jueves, 25 de agosto de 2016

El cierre de blogger

anllela Camila  hormazabal  moya
Lo he estado madurando en las últimos meses y he pensado en terminar este blogger, sobre mi biblioteca personas y temas afines, actualmente me resulta muy complicado preparar nuevas entradas, por falta de tiempo y porque, en el fondo, llevo varios años publicando y los artículos se van acabando. Por otra parte, me gusta mucho la lectura y en mi biblioteca he acumulado muchos libros y estoy deseando leer en mi tiempo libre, por eso cierro esta publicaciones. 
No voy a borrar el blogger así que podéis continuar escribiendo los comentarios. El blogger tiene suficientes entradas como para existir solo. Quisiera dar las gracias a los muchos seguidores, y ya amigos, que he tenido, sin vosotros nunca hubiera continuado adelante. 
Muchas gracias a todos, y no eliminéis el blogger de vuestros favoritos. Un abrazo muy fuerte a todos.
Dedico este blogger a mi colega Angie.



anllela Camila  hormazabal  moya

RUBAIYAT  (Ruba`iyyat)



El mejor  libro de mi colección es Rubaiyat  que es el título que el poeta y traductor británico Edward Fitzgerald dio a una colección de poemas de Omar Jayam (1048-1131). La traducción de rubaiyat es «cuartetos».
Rubaiyat no es el nombre de una obra sino de una forma métrica. Tal estrofa, formada por cuatro versos con el esquema de rima A-A-B-A, era extraña a la poesía árabe clásica, y fue usada sobre todo en la persa. Se encuentran cuartetos designados con el vocablo árabe "rubaiyat" desde los comienzos de la lírica persa, en el siglo X; los vemos después atribuidos a muchísimos poetas, y aun a hombres de ciencia, como Avicena; entre los más insignes sobresalen los poetas místicos Abu Saìd de Mehne (968-1049) y su contemporáneo Baba Tahir de Hamadàn. Pero los Rubaiyat por antonomasia son los atribuidos a Omar Khayyam.
anllela  camila  hormazabal  moya
أنليلا هورمازابال مويا
Biografía del autor.

Poeta, matemático y astrónomo persa. Se educó en las ciencias en su nativa Nishapur y en Balkh. Posteriormente se instaló en Samarcanda, donde completó un importante tratado de álgebra. Bajo los auspicios del sultán de Seljuq, Malik-Shah, realizó observaciones astronómicas para la reforma del calendario, además de dirigir la construcción del observatorio de la ciudad de Isfahán. De nuevo en Nishapur, tras peregrinar a la Meca, se dedicó a la enseñanza y a la astrología. La fama de Khayyam en Occidente se debe fundamentalmente a una colección de cuartetos, los Rubaiyat, cuya autoría se le atribuye y que fueron versionados en 1859 por el poeta británico Edward Fitzgerald.
Si en Occidente Omar Khayyam tan sólo es conocido como poeta, Oriente, en cambio, lo conoció casi exclusivamente durante toda la Edad Media como astrónomo, matemático y filósofo; en el ámbito de las matemáticas estudió las ecuaciones cúbicas proporcionando una solución geométrica para algunas de ellas, e intentó clasificar ecuaciones de diversos grados según el número de términos que aquéllas contuvieran. Sólo a partir de mediados del siglo XIX, desde que la traducción de Edward Fitzgerald de los Rubaiyat dio celebridad a su nombre en Europa y en América, empezó también a ser estudiado y admirado como poeta por el Oriente persa y árabe.

