de remolachas, cultivo abundante local. Por su parte, los Dothraki preparan comidas menos sofisticadas, reflejo de su propia cultura y modos de vida. Abundan los platos de carne, destacando la cabra asada y los pasteles de sangre.
Luis Bustamante Robin
La importancia que tiene la comida tanto en los libros de Canción de Hielo y Fuego como en la serie de Juego de Tronos no es sólo un reflejo de la afición de su creador por la buena mesa. Aunque a veces se critique el excesivo detallismo de sus descripciones, lo cierto es que nos ayuda a dibujar mejor ese rico y complejo mundo, a sumergirnos en su historia y en su cultura, y a conocer mejor a sus personajes. Y ciertamente también nos despierta el apetito en más de una ocasión.

Las estampas de don quijote y sancho

luis Alberto Bustamante Robin
 Después de un tiempo de silencio voy a retomar estas páginas de bibliofilia con un libro que compense la gentileza de dejarse caer por aquí. Hace unas semanas numerosos voluntarios se sucedían durante varias horas en el Círculo de Bellas Artes de Madrid leyendo en público el Quijote. Como de tantas otras cosas, no tengo opinión sobre esta liturgia que todos los años, desde hace quince, coincidiendo con el día del libro, inaugura el escritor galardonado con el premio Cervantes. Por una parte, motivos mucho más indignos vemos constantemente en celebraciones mucho más publicitadas. Por otra, sin embargo, no es difícil sentirse desbordado por la imagen social de este libro y de su autor. Durante mucho tiempo, si hubo un libro que fuera, por encima de cualquier otro, “el libro”, fue la Biblia. Es posible que hoy, en una sociedad mucho menos preocupada por la religión, “el libro”, en nuestra cultura, sea el Quijote. No es sencillo deslindar cuánto de esto se debe directamente a su lectura espontánea y cuánto a su presencia pública: nombres de premios, ceremonias, institutos culturales, bibliotecas institucionales, nombres de calles, plazas, estatuas, imágenes de sellos, de monedas, lecturas educativas... son una muestra suficiente. Pero detrás de todo ello hay una historia menos solemne. Basta recordar que el 23 de abril es el día del libro en buena parte porque en 1616, en la soledad de su parroquia madrileña, un clérigo anotó en el registro de defunciones de aquel día el nombre de Miguel de Cervantes Saavedra, un hombre que vivía en la calle del León y se había ganado la vida de mil maneras. Meses atrás un contemporáneo le había descrito con simplicidad: era viejo, soldado, hidalgo y pobre. Cuatro días antes de aquel 23 de abril, ese hombre envejecido todavía había podido escribir la dedicatoria de su último libro: “ayer me dieron la extrema unción y hoy escribo ésta; el tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan, y, con todo esto, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir”. No resulta fácil conciliar estas sencillas palabras tan conmovedoramente humanas, el recuerdo de quien las escribió y la certeza de que probablemente casi nadie le recordaría si hubiera muerto antes de los 56 años, con la imagen simbólica que de él y de su obra frecuenta ahora nuestra vida cotidiana. Pero así son las cosas en esta sociedad tan fuertemente icónica. Veamos cómo era esa imagen en otro tiempo.