Pocos hechos de su vida se encuentran atestiguados históricamente. Nació en Nishapur en año impreciso, alrededor de 1050. El nombre entero que se da en su Álgebra es Omar ibn Ibrahim al-Khayyami, de la que fue extraída la forma que él mismo usa en sus cuartetos como nombre poético: Khayyam (en árabe "fabricante de tiendas"). La noticia de su amistad de adolescente con el futuro ministro seleúcida Nizam al-Mulk y con el futuro jefe de los asesinos Hasan ibn as-Sabbah suscita serias dificultades de cronología. Pero es indudable que, en 1047, el todavía joven científico fue invitado por el sultán Malik-Shah, juntamente con otros dos eruditos, a preparar una reforma del calendario persa, que terminó con la fijación de una nueva era, la era Gialali, denominación que procede del sobrenombre del sultán.

En 1112, el compilador Nizami Arudi Samarquandi recuerda haber encontrado al maestro en Balkh y haber oído de él una profecía sobre su propia tumba, que él vio después cumplida en Nishapur, donde el sepulcro de Omar Khayyam, como el mismo poeta había predicho, estaba cubierto de pétalos de flores y a la sombra de un peral y de un melocotonero. Un pasaje recientemente descubierto del ilustre az-Zamakhshari (literato y teólogo fallecido en 1143) atestigua una relación suya con Omar Khayyam, de la que se desprende la doctrina y la modestia del científico y poeta persa (otros en cambio lo habían descrito como intratable y soberbio) y su conocimiento del que puede considerarse en algunos aspectos como su precursor árabe, Abu al-Ala al-Maarri.

Algunos investigadores sostienen que Khayyam nunca hizo poesía y que los Rubaiyat se le han atribuido por su fama y erudición. Ciertamente, el número de poemas atribuidos a Omar Khayyam es excesivo (entre quinientos y un millar), y es probable que tan sólo alrededor de unos doscientos sean suyos. Estas breves composiciones tienen sus origen en la literatura persa preislámica, y suelen condensar en sus versos una descripción ambiental y un pensamiento. En los poemas de Khayyam, escritos con un magistral poder de síntesis, el poeta canta aparentemente a los goces del vino y el amor como refugio a la transitoriedad de la vida, mas bajo ello subyace una profunda y a menudo pesimista reflexión sobre la naturaleza del universo, el paso inexorable del tiempo y la relación del hombre con Dios.


La fisonomía del poeta que estos versos traslucen es inequívoca, orientada hacia un amable goce de las efímeras alegrías de la vida y hacia un íntimo y amargo escepticismo sobre las posibilidades del hombre para alcanzar las verdades supremas, estado de ánimo que continúa toda una tradición de poesía escéptica oriental que se remonta ya a Avicena (se sabe que Khayyam fue un apasionado estudioso de Avicena) y que es presentado con excepcional fuerza epigramática, no sin una acentuada nota de intelectualismo. Junto a la hondura con que se tratan temas metafísicos como la relación del hombre con Dios, la eternidad y la incertidumbre de la existencia humana, a través de concisas y tajantes sentencias, Khayyam realza la belleza y sensualidad del mundo material, la alegría de vivir, la naturaleza y los placeres. Sus versos son simbólicos y transmiten la sabiduría antigua con sencillez y voluptuosidad, a menudo con un irresistible hechizo o entre una aureola de misterio, y son estimados como uno de los más brillantes tributos del genio persa a la literatura universal.

viernes, 12 de agosto de 2016

Umberto eco; conservar la ironía, un desafío


De visita en México para dar una charla magistral, la traductora Helena Lozano Miralles rememora a Umberto Eco (1932-2016)


Umberto Eco (1932-2016) nunca salía a la calle sin su sombrero Borsalino. Con frecuencia caminaba de prisa y lo mismo se reunía con sus alumnos para comer pizza que con políticos e intelectuales en restaurantes de renombre. No se consideraba un hombre elitista. Sin embargo, uno de sus mayores placeres lo encontraba en las conversaciones brillantes que estaban condimentadas con chistes y juegos de palabras.
Otras veces optaba por el silencio de su biblioteca, ese laberinto donde también atesoraba su colección de libros antiguos, e indagaba todo lo que le causaba curiosidad. A menudo una búsqueda lo llevaba a otra y otra más, y tenía la capacidad de seguir esos hilos que alimentaban su erudición para explicar cualquier fenómeno cultural. Y cuando tenía tiempo, se escapaba a las librerías de ocasión en busca de más libros antiguos, cómics o de lo inesperado.
Así recuerda Helena Lozano Miralles al autor de Kant y el ornitorrinco y Baudolino, cuyos libros tradujo para el sello Lumen, y hoy está en México para dictar una conferencia magistral, abierta al público, el próximo 4 de mayo a las 19:00 horas, en el Instituto Italiano de Cultura, donde hablará sobre su trabajo, los problemas que ha enfrentado en su oficio y un breve acercamiento a Eco, su maestro.

¿Cómo describiría su estilo de traducción? Como decía Italo Calvino, el traductor es el mejor lector de una obra. El problema es que cada lectura de una obra es una interpretación y una lectura diferente. Cada traductor selecciona los aspectos de la obra que le parecen más importantes, sin olvidar el respeto que se le debe al texto. En mis traducciones intento conciliar un respeto absoluto por el original, lo que significa, en el caso de las novelas, desentrañar su mecanismo, es decir, conservar el juego textual que plantea el autor.
¿Necesitaba conservar la ironía de Eco? La ironía y la posibilidad de mantener la ambigüedad para que pueda surgir más de una lectura. Eso siempre es un desafío. Eco siempre combinaba elementos de cultura alta y popular, y mezclaba cómics con series de televisión, poesía barroca, hermética y contemporánea y sus lecturas teóricas. Él siempre guiñaba un ojo a todas las posibilidades culturales y eso evidentemente requiere un trabajo de documentación muy serio; muchas veces tenemos que ver cómo esos materiales culturales han sido recibidos en lengua española”.

¿No exigía una traducción literal? Habría que discutir lo que es exactamente la literalidad… Pero más que literal, yo digo que es un respeto absoluto por el texto. Hay que intentar que nuestras elecciones al traducir sean las más respetuosas, conservando la intención del texto.
¿A menudo usted vuelve a sus traducciones? Para un traductor responsable, no existe una versión definitiva. Así que ya no vuelvo a leer esos libros con la intención de traducirlos, porque seguiría cambiando cosas.
¿Realizará futuras traducciones? Queda muy poco por traducir, pero eso depende de las casas editoriales. Lo que resta son ensayos sobre la Edad Media, pero no tengo idea si esto se hará.

Para Helena Lozano, profesora en la Universidad de Trieste, ganadora del Premio Nazionale per la Traduzione de la República Italiana y quien también ha traducido Segundo diario mínimo, La misteriosa llama de la reina Loana, Decir casi lo mismo, El cementerio de Praga y Número cero, Umberto Eco era un genio que tenía una visión peculiar sobre el mundo y sus fenómenos culturales y políticos.

“No es una casualidad que fuera un semiólogo. Era una voz intelectual importantísima en este mundo. Imagine que él al teorizar la semiótica, decía que ésta debe analizar todo aquello que sirva para mentir. Y ahora que estamos en medio de las fake news, de la falsificación de la realidad desde las noticias, nos encantaría saber su opinión.

“Fue una persona con una lucidez y una capacidad de comunicar esa lectura suya que muy pocos intelectuales han tenido, con observaciones sobre los mecanismos profundos de cualquier comunicación. Para eso tuvo un papel absolutamente fundamental en su tarea como intelectual. Además, lo recuerdo como un profesor siempre volcado en sus clases y en la enseñanza, un hombre respetuoso de las ideas y propuestas de sus alumnos. Fue un gran maestro.”