Luis Bustamante Robin


Luis Bustamante Robin

Luis Bustamante Robin

Luis Bustamante Robin

Luis Bustamante Robin




CERVANTES SAAVEDRA, Miguel de, Vida y hechos del ingenioso cavallero Don Quixote de la Mancha, compuesta por Miguel de Cervantes Saavedra. Nueva edición, corregida y ilustrada con 32 differentes estampas muy donosas y apropriadas a la materia, Amberes, por Juan Bautista Verdussen, 1697.
 Volumen I: Primera parte, [20], 611, [Tabla de los capítulos: 5] páginas, 16 grabados. Portada con emblema del impresor, precedida de otro grabado como frontispicio. Incluye el prólogo al lector, los poemas preliminares, la aprobación de la edición valenciana de 1605 y la suma del privilegio para su impresión otorgado por Carlos II a Henrico Verdussen. Carece de la dedicatoria al duque de Béjar. 
 Volumen II: Segunda parte, [16], 649, [Tabla de los capítulos: 7] páginas, 16 grabados. Portada con emblema del impresor precedida de frontispicio formado por un grabado preliminar. Incluye el prólogo al lector, las aprobaciones de Márquez Torres, Gutierre de Cetina y Joseph de Valdivielso, y la suma del privilegio concedido a los Verdussen. Omite la dedicatoria al conde de Lemos. 
 Octavo mayor (180 x 118 mms). Pergamino original, con nervios (en el lomo de cada volumen, rotulado a tinta: Don Quixote de la Mancha, Par[te] I / Par[te] II). Contiene, sobre las guardas de ambos volúmenes, signaturas a tinta de dos antiguos propietarios: “Ex libris Caroli Josephi, comitis de Morzin, Romae, a.1720”; “J.P.Kimball, Berlín, 1858”. La primera de ellas aporta una cronología relativa para la encuadernación.





Estos dos volúmenes contienen la primera serie completa de imágenes que ilustró el texto del Quijote en español. No es raro encontrar comentarios despectivos sobre ellas en la bibliografía antigua. Salvá o Rius las consideraron toscas, y se puede comprender si se piensa en las bellas ilustraciones que acompañan las lujosas ediciones de Tonson o de Ibarra. Pero éstas ya pertenecen a una época en la que el Quijote se leía y se valoraba de otra manera, y como tal se ilustraba. Porque durante muchos años el Quijote fue leído como un sencillo libro de entretenimiento, e ilustrado de forma equivalente, sin una particular voluntad artística. Íntegramente por primera vez en 1657, en la traducción al holandés publicada por Jacob Savery en Dordrecht. Cinco años después, por primera vez en castellano, por Juan Mommaert en Bruselas. Esa primera edición ilustrada del Quijote en su idioma original unificaba las dos partes bajo un mismo título (“Vida y hechos...”), dividía la segunda en cuatro libros, a imagen de la división original de la primera, y sobre todo, copiaba los dos frontispicios y 16 de las 24 estampas incluídas en la edición holandesa. En 1669 los herederos de Mommaert vendieron el privilegio a los Verdussen, impresores de Amberes, continuadores del antiguo taller de Martín Nucio. En 1672 (parte segunda) y 1673 (parte primera), Gerónimo y Juan Bautista Verdussen sacaron de las prensas una nueva edición “ilustrada con 32 diferentes estampas muy donosas”, que reaprovechaba las 18 planchas de los grabados de 1662 y añadía otros 16 de mayor calidad realizados por Frederik Bouttats: la mitad de ellos tomados, pero no copiados, de los episodios ilustrados en la edición de Savery que Mommaert había desestimado; la otra mitad, nuevos. Con ello se fijaba de forma definitiva una selección de episodios ilustrados y una forma concreta de ilustrarlos, -lo que se ha dado en llamar el modelo iconográfico holandés-,  cuya influencia se extendió a casi todas las ediciones del Quijote realizadas en los principales idiomas de Europa durante varias décadas, también a las españolas, como se puede observar ya desde la primera edición ilustrada en España, publicada en 1674 con grabados de Diego de Obregón. Los Verdussen volvieron a imprimir el libro, con las mismas estampas, en 1697 y 1719. La edición de 1697 se conoce en dos emisiones, una con la marca de Henrico y Cornelio Verdussen en la portada y la otra, como en este caso, con la marca de Juan Bautista Verdussen. En la edición de 1719 algunas de las planchas parecen haber sido levemente repasadas por mano experta para mantener su expresividad después de un uso continuado. Estas ediciones flamencas del Quijote fueron durante varias décadas las que de mayor calidad ofrecía el mercado del libro y circularon con profusión en los territorios de habla hispana. Ya entrado el siglo XVIII fueron relegadas por nuevas ediciones que renovaron la imagen del Quijote: la edición londinense de Tonson, 1738, inseparable de la fuerte presencia del libro en la literatura inglesa del siglo XVIII, todas las que en varios idiomas incluyen grabados basados en la obra de Coypel, las españolas de Ibarra (1771) y Sancha (1777), todavía parcialmente deudoras del modelo holandés, o la gran edición promovida por la Real Academia, impresa por Ibarra en 1780. Todas ellas, y también muchas otras, pueden ser consultadas en detalle gracias al creciente banco de imágenes que gestiona el Centro de estudios cervantinos. Desde entonces, numerosos ilustradores han ido imaginando el Quijote, y enriqueciendo la forma en la que sucesivas generaciones de lectores se han enfrentado al libro. La ilustración de un texto literario puede parecer a veces una circunstancia muy secundaria, pero en la sensibilidad del lector no es difícil que acabe asociada a la memoria que conserva del libro. Personalmente, si pienso en Guillermo Brown o en Alicia, me resulta muy difícil abstraerme de las ilustraciones de Thomas Henry o de John Tenniel, e imagino que estas sencillas ilustraciones pudieron suponer algo parecido para los lectores que en el siglo XVII se encontraron  ilustrado este libro por primera vez.