¿Es acertado imaginar al autor de El nombre de la rosa aislado en una torre, leyendo un montón de libros a gran velocidad y en varios idiomas? Sí y no. Para él la biblioteca era un laberinto del cual había que salir, porque consideraba que la biblioteca debía usarse para leer el mundo. Él tenía esa capacidad de entrar y salir de la biblioteca a través de formas comunicativas, como el ensayo creado con rigor y mediante la narrativa con sus novelas.
¿A Eco le preocupaba la estrechez del lenguaje que priva en nuestros días? No puedo responder eso. Lo que sí puedo decir es que él tenía una actitud totalmente abierta hacia todo fenómeno comunicativo. Para él todo fenómeno comunicativo era bueno si servía a su propósito. El problema es cuál es el propósito del fenómeno comunicativo. Eso habría opinado.

Y añade: “Por ejemplo, él tiene una serie de columnas sobre el teléfono celular. Pero no en contra del objeto, sino del uso que se le da. Para él no era un problema la simplificación del lenguaje, sino la simplificación del pensamiento tras el lenguaje, es decir, que las carencias de lenguaje impliquen falta de ideas, de visión, de aprehensión, de cómo se capta el mundo”.

lunes, 1 de agosto de 2016

Historia de la belleza de Umberto Eco

las bellezas: la hembra y el libro.


La belleza a través de los ojos de Umberto Eco Por Juan Antonio González Fuentes, domingo, 06 de febrero de 2005 Debió suceder ahora hará unos diez años. Paseaba una mañana por Santander con mi amigo Dámaso López García, estupendo traductor de autores como Lytton Strachey o Virginia Wolf y hoy vicedecano de la Facultad de Filología de la Complutense madrileña, y no recuerdo bien por qué precisa razón surgió durante la charla el tema de los “intelectuales letraheridos”, pero vinculándolo a las distintas tradiciones culturales y lingüísticas de occidente.
En opinión de Dámaso López, una opinión fundada y trabajada como pocas de las que yo he conocido hasta la fecha, los franceses seguían generando los trabajos más arriesgados, avanzados e iluminadores, situándose por delante de otras tradiciones tan sólidas como la anglosajona o la germana. Pero al cabo de un momento, fruto sin duda de una meditación poco menos que instantánea, apostilló: “claro que siempre hay que tener en cuenta a los italianos; no es que sean legión, es cierto, pero los que han sobresalido en el panorama europeo del último medio siglo siempre han hecho gala de dos características muy interesantes y definidoras: su multidisciplinareidad humanística y la asombrosa sutileza incisiva y natural de sus análisis”. E inmediatamente puso sobre la mesa algunos ejemplos de este tipo de intelectuales italianos a los que podríamos calificar como “letraheridos”, para diferenciarlos así de los intelectuales que desarrollan su labor en ámbitos relativos a las ciencias naturales y experimentales. La lista de ejemplos incluía a Mario Praz, Claudio Magris, Norberto Bobbio, Italo Calvino, Massimo Cacciari o Umberto Eco…

La verdad es que esta importante nómina de intelectuales italianos presenta contundentemente los rasgos que les adjudicaba hace diez años mi amigo Dámaso López. Todos han publicado trabajos fundamentales en sus respectivas disciplinas, todos hacen gala de una solidez argumental que se plasma en el papel con singular naturalidad, y casi todos suman a su labor de ensayistas de prestigio internacional otras condiciones en las que también han destacado al menos en su país de origen. Así algunos han ejercido como profesores universitarios, políticos, periodistas, novelistas…, e incluso alguno ha desempañado más de dos de estos oficios a la vez. El intelectual italiano de esta altura parece disfrazarse con los ropajes del diletante como si considerase de pésimo gusto hacer académicos alardes de conocimiento. El intelectual italiano cuando reflexiona parece hacerlo no desde la cátedra ampulosa o el púlpito consagrado, sino con la voz distendida y mesurada de quien pela una naranja, se toma un café, juega una partida de cartas o contempla con la mirada acostumbrada los deslumbrantes frescos de un maestro del Renacimiento. 


El concepto “belleza” que se maneja en esta obra está aplicado en un amplio recorrido histórico casi exclusivamente en dos grandes direcciones: su plasmación plástica a través de pinturas, construcciones y objetos, y finalmente su proyección en la figura humana y su representación artística

Perteneciente a esta clase italiana de finos intelectuales es el autor del libro que aquí comentamos, Umberto Eco. Nacido en el Piamonte hace 72 años, en la actualidad es profesor de semiótica y presidente de la Escuela Superior de Estudios Humanísticos en la prestigiosa Universidad de Bolonia. Entre sus ensayos pueden destacarse los libros Obra abierta, Tratado de semiótica general, La búsqueda de la lengua perfecta, Kant y el ornitorrinco, Sobre literatura…, y las novelas El nombre de la rosa (un bestseller a escala planetaria que fue incluso llevada al cine con enorme éxito por el director francés Jean Jacques Annaud), El péndulo de Foucault, La isla del día antes, Baudolino y en breve aparecerá en las librerías españolas su última obra de ficción, La misteriosa llama de la reina Loana. 

El último libro del profesor Eco publicado en España lleva por título Historia de la belleza. Y quizá lo primero que haya que decir del tomo es que en sí mismo es una belleza. Desconozco si el escritor italiano ha pedido a las editoriales que, dada la naturaleza del trabajo, cuiden con especial ahínco su edición. En todo caso a la publicación española sólo cabe adjuntarle el calificativo de espléndida, tanto por la calidad de las reproducciones y el muy cuidado diseño de la páginas, como por el tamaño y manejabilidad de la obra. En suma, nos encontramos con una maravillosa y no muy costosa edición realizada por Lumen que se encuentra en las antípodas de las por general no muy afortunadas ediciones con las que en España suelen lanzarse al mercado los ensayos. 

Pero una vez que hemos hablado del continente, y la ocasión desde luego lo requiere, pasemos al contenido. El mayor y quizá único gran pero que tiene este esfuerzo de Umberto Eco nace precisamente del título (Storia della belleza dice el original italiano), un título que conduce a la confusión y que a fin de cuentas no ofrece lo que su ambiciosa construcción promete.

Hay que comenzar señalando que en modo alguno estamos de verdad ante una historia de la belleza, propósito que de llevarse rigurosamente a cabo sería imposible no realizarlo mediante un amplísimo equipo de colaboradores y cuya realización implicaría decenas y decenas de volúmenes. Otras dos precisiones necesarias acotan sobremanera las expectativas que podría despertar el título de la obra: por un lado el trabajo de Eco sólo trata la “belleza” desde un punto de vista o concepción occidental, y por otro, el concepto “belleza” que se maneja en esta obra está aplicado en un amplio recorrido histórico casi exclusivamente en dos grandes direcciones: su plasmación plástica a través de pinturas, construcciones y objetos, y finalmente su proyección en la figura humana y su representación artística. Este planteamiento deja además de soslayo la aplicación del término “belleza” a otras manifestaciones tanto del mundo físico o natural como del creado por la mano del hombre, y me refiero en este punto a la música, la literatura, etc…


Umberto Eco repasa con singular concisión y claridad asuntos tales como la belleza de los monstruos, la luz y el color en la Edad Media, la razón y la belleza, la religión de la belleza, lo sublime, la belleza romántica...

Quizá quien haya llegado hasta aquí en este juicio crítico tenga ahora mismo la impresión de que la historia de la belleza de Umberto Eco no tiene mayor interés, y si pensara tal cosa se estaría equivocando de medio a medio y yo habría hecho muy mal mi trabajo. No, el libro de Eco es muy valioso en lo que sí ofrece, lo criticable es que, y espero no estar siendo en exceso reiterativo, no ofrece lo que anuncia. Pero el logro principal de Umberto Eco es haber conseguido escribir una pequeña y utilísima enciclopedia de urgencia sobre muchos de los asuntos clave que desde los griegos hasta nuestros días han girado en occidente en torno a la idea de belleza.