De la graciosa manera que tuvo Don Quijote de armarse caballero, I.3.

Don Quijote acude al rescate de un muchacho azotado, I,4.
Don Quijote con los mercaderes, I, 4.
La aventura de los molinos de viento y el combate con el vizcaíno, I, 8.
El cuento de Marcela y Grisóstomo, I, 13.
Don Quijote y Maritornes, , I, 16.
Manteamiento de Sancho, I, 17.
La aventura del cuerpo muerto, I, 19.
La liberación de los galeotes, I, 22.
El ataque de locura de Cardenio, I, 24.
La imitación de Amadís y Orlando en Sierra Morena, I, 25.
 Aventura de la albarda y el yelmo, I, 45.
Historia de Dorotea y Don Fernando, I, 36.
Don Quijote atado del brazo por Maritornes, I, 43.
 Aventura de la princesa Micomicona, I, 30.
Aventura de los disciplinantes, I, 52
La industria de Sancho para encantar a Dulcinea, II, 10.
La carreta de "Las Cortes de la Muerte", II, 11.
El combate con el caballero del bosque, II, 14.
La aventura de los leones, II, 17.
Don Quijote se adentra en la cueva de Montesinos, II, 22.
La aventura del retablo de maese Pedro, II, 26.





La aventura del rebuzno, II, 27.
El viaje de Clavileño, II, 41.


Encantamiento de Altisidora, II, 69.

El viaje de Clavileño, II, 41.
La historia de Doña Rodríguez, II, 48.

Del fatigado fin y remate que tuvo el gobierno de Sancho Panza, II, 53.

 Que trata de la aventura de la cabeza encantada..., II, 62.

La derrota de Don Quijote, II, 64.


  En la actualidad, y sobre todo desde el cuarto centenario del Quijote, estas ediciones flamencas  ilustradas han vuelto a ser bastante apreciadas en el mercado del libro antiguo. Este ejemplar procede de una librería escocesa. Conserva manuscritas dos notas antiguas de propiedad. La primera de ellas sitúa el libro en Roma en 1720, aparentemente en la biblioteca de Karl Joseph Franz Morzin. La segunda en Berlín, en 1858, en manos de un propietario que no he identificado y dudo que pueda hacerlo. Algunas páginas conservan breves notas de lectura a lápiz en francés, que no me he decidido a borrar. Después ha pasado por Glasgow, ahora para en mi biblioteca y espero que un día alguna de mis hijas sepa valorarlo. Si no, no faltará algún bibliófilo que lo haga. En Annie Hall, Woody Allen o su personaje decía que la vida se divide entre lo horrible y lo miserable: creo recordar que lo horrible eran las enfermedades, la muerte... y lo miserable, todo lo demás. Aún cuando se pueda estar bastante de acuerdo con ello, podemos pensar que no es totalmente cierto después de pasar un rato viendo esa misma película, escuchando el nocturno 20 de Chopin, olvidando el tiempo ante el Mar glacial o la Anunciación de Cestello o abriendo las páginas de cualquier edición de este libro irrepetible para leer la fascinante historia que imaginó un hombre ya mayor, hidalgo, soldado y pobre, que vivió una intensa vida, no muy afortunada.