Eco estructura el libro atendiendo a dos cauces paralelos: la cronología y los asuntos clave de cada momento histórico relacionados con la plasmación, fijación, representación, difusión y evolución del concepto belleza. Así, viajando en el tiempo desde el ideal estético en la antigua Grecia hasta las formas abstractas de la belleza o la belleza en los mass media en nuestros días, Umberto Eco repasa con singular concisión y claridad asuntos tales como la belleza de los monstruos, la luz y el color en la Edad Media, la razón y la belleza, la religión de la belleza, lo sublime, la belleza romántica, la belleza de las máquinas, damas y héroes..., ayudándose para hacer comprender mejor su exposición o discurso de decenas de ilustraciones y de textos alusivos firmados por “colaboradores” como Platón, Petrarca, Boccaccio, Dante, Heine, Cervantes, Hume, Kant, Goethe, Hegel, Delacroix, Gautier, Oscar Wilde, Baudelaire, Kafka, Marinetti, Barthes, y un largo, largo, etcétera.

En este sentido, puedo abrir el libro dejándome guiar por el azar y tropezar, por ejemplo, con una concisa definición en apenas dos páginas de “la dialéctica de la belleza en el siglo XVIII”, mientras a la vez contemplo una magnífica reproducción de una pintura de 1770 de Fragonard y leo unas líneas de Rousseau. Y si vuelvo a recurrir al azar me topo con unos párrafos sobre el Art Nouveau y el Art Déco ilustrados por un dibujo de Philippe Wolfers y un texto de Dolf Sternberger acerca del Jugendstil.


Vuelvo a insistir para terminar. En modo alguno nos ha dejado Umberto Eco una historia de la belleza en el sentido ajustado de la frase. Pero sí ha creado una herramienta hermosa y eficaz para acercarnos con sentido y oportunidad a un conjunto de variados aspectos relacionados con la idea occidental de belleza a través de los siglos. Si este logro es valioso o no dependerá del juicio personal de cada cual, a mi me parece un acierto al alcance sólo de uno de los grandes.

El hobbit

(título original en inglés: The Hobbit, or There and Back Again, usualmente abreviado como The Hobbit) es una novela fantástica del filólogo y escritor británico J. R. R. Tolkien. Fue escrita por partes desde finales de los años 1920 hasta principios de los años 1930 y, en un principio, tan sólo tenía el objetivo de divertir a los hijos pequeños de Tolkien.
 No obstante, el manuscrito de la obra aún sin acabar fue prestado por el escritor a varias personas y finalmente acabó en manos de la editorial George Allen & Unwin. Dispuestos a publicarla, los editores pidieron a Tolkien que finalizara la obra y El hobbit fue publicada el 21 de septiembre de 1937 en el Reino Unido.

Es la primera obra que explora el universo mitológico creado por Tolkien y que más tarde se encargarían de definir El Señor de los Anillos y El Silmarillion. Dentro de dicha ficción, el argumento de El hobbit se sitúa en el año 2941 de la Tercera Edad del Sol, y narra la historia del hobbit Bilbo Bolsón, que junto con el mago Gandalf y un grupo de enanos, vive una aventura en busca del tesoro custodiado por el dragón Smaug en la Montaña Solitaria.
Debido al éxito que tuvo y a las buenas críticas que recibió, los editores pidieron a Tolkien una continuación. Bautizada como El Señor de los Anillos, su cambio a un tono alejado del infantil provocó que El hobbit tuviera que ser modificado ligeramente para que ambas historias coincidieran mejor.

Contexto

El reino enano de Erebor, también conocido como la Montaña Solitaria, fue fundado en el año 1999 de la Tercera Edad del Sol,2 por el rey Thráin I, quien acababa de huir con parte de su pueblo de Khazad-dûm tras la aparición de un balrog. Siete siglos después, el dragón Smaug llegó a Erebor y, tras expulsar a los enanos, se apoderó del tesoro que éstos habían acumulado.
En 2463 T. E. algunos hobbits de la rama de los Fuertes vivían en los Campos Gladios, donde milenios atrás el rey Isildur de Arnor y Gondor fue asesinado por los orcos y el Anillo Único del Señor Oscuro Sauron se hundió en el río Anduin. Sméagol y su primo Déagol se encontraban pescando en el río cuando éste último encontró el Anillo. Su poder despertó la codicia de Sméagol, que asesinó a su primo para arrebatárselo y, al ser desterrado por su pueblo, vagó hasta llegar a las Montañas Nubladas. Allí el poder del Anillo le corrompió, alargando su vida más allá de lo natural y convirtiéndole en una criatura que pasó a ser conocida como Gollum.

Cien años antes de los hechos narrados en la novela, el por entonces rey de los enanos, Thráin II, decidió regresar a Erebor. No obstante, fue apresado durante el viaje por los siervos de Sauron y le llevaron a la fortaleza de Dol Guldur, donde le arrebataron el último de los siete Anillos de los Enanos. Pocos años después el mago Gandalf entró en Dol Guldur y descubrió que Sauron había recuperado sus fuerzas de nuevo y que estaba reuniendo todos los Anillos de Poder. 
Encontró también allí a Thráin y éste le dio la llave de Erebor antes de morir. Gandalf se reunió entonces con el Concilio Blanco e intentó convencer a los miembros para que atacaran Dol Guldur, pero Saruman, líder del concilio, se opuso y comenzó a buscar por su cuenta el Anillo Único en los Campos Gladios.

Temas

El desarrollo y la maduración del protagonista, Bilbo Bolsón, es el tema principal de la historia. Matthew Grenby, autor de Children's Literature, señala en este libro que El hobbit es una novela de desarrollo personal y la considera un bildungsroman (novela de aprendizaje o formación) en lugar de la tradicional aventura fantástica, pues el protagonista adquiere un sentido más fuerte de su identidad y una mayor confianza en el mundo exterior gracias al viaje que realiza.
 En su ensayo The Psychological Journey of Bilbo Baggins, recogido en la obra A Tolkien Compass de Jared Lobdell, Dorothy Matthews señala que en varios capítulos se ve reflejado el concepto jungiano de individuación y describe el viaje de Bilbo como una búsqueda de madurez y como una metáfora de este proceso de individuación. La analogía del «inframundo» y del héroe que regresa de él con un premio (como el anillo o las espadas élficas) que lo beneficia, encaja con los arquetipos míticos relativos a la iniciación y madurez masculina tal como los describe el mitólogo Joseph Campbell. Por otro lado, Jane Chance compara en Tolkien's Art el desarrollo y el crecimiento de Bilbo, en contraste con otros personajes, con los conceptos de mera realeza versus realeza derivados del Ancrene Wisse y de una interpretación cristiana de Beowulf.


Matthew Grenby también señala en Children's Literature que la superación de la codicia y el egoísmo es el centro moral de la historia. Además, otro tema de El hobbit que ha sido tratado por varios autores es el animismo, un concepto importante en la antropología y en el desarrollo infantil basado en la idea de que todas las cosas, incluyendo objetos inanimados, fenómenos naturales, animales y plantas, poseen una inteligencia humana. En La historia de El hobbit, John D. Rateliff lo llama el «tema del doctor Dolittle» y cita la multitud de animales que hablan como indicativo para confirmar dicho tema, por ejemplo el dragón Smaug, los trasgos o el cuervo Roäc. Patrick Curry señala en Defending Middle-Earth que el animismo se encuentra activo durante toda la novela y que también aparece en otras obras de Tolkien; menciona las «raíces de las montañas» y los «pies de los árboles» como cambio de nivel desde lo inanimado a lo animado.